Un 24 de noviembre, hace ya diez años, nos dejaba, con 51 años de edad.
Con motivo, hoy, del 50 aniversario del asesinato de Pier Paolo Pasolini, recupero la reseña sobre sus cartas luteranas que en su día escribí para espacioluke.
Como su mismo título indica, un espíritu de ruptura y de reforma anida e impulsa la colección de artículos escritos por Pier Paolo Pasolini publicados en la prensa italiana a lo largo de 1975, apenas unos meses antes de su turbio asesinato acaecido en el mes de noviembre del mismo año.
Ruptura con el viaje emprendido por la sociedad italiana a partir de los años sesenta de la mano de una Democracia Cristiana hueca, huérfana de ideología, asentado su poder en la satisfacción de valores propios de la pequeña burguesía –no muy distintos de los cultivados por el régimen fascista- y en una novedosa e imparable cultura del consumo sustentada en el imperio del hedonismo.
Pasolini se erige en portavoz, en acérrimo defensor de las subculturas populares de raigambre campesina y proletaria que están siendo arrasadas por la nueva “ideología”, al tiempo que denuncia la confusión y el empobrecimiento que semejante proceso conlleva, el desarraigo que produce en sus miembros la suplantación de costumbres arcaicas, bien arraigadas, que dotaban de carácter y de sentido a sus comunidades, en beneficio de una aspiración que es fiel reflejo de un instinto pequeño burgués.
En tal sentido, cabe tildar a Pasolini de reaccionario, algo de lo que él mismo se hace eco en el subtítulo de su obra: El progreso como falso progreso. No todo lo nuevo es bueno, y no debe ser aceptado sin más por su condición novedosa sino sólo después de ser sometido a un juicio crítico. Una máxima perfectamente válida hoy día en que cualquier novedad viene rápidamente asumida por la sociedad gracias, en buena medida, al interés de sus promotores envuelto en efectivas estrategias financieras y publicitarias.
Entonces, los peones al servicio del poder a la hora de introducir los cambios y facilitar su acogida acrítica por parte de la sociedad eran la enseñanza obligatoria y la televisión, auténticos caballos de batalla contra los que se lanza Pasolini, consciente de que el nuevo sistema de valores basado en el consumo no admite alternativas, como tenemos hoy la oportunidad de corroborar. En este sentido Pasolini se erige en una figura visionaria, capaz de advertir la magnitud del cambio que se está produciendo y de su naturaleza irreversible.
La rabia, la frustración de Pasolini ante la deriva a la que se ve condenada la sociedad italiana por los cambios de los que él es testigo y las virulentas invectivas en que se plasma dirigidas hacia aquellos representantes del poder que él considera máximos responsables y para quienes exige un proceso, pudieron equivaler a su condena. Queda también patente en sus escritos su desesperación ante la incomprensión que su análisis provoca en intelectuales a los que él invoca: Moravia, Calvino. Consciente asimismo de sus propias carencias, apela a expertos que le ayuden a estructurar su pensamiento que él desgrana impulsado por la intuición y la observación, a fin de dotarlo de una mayor consistencia, de un rigor metodológico.
Todo ello adquiere aún mayor dramatismo con la perspectiva que nos da el saber que se produce en las vísperas de su inquietante y, nunca suficientemente aclarado, asesinato. Pero es sobre todo a la vista de la terrible deriva en la que ha caído la sociedad italiana, un fenómeno que nadie puede descartar que un buen día atraviese los Alpes como hace bien poco anunciaba Umberto Eco, que las palabras de Pasolini cobran un tono profético: la destrucción de las culturas populares, de sus códigos y valores, la desideologización de la sociedad, el imperio del consumismo, son procesos todos ellos que facilitan la manipulación ante la ausencia de referentes que no emanan desde el mismo poder, y de ahí la creciente sensación de extravío a que da lugar… Leídas desde nuestro país transcurridos treinta y cinco años desde su concepción las Cartas Luteranas de Pasolini no es que mantengan su vigencia, es que producen escalofríos.
El tercer y definitivo volumen de los diarios de Rafael Chirbes: A ratos perdidos 5 y 6, refleja con profusión de detalles la decadencia física del escritor valenciano con la publicación y el éxito de crítica de sus dos últimas novelas: Crematorio y En la orilla, que a la postre apuntalarían su reconocimiento, como telón de fondo. Un espaldarazo al que él asiste más como testigo que como protagonista, enfrascado en los pormenores de una vida cotidiana un tanto aparatosa, las exigencias de una salud ya quebradiza, y parapetado tras un carácter escéptico y atormentado. Es como si su proyección pública y la íntima transitaran por sendas paralelas que se tocan solo cuando debe hacer presencia en actos de promoción.
Los ocho años que abarcan las anotaciones recogidas en este tercer volumen, desde 2007 a 2015, ofrecen una amplia panoplia de sus quebrantos físicos: vértigos, mareos, erupciones cutáneas, toses recurrentes, claustrofobia, insomnio, pérdida de memoria, la depresión siempre al acecho, hasta que los síntomas se agudizan en los últimos compases del libro anunciando la enfermedad que pondría fin a su vida. Todo ello viene reflejado de forma testimonial pero recurrente a medida que Chirbes se esfuerza en aprender a convivir con sus crecientes limitaciones corporales y mentales. La dimensión física es, por tanto, una constante en los diarios, agudizada a su vez por la enfermedad de Paco, su acompañante en la casa de campo, una especie de protegido del escritor que se ocupa del mantenimiento de la vivienda, de quien este se hace cargo al caer enfermo dada su creciente dificultad para valerse por sí mismo, hasta su traslado a su pueblo natal en la provincia de Cáceres.
Los comentarios e implicaciones de las constantes vicisitudes físicas y médicas alternan con las anotaciones sobre sus numerosas lecturas. Chirbes es un lector voraz: novela, sobre todo, también ensayo, poesía, historia. Cabe imaginar el morbo que sus comentarios despertarían en el “mundillo” literario español a raíz de la publicación de sus diarios, y es que no es frecuente el poder conocer el parecer de un autor reconocido, sin ninguna clase de filtro, sobre libros publicados por autores vivos. Conocemos así también sus preferencias e influencias, a través de autores que se revelan recurrentes como Benito Pérez Galdós o Balzac, abarcando sus gustos desde los clásicos españoles y franceses (desluce un tanto la lectura que los abundantes y prolijos pasajes en francés no hayan sido traducidos, cabe pensar que por tratarse de transposiciones de otros libros publicados) hasta la novela centroeuropea del siglo XX, con incursiones en los más variados ámbitos literarios. Y es que lee sin descanso, en buena medida a fin de paliar la sensación de pérdida de tiempo que le aflige cuando no escribe, que se revela una constante en su vida.
Chirbes se revela un escritor tortuoso, inseguro, quizás por su autodidactismo, por su personalidad escéptica -las dificultades para sacar adelante su novela Crematorio es una constante en el segundo volumen de sus diarios-, un procrastinador temible, siempre temeroso de no concluir a tiempo breves ensayos que se ha comprometido a entregar, discursos que ha de pronunciar en sus apariciones públicas. Sólo en sus diarios parece mostrarse un tanto más relajado, aunque no siempre, los cuales concibe como un modo de continuar practicando la escritura mientras sus proyectos “profesionales” parecen siempre tambalearse. Aún así, cuestionarse el sentido de dichos diarios, que escribe con una pluma estilográfica cuyo sonido al rozar la superficie del papel parece relajarle en la madrugada, es una constante en él, sobre todo cuando se impone el transcribirlos en el ordenador.
Los problemas físicos, las lecturas, también películas que ve y piezas musicales que escucha, y sus avatares con la escritura, se ven punteados en los diarios por los comentarios sobre sus viajes y desplazamientos, sean por motivos profesionales o por placer, más frecuentes los primeros, sus escarceos sexuales, un tanto sórdidos, excesos cada vez más ocasionales con el alcohol, sus diatribas contra los gobernantes socialistas en quienes vislumbra el colmo del cinismo, también contra los dirigentes locales dedicados a arrasar su tierra, la Comunidad Valenciana, con esa prepotencia garrula cuyo ecosistema de podredumbre humana quedaría plasmado en sus dos últimas novelas, sin olvidar las evidentes insuficiencias de la transición española. Los momentos placenteros no abundan, si acaso los proporcionan, además de ciertas lecturas, películas y obras musicales, los animales de compañía, perros y gatos que pululan por una casa campestre cuyo mantenimiento se revela más y más exigente, en especial una vez su amigo Paco se ve impedido para dedicarse a ella.
A medida que los diarios avanzan, la soledad y el miedo a la muerte adquieren una corporeidad cada vez más difícil de sobrellevar, reflejados en sus episodios de asfixia, en su preocupación por la suerte que aguarda a los animales con los que convive, en ningún caso respecto a la consideración futura de si obra, de ahí que relativice el éxito de sus últimas novelas, tardío quizás, como si no acabara de creérselo y encontrara solaz en alguna crítica un tanto escéptica que lee entre tanta supuesta aclamación. Su visión aguda y desengañada de la vida nos es transmitida desde una actitud sencilla, pedestre, sin pretensiones, acorde con un bagaje familiar humilde y honesto al que nunca ha dado la espalda. Además de por su franqueza, como personaje de sus propios diarios, Rafael Chirbes termina por hacerse entrañable al lector, en buena medida, por su nula disposición a mostrarse como tal.
La reseña sobre el primer volumen de los diarios de Rafael Chirbes se puede leer aquí.
Estoy actualizando las condiciones para el trato con mi persona.
I am updating the terms and conditions for dealing with me.
La idea en esta sociedad es que el egoísmo nos hermane, como si la suma de todos los egoísmos individuales se fuera a traducir en felicidad colectiva.
The idea in this society is that selfishness unites us, as if the sum of every single selfishness would translate into colective happiness.