La
suerte (La sorte), ópera prima de Federico De Roberto, escritor
napolitano de nacimiento pero de familia siciliana, que vivió en
Catania, autor de la monumental novela Los virreyes, obra clave del
siglo XIX italiano, se compone de ocho relatos que giran en torno al
motivo de la derrota; metáfora quizás del destino reservado a
Sicilia, y al Sur en general, en el mapa resultante de la unificación
italiana. Una variada cartografía del fracaso que acecha a
personajes variopintos, pertenecientes a los más diversos estratos
sociales, que ven sus ilusiones o ambiciones cercenadas, que
descubren el alto precio que han de pagar por alcanzarlas o que ponen
de manifiesto su incapacidad para preservar aquello de lo que
disponen. Al lector se le ofrece así un mosaico de la microhistoria
siciliana a través de un variado compendio de sus normas y valores,
esos que aún hoy resultan reconocibles en una sociedad tan apegada a
la tradición.
La
desidia de una princesa incapaz de abandonar su perniciosa afición
al juego mientras su patrimonio se deshace, el crimen de honor fruto
de la pasión que una mujer casada despierta en un joven, o el
cinismo de un pueblo que camufla su afición por la juerga y su
naturaleza mezquina bajo el manto de la devoción religiosa hacia su
santo patrón son las situaciones que plantea De Roberto en sus tres
primeros relatos. A partir de ahí, la obsesión por mantener las
apariencias, por medrar y elevar el estatus través del
emparejamiento con miembros de la nobleza, el precio de tratar de
satisfacer a la persona equivocada o de cumplir las expectativas en
una sociedad profundamente machista que se traduce en la imperiosa
necesidad de casarse en el caso de las mujeres o de tener hijos
varones en el de los hombres, desvelan los mecanismos psicológicos
de una sociedad caracterizada por la rigidez de las costumbres y la
escasez de oportunidades
En
su aspecto formal los relatos de De Roberto, que no han suscitado
hasta la fecha el interés de alguna editorial española, presentan
una factura costumbrista e inspiración en el naturalismo
decimonónico: escritos en
tercera persona, en tiempo pasado, ofrecen
continuidad y pocos saltos temporales mientras eluden la descripción
minuciosa de las motivaciones internas de los personajes en favor de
situaciones con diálogos profusos que evitan el empleo del dialecto,
tan común en la literatura italiana, lo que agiliza la lectura. El
orgullo y la envidia, una constante en el catálogo de flaquezas que
aquejan a los personajes que los
pueblan, fuente
de su insatisfacción, en buena medida son las que, unidas a la falta
de oportunidades, determinan su destino. Pero más que sentimiento
trágico, por crudas que puedan resultar algunas de las situaciones
descritas, despiertan en el lector una velada compasión ya que en el
carácter, en esa falibilidad humana tan reconocible, parecen llevar
escrita su suerte.
Esta reseña está también disponible en el número de septiembre-octubre de la revista digital espacioluke
El macho-alfa ha
regresado, desplazando a la mujer en el más alto escalafón del
poder y de la representación a nivel político y amenazando algunos
de los avances experimentados por ésta en los últimos tiempos. La
disposición al diálogo y al entendimiento, la supuesta proyección
hacia más altas cotas de solidaridad y de empatía, parecen haber
sido remplazadas de golpe y plumazo por un autoritarismo bronco,
mesiánico, de hombre fuerte que busca imponer su voluntad y exhibe
su poder sin complejos.
Cuando la figura de
Viktor Orbán despuntó en Europa se antojaba una especie exótica,
una anomalía propia de los países del Este del continente
comprensible dada su escasa tradición democrática, equiparable sólo
a la siniestra figura de Erdogan en Turquía. Sin embargo, no sólo
afianzó su poder en Hungría ante la pasividad de la Unión Europea
sino que pronto le surgió un correligionario en Polonia y a
continuación, si bien más suave en las formas al ser el socio
presentable de un gobierno de coalición, otro en Austria. Las
alarmas sólo parecen haber saltado al llegar otro émulo de Orbán a
la vice-presidencia del gobierno en Italia. En comparación, Theresa
May, en plena tormenta del Brexit, se aferra con crecientes
dificultades a su cargo como si se tratara del palo mayor, mientras
la otrora incontestable Angela Merkel languidece en Berlín.
!Y quién iba a
pensar hace sólo un par de años que los dos países americanos más
poderosos acabarían gobernados por dos destacados miembros de la
especie más masculina orgullosa de serlo! El acceso de Bolsonaro al
poder en Brasil complementará en el hemisferio sur el ya ostentado
por Donald Trump en el norte, después de que Cristina Fernández
abandonara el de Argentina y Michelle Bachelet el de Chile. La
reciente elección en México deja a este país contra la corriente
en el plano ideológico si bien AMLO tampoco parece un presidente en
estrecho contacto con su sensibilidad femenina. Quedaría solo
Trudeau, aislado en el extremo norte del continente, como
representante del liderazgo soft.
Los acontecimientos
en Estados Unidos y en Brasil, los dos colosos del continente
americano, resultan aún más significativos observados en
perspectiva. Parece que fue ayer cuando todo parecía encaminado para
que uno y otro fueran liderados por mujeres: Hillary Clinton y Dilma
Rousseff. Hoy, por el contrario, ambas rumian su impotencia como si
no acabaran de asumir una realidad que las ha dejado fuera de combate
sin contemplaciones.
En España, Soraya
Saenz de Santamaría representaba la única posibilidad de contar con
una mujer candidata a la presidencia del gobierno en un futuro
próximo, lo cual no quita para que presidentes socialistas hayan
demostrado mayor sensibilidad hacia la situación de las mujeres que
las más destacadas representantes del PP. Su derrota no sólo
facilitó el regreso de las esencias más rancias en la voz y el
discurso del nuevo máximo representante de la derecha, Pablo Casado,
sino también -lo que es más preocupante- por vía interpuesta
mediante el regreso solapado de José María Aznar en calidad de
influyente mentor de éste.
Si miramos al
continente del futuro la cosa no pinta mejor. No hay mujeres
presidiendo los países más relevantes de Asia. Al contrario, nos
encontramos con líderes fuertes en China e India, además de, por
supuesto, Rusia y también en Japón La única presidenta con
proyección más allá de sus fronteras era la birmana Aung San Suu
Kyi , Premio Nobel de la Paz, cuyo aura quedaría mancillado de forma
irreparable dada su pasividad ante la crisis humanitaria sufrida en
su país por la población de la etnia rohyinga.
Sea fruto de la
casualidad, de una reacción o incluso de una conspiración, la
dinámica lleva a preguntarse si más que ante una ola
ultra-conservadora no estaremos ante un cambio de paradigma mediante
el cual la exhibición de testosterona ha arrasado con la ideología.
Que los hombres fuertes hayan venido para quedarse o supongan un
último y desesperado intento por tratar de frenar el avance
imparable de las mujeres el tiempo lo dirá. El riesgo es que, en
este último caso, dada la naturaleza bravucona de los protagonistas,
se antoja difícil que el proceso pueda ser revertido sin conflicto.
Este artículo está también disponible en el número de noviembre de la revista digital agitadoras
En un país tan
contaminado por el debate político, más bien por su sucedáneo,
como el nuestro no deja de entrañar cierto riesgo opinar sobre el
estreno de una película española -en realidad una coproducción
hispano-franco-italiana aunque con marcado sabor patrio por la lengua
empleada, la procedencia del reparto y su localización- con
pretensiones. Es sabido que la industria del cine en nuestro país
despierta ojeriza en un amplio y vociferante sector de la población
que la asocia con la propagación de un discurso progresista que
rechaza. No digamos si además está protagonizada por dos de sus
figuras más emblemáticas las cuales no sólo consiguieron el éxito
y obtuvieron los premios más renombrados en Hollywood sino que
además conforman una pareja. Que la película esté escrita y
dirigida por un prestigioso director iraní no dejará de resultar un
detalle prescindible, casi una anécdota, para esa gente dispuesta a
mostrar de raíz su animosidad hacia la película y sus
protagonistas. Al desprecio hacia un sector industrial y cultural que
ven como entrometido se uniría la envidia y las acusaciones de
hipocresía hacia aquellos a quienes hemos visto envueltos en oropel
sin renegar de su compromiso de izquierdas.
Por todo ello me
cuesta pensar que sea una mera casualidad la elección de la trama de
la película Todos lo saben, dirigida por Asghar Farhadi, y
protagonizada por Penélope Cruz y Javier Bardem: el secuestro de una
adolescente concebida in extremis por ambos antes de que sus
trayectorias se separasen la cual cae víctima del resentimiento, la
envidia y la codicia de algunos de sus paisanos. Coincidencia o no,
la tentación de plasmar un paralelismo entre los hechos narrados en
la película y las vivencias de sus dos grandes protagonistas,
respaldados eso sí por un reparto con las mayores garantías, es
grande: sus vecinos les hacen sufrir y pagar un altísimo precio a
fin de salvaguardar lo que es más querido para ellos dos pero el
doloroso trance sirve también para revelar lo que les une ya de
forma indisoluble y que se ve reafirmado al estar aquel que cuenta
con margen de maniobra dispuesto a asumir el alto precio exigido.
El amor exaltado,
aunque sea por vía latente en el caso de los protagonistas si bien
la película nos ofrece la oportunidad de paladearlo en clave de
juerga a través de una pareja interpuesta -la boda de la hermana de
la protagonista es la excusa que le trae a ella y a sus dos hijos,
sin la compañía de su marido, desde la Argentina donde vive- y la
envidia, son dos pasiones universales que encuentran un buen anclaje
en nuestra sociedad. En un pueblo de tradición vinícola situado en
la España profunda en esta ocasión, que sirve como microcosmos a
esa constelación de resquemores y secretos, camuflados con mayor o
menor éxito tras las apariencias, que afloran con fuerza ante un
suceso grave que obliga a cada cual a posicionarse y a revelar así
su auténtica naturaleza.
Farhadi ya demostró
en sus anteriores películas, sobre todo en Nader y
Simin, una separación pero también en El
pasado, su maestría a la hora de dibujar personajes complejos,
con múltiples capas, las cuales se van deshojando a medida que la
creciente complejidad de la situación, siempre de naturaleza
traumática -un divorcio en el caso de las dos películas
mencionadas- lo exige. Es lo que también sucede en Todos lo saben,
con la peculiaridad de que el striptease emocional viene esta vez
motivado por un suceso con naturaleza de thriller y los personajes a
desnudar son esta vez más numerosos. Porque caracterizada por una
intrincada trama en clave noir, y pese al protagonismo de Cruz y
Bardem, la de Afghani es una película coral, sustentada en un amplio
y sólido reparto que lejos de servir solo como apoyo a aquellos dos
dispone de suficientes resortes narrativos e interpretativos -sobre
todo en los casos de Barbara Lennie, Eduard Fernández, Elvira
Mínguez o Ramón Barea- para brillar con luz propia.
Ningún personaje es
neutral en Todos lo saben, lo que aporta consistencia a la trama a
medida que se va revelando su situación aunque alguna de las capas
lleve a tensar la credulidad a medida que se va revelando lo que hay
debajo de ellas. En ese sentido, quizás el personaje más forzado
sea el del marido argentino de la protagonista, protagonizado por
Ricardo Darín, que adquiere cuerpo en la segunda mitad de la
película una vez regresa de su país ante el trágico suceso. Al
igual que sus habitantes, la incrustación foránea en el pueblo
también se ve lastrada por su pasado, el verdadero protagonista de
las historias de Farhadi, aunque en su caso víctima de sí mismo y
no tanto de las consecuencias de su trato con los otros, como les
sucede a los demás.
Ante la decisión de
un director de renombre mundial de venir a España a rodar con
actores españoles resulta difícil no acordarse de la experiencia
protagonizada en su día por Woody Allen, curiosamente con la misma
pareja protagonista -en su caso complementada con la presencia de
Scarlett Johanson, quizás con la intención de facilitar su
comercialización en los países de habla no española-, si bien
Farhadi ya ha expresado que no tiene especial interés en seguir
rodando en otros países -El pasado transcurría en Francia- y su
intención es volver a centrarse en Irán. Si es así, hay que
reconocerle su acierto en adaptar a nuestro país una historia cuya
lectura es universal y hacerlo con una sobriedad formal que elude los
tópicos, a excepción quizás de esas incrustaciones con aire de
flamenco ligero que, por momentos, complementan la banda sonora
compuesta por Alberto Iglesias.
Se puede concluir
que la experiencia de Afghadi en nuestro país tuvo final feliz, todo
lo contrario del de su película, tan abierto como profundamente
inquietante. Bajo la aparente resolución de la tragedia, evitada in
extremis gracias a un sacrificio personal, la corriente oculta y
siniestra ya muta y se retroalimenta como un monstruo insaciable.
Reseña también disponible en el número de octubre de agitadoras
Hubo que repetirlo, el VAR demostró que el himno se cantó fuera de tono
A ver quién la tiene más grande, la razón
Se descuida la enseñanza de la Historia Contemporánea de España en las aulas y pasa lo que pasa
Renovaron a los de siempre
Son algunas de las ocurrencias que me "quedaron para septiembre". Si queréis echarles un vistazo, están disponibles en el último número de la revista digital de agitación cooltural agitadoras
No sé si la Transición ha envejecido mal. Sí veo lo rematadamente mal que han envejecido sus principales promotores y adalides.
ESCASEZ
Racionaron la duda.
GANAR ELECCIONES CON FINANCIACIÓN ILEGAL NO TIENE PRECIO
La policía asegura tener indicios de la existencia de una caja C en el Partido Popular.
Son algunas de las ocurrencias que he recopilado en !Cómo deciros!, mi colaboración para el número de diciembre de agitadoras. !Ilustrada con Lemmy, de Motorhead!
Publicada
originalmente en 2009, El día antes de la felicidad (Editorial Siruela) discurre
por territorios familiares para los lectores de Erri de Luca, como si en ella
el ya veterano escritor italiano ofreciera un compendio de los temas y situaciones
que han marcado sus novelas previas: Montedidio, Tres caballos, Tú, mío o Los
peces no cierran los ojos. No resulta difícil extraer aspectos concretos de
cada una de ellas que han encontrado reflejo en ésta.
El protagonista
de la novela es un muchacho huérfano que tiene como mentor a otro huérfano, en
este caso adulto: Don Gaettano, el portero del edificio donde vive, a quien
ayuda en sus tareas. Guiado por éste, siempre de forma sutil, discreta, el
chico enfrenta las circunstancias que marcan su paso a la mayoría de edad: el
descubrimiento del sexo con una vecina viuda, su amor hacia una enigmática mujer
que habitaba en el edificio cuando ambos eran niños y que irrumpe en su vida
después de mucho tiempo, y la rivalidad y la violencia catártica desatada por sus
sentimientos hacia ella que desembocan en el rito ancestral de la sangre como
prueba de madurez, lo que le acaba empujando a un precipitado exilio en el que
tendrá ya que valerse por sí mismo.
La acción se
desarrolla en Nápoles en los años cincuenta del pasado siglo cuando la ciudad parecía
al servicio del ejército norteamericano que la había elegido como principal
base en el Mediterráneo, si bien una y otra vez se retrotrae al final del
verano de 1943, a los días previos a la retirada del ejército alemán
coincidiendo con el levantamiento espontáneo de los napolitanos dirigido a
expulsar a sus ocupantes antes de la llegada de las tropas aliadas: el hombre judío
escondido y protegido por Don Gaettano en un sótano que tiempo después el
protagonista ha hecho suyo, los enfrentamientos callejeros contra alemanes y
fascistas, los bombardeos por parte de ambos bandos. Sea en una u otra época,
la ciudad y sus peculiares códigos se erigen una vez más en co-protagonistas de
la novela y conllevan una reivindicación del tantas veces denostado sur de
Italia e incluso de la españolidad de Nápoles.
De Luca
encuentra una vez más su inspiración en el neorrealismo: vidas sencillas,
humildes, centradas en la satisfacción de necesidades básicas, en actividades
–la pesca, la lectura, la comida, juegos de naipes, en particular el de la
escoba, el fútbol: el muchacho juega como portero- y en emociones esenciales con
un sentido universal –amor, camaradería, soledad, violencia-. Todo ello recreado
con su personal estilo: frases breves que nunca exceden el aliento de una
persona, máximas que iluminan sobre el sentido más primario de la existencia o
evocadoras respecto de las circunstancias que aborda, escenas cortas pero sin
divisiones que interrumpan la continuidad del relato, elipsis insertadas en las
conversaciones de sus lacónicos protagonistas. Bajo su engañosa apariencia de
sencillez la novela ofrece otro tratado de dignidad humana, ése que es ya seña
de identidad en la obra del escritor napolitano.
El día antes
de la felicidad, cuyo título remite al día previo a la primera cita con la
muchacha a la que idealizó en su niñez al tiempo que evoca el levantamiento
civil contra los ocupantes de la ciudad justo antes de su liberación, no
sorprenderá a los lectores familiarizados con la obra del autor de Tres
caballos. Habrá incluso quien sienta la tentación de tildarla de “refrito” dada
la ausencia de aportaciones novedosas aunque por la misma razón se demostrará efectiva
para quienes la elijan para iniciarse en la narrativa de De Luca.
Esta reseña también está disponible en el número de septiembe-octubre de espacioluke
En plena sequía el río revuelto bajaba más caudaloso que nunca. Los regantes del odio anunciaban una cosecha histórica.
También a la esperanza la devolverán "en caliente".
Durante la pausa publicitaria, la brigada de fumigación se esforzaba en descontaminar el debate.
En la fiesta de la matanza del sentido común le explicaron que de la víctima se aprovecha todo.
No existe mayor afrenta para una democracia "consolidada" que votar a destiempo.
Son algunas de las ocurrencias más recientes que he reunido para "Una gran nación", mi colaboración para el número de octubre de la revista digital agitadoras
Como bilbaíno perteneciente a la generación del baby boom la
convivencia con el fenómeno terrorista
ha sido una constante en mi vida, formaba ya parte del paisaje –como los Altos
Hornos o el Athletic, da igual que su naturaleza fuese otra muy distinta-
cuando adquirí uso de razón y durante mucho tiempo pensé que lo seguiría siendo
también el día en que éste me abandonara. Por entonces, el terrorismo etarra
era un elemento indispensable –quizás el más llamativo- que nos singularizaba como sociedad y que
contribuía a forjar nuestra identidad en contraposición a otras realidades
próximas que sufrían otros problemas pero no el de la violencia.
Con el tiempo y, sobre todo, tras su desaparición, en
ocasiones me he preguntado si mi actitud hacia el terrorismo etarra pudo a lo
mejor haber sido diferente, si en lugar de limitarme a coexistir con él no
hubiera debido adoptar una posición más beligerante. Es esa clase de preguntas
un tanto tramposas ya que para entonces se conoce el desenlace y se cuenta con
la perspectiva de lo que sucedió -el “hubiera o hubiese” suele funcionar en la
literatura pero a menudo contribuye a distorsionar la realidad-. Aunque parezca
extraño, en esos casos siempre llego a la conclusión de que el terrorismo era
algo tan propio de mi identidad como el txirimiri o la Aste Nagusia, da igual
que sus fines y métodos me resultaran ajenos, del mismo modo que nunca
pertenecí a una konparsa ni en mi familia jamás vi a nadie protegerse de la
lluvia fina con una txapela.
Sólo una vez la situación empezó a permitir aventurar que,
después de todo, la violencia quizás no fuera eterna, aunque para entonces yo
ya no vivía allí, comencé a intuir que llegaría un momento en que la realidad
del pueblo en el que nací y crecí se alinearía por fin con la de esas otras
realidades próximas que sufrían problemas pero que no se dirimían de forma
violenta, que como sociedad alcanzaríamos la ansiada normalidad. Lo que jamás sospeché
es que en verdad eran esas otras sociedades próximas las que, sin intuirlo ni pretenderlo,
se irían alineando con la nuestra y que
el terrorismo, aunque de distinta naturaleza, se acabaría conformando como un
elemento si no cotidiano al menos sí recurrente, de forma directa o indirecta,
en su realidad. Dicho de otro modo, nos considerábamos –y consideraban- la
excepción sin sospechar que éramos una avanzadilla, que terminaríamos por convertirnos
en la regla.
Circunscrito por aquel entonces a ámbitos geográficos muy
acotados en unos pocos países europeos, por desgracia el terrorismo está convirtiéndose
en un fenómeno en vías de rápida asimilación por la gran mayoría de las
sociedades occidentales. La experiencia acumulada tras haber crecido en una
sociedad azotada por el terrorismo me permite reconocer algunos elementos que
caracterizan el proceso de las que se enfrentan al terror de nuevo cuño, sobre
todo desde la perspectiva de quienes pertenecen a la comunidad cuyos derechos
vienen supuestamente defendidos por los terroristas y justifican sus acciones.
Por ejemplo, esa manía –no siempre inocente- de generalizar
asociando la supuesta causa de los violentos al conjunto de la sociedad de la
que emergen (“el terrorisma vasco” entonces, “el terrorismo islamista” ahora).
O la indefensión y la suspicacia que ante terceras personas sienten los
miembros no violentos de la comunidad que sirve de causa a los terroristas cuando
vienen tildados de equidistantes, de conniventes, y de no hacer lo suficiente
por desmarcarse de los violentos, a quienes se conmina a posicionarse tan
pronto son presentados en círculos ajenos a su comunidad y se ven incapaces de
satisfacer las expectativas a menudo irreales o simplistas de quienes les interpelan,
a los que optan por evitar para acabar empujados hacia una tierra de nadie. Por
no hablar del papel de los medios de comunicación y de la clase política, que
ante fenómenos tan cruentos y de tanto impacto jamás dan una puntada sin hilo.
El riesgo de alienar al grueso de la comunidad que sirve de excusa a los
terroristas, de ponerlos bajo sospecha, es grande y el objetivo, si se aspira a
su integración, debería ser tranquilizarles, mostrar hacia ellos una empatía que
agradecerán cuando el suelo empiece a moverse bajo sus pies en la estela de
cada atentado y que, cabe pensar, no olvidarán.
Los objetivos y reclamaciones del nuevo terrorismo nos
resultan más difusos y lejanos aunque su sentido inmediato sea el mismo: causar
víctimas inocentes y sembrar el terror de forma que puedan condicionar las
decisiones que afectan a la comunidad en cuestión. El papel de los medios de
comunicación resulta ambiguo a este respecto ya que se nutren del
sensacionalismo, lo mismo ocurre con los gobernantes siempre proclives a las
declaraciones grandilocuentes, a apelar a la unidad para a la postre acabar
recortando derechos en aras de acariciar una pretendida seguridad que nunca
podrá ser absoluta. Pese a ciertas declaraciones de reafirmación colectiva hechas en caliente, es natural que ante la comisión de atentados la sensación de
miedo permee a la sociedad afectada sin necesidad de que los medios y la clase
política echen gasolina al fuego. El problema no es sentir miedo –una reacción
humana lógica ante quien pasa a sentirse objetivo potencial de una violencia
indiscriminada-, el reto más bien consiste en aprender a vivir con él sin
hacerle concesiones.
Este artículo está también disponible en el número de septiembre de la revista digital de agitación cooltural agitadoras
Sabotearse es una de las actitudes características del
malditismo. De forma premeditada o más o menos inconsciente, sabotear el propio
talento, los frutos del mismo o los esfuerzos encaminados a obtener el
reconocimiento es una reacción habitual en el artista maldito, muy extendida en
el mundo del rock and roll debido a la juventud e inmadurez de muchos de sus
practicantes. Tal es el caso de Steve Kilbey, bajista, letrista, cantante y
principal compositor de la banda australiana The Church, como él mismo se
encarga de recordarnos en su autobiografía con título extraído de un verso de
su canción más conocida: Under the Milky Way, en la que ajusta cuentas en
especial consigo mismo –pero no sólo- una vez instalado “sano y salvo” en la
madurez.
El libro cuenta con un prólogo y un epílogo situados en el
presente, coincidiendo con la inducción de The Church en el Hall of Fame
australiano (una mezcla de jardín del Parnaso y de museo rockero originalmente
concebida en Estados Unidos que, cosa extraña, aún no hemos imitado en nuestro
país), cuando Kilbey se ve obligado a improvisar unas palabras tras haberse negado
a preparar un discurso y, tras ganarse a la audiencia con su sentido del humor,
un antiguo colaborador le reprocha con sarcasmo a viva voz el no haber sido tan
afable cuando era joven. Entre uno y otro se desarrolla la narración en sentido
cronológico desde la infancia del protagonista hasta la superación, allá por el
año 2000, de su larga adicción a la heroína.
A diferencia de otros artistas que escriben sus memorias
tras haber conocido el éxito masivo, The Church se encuadraría en la clase media
del rock aunque con fundadas aspiraciones de acceder a la nobleza, algo que por
momentos pareció suceder pero que en última instancia les eludió por una
combinación de mala suerte, de falta de constancia y de torpeza por parte de
sus integrantes, incluido el propio Kilbey, dada, por ejemplo, su frivolidad en
el trato con los medios cuando un empujón por parte de ellos parecía el único
requisito pendiente para saborear el éxito masivo: una broma a destiempo que
aborta una inminente entrevista para un programa que ven 150 millones de
sudamericanos, el abierto desdén hacia los todopoderosos miembros de la prensa
musical inglesa que a la postre hacen y deshacen carreras. Otro rasgo
diferenciador es que la perspectiva se ofrece esta vez desde un remoto país situado
en el hemisferio sur ya que aunque nacido en Inglaterra, la familia del
protagonista se trasladó a Australia siendo él un niño.
Something Quite Peculiar es el detallado repaso a la
sucesión de aciertos y de sonoras meteduras de pata que caracterizaron la
trayectoria de The Church y del propio Kilbey, tanto en lo artístico como en lo
personal, narrado con distancia a caballo entre lo irónico y lo jocoso,
haciendo gala de esa bonhomía un tanto campechana, tan australiana, y una
actitud desenfadada (laidback) que él califica como “hippy”: la fragilidad de
las relaciones sentimentales para un músico de vida inestable ávido de
experiencias, la intensa y por momentos insoportable convivencia entre los
miembros de una banda de rock, la caída en la heroína que ocupa dos capítulos en
el tramo final y que eclipsaría a todos los demás aspectos de su vida durante
los diez años que se prolongó .
Kilbey emplea un estilo coloquial, desenfadado, a menudo
jocoso y rico en el empleo de argot, al modo del relato de un colega que por su
trayectoria tiene mil anécdotas que contar y lo hace con gracia al permitirle
la distancia reírse de sí mismo (self-deprecating), empleando la primera
persona, interpelando en numerosas ocasiones al lector para buscar su
complicidad e introduciendo algún pasaje de corte experimental como aquel en el
que trata de transmitir la profunda soledad y la irrealidad que se adueña de la
vida de un músico durante las largas giras.
Al margen de los temas habituales en el relato de una
estrella del rock: los comienzos, las influencias, los procesos creativos, las
giras, las grabaciones –Kilbey se centra en los pormenores de los ocho primeros
álbumes de The Church, los que cimentaron su carrera durante la década de los
ochenta gracias a un sonido que combina un rock de factura clásica con la
psicodelia-, la relación con las casas discográficas, los contactos con otros
artistas, los proyectos en solitario o al margen del grupo, los excesos, la
habitual sucesión de altos y bajos, de aciertos y errores, de arrogancia e
inseguridad, tiene el relato de Steve Kilbey también algo de novela de
formación, de aprendizaje, como si su adicción a la heroína fuera la prueba definitiva
de su incorregible estupidez, de su tontería congénita, y su superación equivaliera
a la ansiada redención.
Pese al auge en los últimos años de la autobiografía musical
como género editorial, ninguna editorial española parece haber mostrado interés
por Something Quite Peculiar. Debe ser que The Church no tiene el suficiente
tirón entre nosotros y ello pese a que en un momento dado, tal y como el propio
Kilbey recuerda en el libro, pareció que su grupo acabaría despuntando
precisamente en Italia y España en lugar de en Estados Unidos como inopinadamente
sucedió. Una buen recordatorio de que el artista musical rara vez es capaz de
leer o de interpretar su propia carrera cuando está inmerso de lleno en ella y
mucho menos de controlar su destino.
Esta reseña está también disponible en el último número de la revista digital espacioluke
Ante el estreno de la última película de Alex de la Iglesia
me pregunté cuándo fue que renuncié a seguir esperando una obra redonda, o al menos a la altura de
su encumbramiento mediático, por parte del director bilbaíno y como a menudo
sucede en estos casos me bastó pararme a pensar para sufrir un ataque de vértigo.
Había pasado mucho tiempo: más de quince años. Desde 800 balas, he ido dejando pasar cada estreno de De la Iglesia sin
que la fanfarria promocional que los envuelve hiciera la menor mella en mí.
Tanta frialdad durante tanto tiempo, concluí, es equiparable sólo a la de quien
ha sufrido un profundo desengaño lo que me animó a echar la vista atrás para
tratar de identificar la naturaleza del mismo.
Recordé que en su día Alex de la Iglesia integraba un
cuarteto que durante un tiempo pareció llamado a renovar de arriba a abajo un
cine español necesitado de una buena sacudida. El grupo en cuestión lo
completaban Julio Médem, Juanma Bajo Ulloa y Enrique Urbizu. Dicha selección no
deja de ser un poco arbitraria ya que deja fuera otros nombres que podrían
formar parte de la camada. Pienso en Icíar Bollain o Isabel Coixet aunque por
distintas razones no pude seguir los inicios de sus carreras con la misma
atención. Influye también el hecho de que los integrantes del mencionado cuarteto
son vascos y compartimos generación –por
lo mismo podía haber incluido a Daniel Calparsoro cuya ópera prima, Salto al
vacío, ofrecía una visión también rupturista y coincidente en el tiempo-,
circunstancias que me los hicieron más próximos e interesantes. Sin duda, la
trayectoria de cada uno de ellos ha sido singular pero si en algo han
coincidido es en defraudar las expectativas que un día se puso en ellas, no ya
por quien esto escribe sino por los medios y por la industria del cine español
que contribuyó a lanzarlos.
El caso de Julio
Médem destaca por su fulgurante ascenso y estrepitosa caída. El éxito
crítico que acompañó a su trayectoria alcanzó el paroxismo con Lucía y el sexo, su quinta película, un
fenómeno que no compartí. Visualmente potente e imaginativa, su estructura me
pareció tan confusa que los momentos más intensos y logrados no conseguían
salvar el conjunto. Ante las alabanzas llegué a pensar que el problema era mío
hasta que un segundo visionado me reafirmó. Ya me había defraudado, de hecho,
con su anterior película, Los amantes del
círculo polar, tras las esperanzas concebidas sobre todo con La ardilla roja –irregular pero original
e inquietante- y Tierra –también original
y atractiva pese a su evidente desequilibrio- aunque quizá más por lo que en
ellas se intuía o insinuaba que por lo que en realidad ofrecían si bien era
innegable que en ellas se atisbaba una visión y un lenguaje propio. La recreación
de la tradición vasca a través de una visión cainita que marcaría su debut en Vacas me había dejado frío pero fue precisamente
su regreso al microcosmos vasco tras el éxito de Lucía y el sexo, esta vez en
forma de ambicioso documental, a fin de ilustrar la complejidad del conflicto
allí enquistado, en La piel contra la
piedra lo que marcó el punto de inflexión en la trayectoria del director
donostiarra. La decisión se reveló temeraria en un país y una sociedad harta,
poco proclive a los matices respecto de un conflicto que solo parecía admitir
una dicotomía: blanco y negro, buenos y malos. El hasta entonces intocable
Médem no tardó en comprender el precio que conllevaba su osadía, más aún en una
España gobernada con mano férrea por José María Aznar. Aun así, el desastre
llegó con su siguiente película: Caótica
Ana, un proyecto surgido del dolor personal tras la pérdida de su hermana
en accidente de coche que por alguna misteriosa conjunción de factores
concentraba en hora y media todos los defectos de su cine amplificados pero esta
vez huérfanos de esos hallazgos que hasta entonces le habían permitido salvar
la cara o incluso deslumbrar a los espectadores más impresionables, empezando
por una escritura tan prometedora como desequilibrada y la idealización de su protagonista
hasta límites inalcanzables para el espectador. El batacazo fue tan sonado que
desde entonces, aunque apoyándose para sus proyectos en actrices de indudable
atractivo, Médem no ha conseguido relanzar su carrera.
La trayectoria de Juanma
Bajo Ulloa es, por distintas razones, casi tan llamativa como la de Médem.
Su debut, Alas de mariposa, una dura
película de corte intimista y penetrante psicología femenina, supuso un campanazo
y le llovieron premios y reconocimiento, dinámica que, aunque más atenuada una
vez descartado el efecto sorpresa, tendría continuación con La madre muerta. En el caso del director
vitoriano, el punto de inflexión llegaría con su tercera entrega: Airbag, un auténtico bombazo en taquilla
gracias a una película que curiosamente refutaba de principio a fin el cine
mostrado en sus dos primeras películas. La visión personal, áspera y
claustrofóbica pero de enorme sensibilidad, dirigida a un público exigente,
cedía de pronto paso al cine más gamberro, chistoso y palomitero. El giro fue
tan brusco y el éxito tan arrollador en uno y otro caso tratándose de visiones contrapuestas,
que al espectador atento sólo le quedaba o rendirse de admiración o mostrar su
profundo desconcierto. Pero el triunfo aparente pronto dejó entrever su cara más
amarga al trascender agrias desavenencias con la productora de la película
respecto del reparto de los beneficios. Algo serio en cualquier caso debió
pasar para que el máximo responsable de semejante taquillazo cayera en el
ostracismo y se viera en enormes dificultades para volver a rodar otra
película. Cuando ésta por fin llegó pasó prácticamente desapercibida. Frágil suponía un regreso a la visión
más personal del director y éste volvía a mostrar su osadía en una producción
lastrada por los escasos medios con que fue rodada. Al retomar pasado un tiempo
el registro gamberro con Rey gitano,
una vez superada la sorpresa que supuso Airbag y ante la impresión de
encontrarme ante un remedo de aquella, mareado así mismo ante tanto bandazo arrojé
la toalla lo que no ha resultado difícil ya que desde entonces, por alguna
razón, no se ha prodigado.
Si has llegado hasta aquí y aún tienes ganas, puedes acabar de leer el texto en el último número de agitadoras
La muerte de Leonard Cohen –como ya sucediera con la de
David Bowie o la de Lou Reed- invita a reflexionar sobre el enorme vacío que
deja la marcha de los grandes iconos de la cultura pop, una pérdida que la
propia ley de la naturaleza alimentará durante los próximos años, y a
preguntarse quiénes son los llamados a sucederles, si estarán en condiciones de
tapar el boquete creativo y sentimental que dejan o de proporcionar sueños a la
altura de los que aquellos inspiraron.
Ello coincide con la controvertida decisión por parte de la
Academia sueca de conceder el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. Sin entrar
en el debate sobre los merecimientos acumulados al respecto o no por el
cantante de Minnesotta llama la atención que se haya pasado por alto que fue
precisamente el Jurado de los Premios –entonces- Príncipe de Asturias quien
sentara precedente al conceder unos años antes su galardón de Literatura a otro
artista conocido sobre todo por su faceta de cantante y compositor: el propio Leonard
Cohen, una decisión que en su día apenas levantó polémica en nuestro país.
Tanto Dylan como Cohen tienen experiencia como escritores,
de lo que se entiende por una literatura convencional, pero a nadie se le
escapa que su mayor reconocimiento se
debe a la creación de los textos de sus canciones y a ellas alude expresamente
el comunicado del premio. Con el paso del tiempo ambos se convirtieron en
figuras incontestables de la música pop pero lo que les emparenta en gran medida
como artistas es su origen como miembros de la escena folk. De hecho, su música
–al menos en un principio- no es de las que levantara grandes pasiones en
nuestro país, en buena medida dado el desconocimiento de la lengua inglesa
entre nuestra juventud durante aquellos años sesenta y setenta. Sus
composiciones –en el caso de Dylan especialmente en la etapa previa a su
electrificación-, sonaban más bien monótonas, austeras.
Comparadas con las de
otros artistas se echaban en falta estribillos pegadizos, ritmos contagiosos o
aventurismos instrumentales. La razón es que su gancho residía en sus textos,
en las letras, ésas que salvo para el reducto de enteradillos, se nos escapaban
en gran medida. Ellas eran las encargadas de transmitir una emoción apoyada en
matices: inflexiones de la voz y detalles en un sonido austero.
En su origen la música folk es la más genuinamente popular, tradicional
medio de expresión de la gente más sencilla e inculta –el término deriva de la
palabra volk: pueblo, en alemán- , que al igual que otros géneros, experimentó
un resurgimiento a partir de los años sesenta coincidiendo con la explosión del
pop. En su repertorio sus artistas tendían a combinar melodías tradicionales
por ellos adaptadas con composiciones propias. Es por tanto el lenguaje popular
junto a su temática el que se recupera en esta clase de música. Como es lógico
dicho legado se vio enriquecido con la incorporación de múltiples aportaciones tanto
contemporáneas como asociadas al gusto y a las inquietudes culturales y
personales de cada artista.
En Dylan y Cohen es notoria la influencia en sus orígenes de
Allen Ginsberg, el poeta más reconocible de la generación beat, autor del
controvertido poema Aullido cuya publicación a punto estuvo de costarle la
cárcel a su editor acusado de obscenidad. Me gusta pensar que a través de Dylan
es este legado, el de la tradición folk, el de la generación beat, el que viene
también reconocido por la Academia sueca en la medida en que supuso sacar a la
literatura de los cauces establecidos para moldearla y, con el apoyo de la
música, hacerla accesible a tanta gente mayoritariamente joven que de otro modo
no se hubiera aproximado a ella. En este sentido el premio anima a reflexionar sobre
la relación entre música y literatura, literatura y música.
Ha sido también muy comentada la reacción de Bob Dylan ante
la concesión del Premio, como si su aparente desinterés hubiera supuesto un feo
para los doctos académicos suecos o, de algún modo, hubiera justificado a
quienes criticaron la concesión del galardón a alguien como él. Llama la
atención que, a diferencia de tantos artistas hoy perfectamente asimilados por el
engranaje institucional ante el que en su día se rebelaron siendo dicho
antagonismo el que les granjeó su estatus, Dylan mantiene una actitud díscola y
desdeñosa fiel a su leyenda, al menos en apariencia. Da así la impresión como
si el Nobel de Literatura hubiera recaído este año en un personaje en lugar de
en un autor.
Entiendo que mi percepción no es desprejuiciada. Pertenezco a
la generación del baby boom y tanto Dylan como Cohen forman parte de mi paisaje
sentimental pese a que nunca he sido un gran fan de ninguno de los dos, sin
perjuicio de reconocer su enorme influencia en multitud de artistas y en el
imaginario colectivo. De ahí mi preocupación ante el vacío que está dejando la
marcha de tantos influyentes creadores y mi duda sobre si quienes vienen detrás
no serán en comparación meros sucedáneos. Para las generaciones posteriores
queda, al menos, su legado si es que guarda algún sentido para ellas. Reconozco
que, en comparación, las más recientes cuentan con una gran ventaja y es que, a
diferencia de nuestros ídolos, los SuperMario, Pokemon y demás son desde su
misma concepción, estos sí, inmortales.
Al tocho ese de la investidura le sobran tantas páginas...
SUEÑO
Huelga de tertulianos, indefinida
PUEBLO
Populares contra populistas
PROFUNDO
En el fondo sólo le interesa guardar las formas
Son algunos de los adentrismos correspondientes a mi colaboración para el número de septiembre de la revista de literatura y creación contemporánea, espacioluke
La creciente ola de puritanismo sometería a controles anti
dopaje a artistas y escritores.
DICTADURA DEMOSCÓPICA
Haremos un sondeo para valorar el impacto de nuestra última encuesta.
SIN PRECIO
Ganar elecciones con financiación ilegal no tiene precio.
Son algunas de las ocurrencias -debería quizás pensar en un término con el que calificarlas- que conforman mi colaboración para el número de septiembre de la revista digital agitadoras, la cual puedes visitar en el siguiente enlace
España: único país del mundo cuyo patriotismo se define por
lo que acontece en otro país situado a miles de kilómetros de distancia.
FÚTBOL I
¡Que no, que no, que no nos representan! En el estadio abarrotado
la afición manifestaba su disgusto por los futbolistas elegidos por el
seleccionador nacional.
EUROPA
El precio para impedir el paso a los refugiados es
facilitárselo a los turcos.
ECONOMÍA I
En política económica cada atracón de cifras servido a la
población se traducía en una nueva cura de adelgazamiento.
BILBAINISMO
Desde que marché de Bilbao nunca llueve a gusto de mi
gabardina.
Son algunas de las reflexiones incluidas en mi colaboración para el número de verano de la revista digital agitadoras bajo el título: !Eh, no vale. Nacer en España es trampa!