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miércoles, marzo 01, 2023

Despedida de Agitadoras

Después de catorce años, la web digital de agitación cooltural, Agitadoras, ha subido su número de despedida. 

Tras colaborar en ella durante los diez primeros años de su andadura, no podía faltar en ocasión tan señalada.

"Se dice pronto", es el título de mi contribución.


jueves, abril 30, 2020

miércoles, marzo 06, 2019

Comfort me - Sparklehorse

Won't you come to comfort me? / ¿No vendrás a consolarme?

Hoy, 6 de marzo, se cumplen nueve años del suicidio de Mark Linkous (Sparklehorse)





En su día escribí un breve texto como homenaje para espacioluke

lunes, noviembre 05, 2018

La suerte, Federico de Roberto

La suerte (La sorte), ópera prima de Federico De Roberto, escritor napolitano de nacimiento pero de familia siciliana, que vivió en Catania, autor de la monumental novela Los virreyes, obra clave del siglo XIX italiano, se compone de ocho relatos que giran en torno al motivo de la derrota; metáfora quizás del destino reservado a Sicilia, y al Sur en general, en el mapa resultante de la unificación italiana. Una variada cartografía del fracaso que acecha a personajes variopintos, pertenecientes a los más diversos estratos sociales, que ven sus ilusiones o ambiciones cercenadas, que descubren el alto precio que han de pagar por alcanzarlas o que ponen de manifiesto su incapacidad para preservar aquello de lo que disponen. Al lector se le ofrece así un mosaico de la microhistoria siciliana a través de un variado compendio de sus normas y valores, esos que aún hoy resultan reconocibles en una sociedad tan apegada a la tradición.

La desidia de una princesa incapaz de abandonar su perniciosa afición al juego mientras su patrimonio se deshace, el crimen de honor fruto de la pasión que una mujer casada despierta en un joven, o el cinismo de un pueblo que camufla su afición por la juerga y su naturaleza mezquina bajo el manto de la devoción religiosa hacia su santo patrón son las situaciones que plantea De Roberto en sus tres primeros relatos. A partir de ahí, la obsesión por mantener las apariencias, por medrar y elevar el estatus través del emparejamiento con miembros de la nobleza, el precio de tratar de satisfacer a la persona equivocada o de cumplir las expectativas en una sociedad profundamente machista que se traduce en la imperiosa necesidad de casarse en el caso de las mujeres o de tener hijos varones en el de los hombres, desvelan los mecanismos psicológicos de una sociedad caracterizada por la rigidez de las costumbres y la escasez de oportunidades

En su aspecto formal los relatos de De Roberto, que no han suscitado hasta la fecha el interés de alguna editorial española, presentan una factura costumbrista e inspiración en el naturalismo decimonónico: escritos en tercera persona, en tiempo pasado, ofrecen continuidad y pocos saltos temporales mientras eluden la descripción minuciosa de las motivaciones internas de los personajes en favor de situaciones con diálogos profusos que evitan el empleo del dialecto, tan común en la literatura italiana, lo que agiliza la lectura. El orgullo y la envidia, una constante en el catálogo de flaquezas que aquejan a los personajes que los pueblan, fuente de su insatisfacción, en buena medida son las que, unidas a la falta de oportunidades, determinan su destino. Pero más que sentimiento trágico, por crudas que puedan resultar algunas de las situaciones descritas, despiertan en el lector una velada compasión ya que en el carácter, en esa falibilidad humana tan reconocible, parecen llevar escrita su suerte.


Esta reseña está también disponible en el número de septiembre-octubre de la revista digital espacioluke

jueves, noviembre 01, 2018

El regreso del macho-alfa

El macho-alfa ha regresado, desplazando a la mujer en el más alto escalafón del poder y de la representación a nivel político y amenazando algunos de los avances experimentados por ésta en los últimos tiempos. La disposición al diálogo y al entendimiento, la supuesta proyección hacia más altas cotas de solidaridad y de empatía, parecen haber sido remplazadas de golpe y plumazo por un autoritarismo bronco, mesiánico, de hombre fuerte que busca imponer su voluntad y exhibe su poder sin complejos.

Cuando la figura de Viktor Orbán despuntó en Europa se antojaba una especie exótica, una anomalía propia de los países del Este del continente comprensible dada su escasa tradición democrática, equiparable sólo a la siniestra figura de Erdogan en Turquía. Sin embargo, no sólo afianzó su poder en Hungría ante la pasividad de la Unión Europea sino que pronto le surgió un correligionario en Polonia y a continuación, si bien más suave en las formas al ser el socio presentable de un gobierno de coalición, otro en Austria. Las alarmas sólo parecen haber saltado al llegar otro émulo de Orbán a la vice-presidencia del gobierno en Italia. En comparación, Theresa May, en plena tormenta del Brexit, se aferra con crecientes dificultades a su cargo como si se tratara del palo mayor, mientras la otrora incontestable Angela Merkel languidece en Berlín.

!Y quién iba a pensar hace sólo un par de años que los dos países americanos más poderosos acabarían gobernados por dos destacados miembros de la especie más masculina orgullosa de serlo! El acceso de Bolsonaro al poder en Brasil complementará en el hemisferio sur el ya ostentado por Donald Trump en el norte, después de que Cristina Fernández abandonara el de Argentina y Michelle Bachelet el de Chile. La reciente elección en México deja a este país contra la corriente en el plano ideológico si bien AMLO tampoco parece un presidente en estrecho contacto con su sensibilidad femenina. Quedaría solo Trudeau, aislado en el extremo norte del continente, como representante del liderazgo soft.

Los acontecimientos en Estados Unidos y en Brasil, los dos colosos del continente americano, resultan aún más significativos observados en perspectiva. Parece que fue ayer cuando todo parecía encaminado para que uno y otro fueran liderados por mujeres: Hillary Clinton y Dilma Rousseff. Hoy, por el contrario, ambas rumian su impotencia como si no acabaran de asumir una realidad que las ha dejado fuera de combate sin contemplaciones.

En España, Soraya Saenz de Santamaría representaba la única posibilidad de contar con una mujer candidata a la presidencia del gobierno en un futuro próximo, lo cual no quita para que presidentes socialistas hayan demostrado mayor sensibilidad hacia la situación de las mujeres que las más destacadas representantes del PP. Su derrota no sólo facilitó el regreso de las esencias más rancias en la voz y el discurso del nuevo máximo representante de la derecha, Pablo Casado, sino también -lo que es más preocupante- por vía interpuesta mediante el regreso solapado de José María Aznar en calidad de influyente mentor de éste.

Si miramos al continente del futuro la cosa no pinta mejor. No hay mujeres presidiendo los países más relevantes de Asia. Al contrario, nos encontramos con líderes fuertes en China e India, además de, por supuesto, Rusia y también en Japón La única presidenta con proyección más allá de sus fronteras era la birmana Aung San Suu Kyi , Premio Nobel de la Paz, cuyo aura quedaría mancillado de forma irreparable dada su pasividad ante la crisis humanitaria sufrida en su país por la población de la etnia rohyinga.

Sea fruto de la casualidad, de una reacción o incluso de una conspiración, la dinámica lleva a preguntarse si más que ante una ola ultra-conservadora no estaremos ante un cambio de paradigma mediante el cual la exhibición de testosterona ha arrasado con la ideología. Que los hombres fuertes hayan venido para quedarse o supongan un último y desesperado intento por tratar de frenar el avance imparable de las mujeres el tiempo lo dirá. El riesgo es que, en este último caso, dada la naturaleza bravucona de los protagonistas, se antoja difícil que el proceso pueda ser revertido sin conflicto. 

Este artículo está también disponible en el número de noviembre de la revista digital agitadoras

domingo, septiembre 30, 2018

Todos lo saben

En un país tan contaminado por el debate político, más bien por su sucedáneo, como el nuestro no deja de entrañar cierto riesgo opinar sobre el estreno de una película española -en realidad una coproducción hispano-franco-italiana aunque con marcado sabor patrio por la lengua empleada, la procedencia del reparto y su localización- con pretensiones. Es sabido que la industria del cine en nuestro país despierta ojeriza en un amplio y vociferante sector de la población que la asocia con la propagación de un discurso progresista que rechaza. No digamos si además está protagonizada por dos de sus figuras más emblemáticas las cuales no sólo consiguieron el éxito y obtuvieron los premios más renombrados en Hollywood sino que además conforman una pareja. Que la película esté escrita y dirigida por un prestigioso director iraní no dejará de resultar un detalle prescindible, casi una anécdota, para esa gente dispuesta a mostrar de raíz su animosidad hacia la película y sus protagonistas. Al desprecio hacia un sector industrial y cultural que ven como entrometido se uniría la envidia y las acusaciones de hipocresía hacia aquellos a quienes hemos visto envueltos en oropel sin renegar de su compromiso de izquierdas.

Por todo ello me cuesta pensar que sea una mera casualidad la elección de la trama de la película Todos lo saben, dirigida por Asghar Farhadi, y protagonizada por Penélope Cruz y Javier Bardem: el secuestro de una adolescente concebida in extremis por ambos antes de que sus trayectorias se separasen la cual cae víctima del resentimiento, la envidia y la codicia de algunos de sus paisanos. Coincidencia o no, la tentación de plasmar un paralelismo entre los hechos narrados en la película y las vivencias de sus dos grandes protagonistas, respaldados eso sí por un reparto con las mayores garantías, es grande: sus vecinos les hacen sufrir y pagar un altísimo precio a fin de salvaguardar lo que es más querido para ellos dos pero el doloroso trance sirve también para revelar lo que les une ya de forma indisoluble y que se ve reafirmado al estar aquel que cuenta con margen de maniobra dispuesto a asumir el alto precio exigido.

El amor exaltado, aunque sea por vía latente en el caso de los protagonistas si bien la película nos ofrece la oportunidad de paladearlo en clave de juerga a través de una pareja interpuesta -la boda de la hermana de la protagonista es la excusa que le trae a ella y a sus dos hijos, sin la compañía de su marido, desde la Argentina donde vive- y la envidia, son dos pasiones universales que encuentran un buen anclaje en nuestra sociedad. En un pueblo de tradición vinícola situado en la España profunda en esta ocasión, que sirve como microcosmos a esa constelación de resquemores y secretos, camuflados con mayor o menor éxito tras las apariencias, que afloran con fuerza ante un suceso grave que obliga a cada cual a posicionarse y a revelar así su auténtica naturaleza.

Farhadi ya demostró en sus anteriores películas, sobre todo en Nader y Simin, una separación pero también en El pasado, su maestría a la hora de dibujar personajes complejos, con múltiples capas, las cuales se van deshojando a medida que la creciente complejidad de la situación, siempre de naturaleza traumática -un divorcio en el caso de las dos películas mencionadas- lo exige. Es lo que también sucede en Todos lo saben, con la peculiaridad de que el striptease emocional viene esta vez motivado por un suceso con naturaleza de thriller y los personajes a desnudar son esta vez más numerosos. Porque caracterizada por una intrincada trama en clave noir, y pese al protagonismo de Cruz y Bardem, la de Afghani es una película coral, sustentada en un amplio y sólido reparto que lejos de servir solo como apoyo a aquellos dos dispone de suficientes resortes narrativos e interpretativos -sobre todo en los casos de Barbara Lennie, Eduard Fernández, Elvira Mínguez o Ramón Barea- para brillar con luz propia.


Ningún personaje es neutral en Todos lo saben, lo que aporta consistencia a la trama a medida que se va revelando su situación aunque alguna de las capas lleve a tensar la credulidad a medida que se va revelando lo que hay debajo de ellas. En ese sentido, quizás el personaje más forzado sea el del marido argentino de la protagonista, protagonizado por Ricardo Darín, que adquiere cuerpo en la segunda mitad de la película una vez regresa de su país ante el trágico suceso. Al igual que sus habitantes, la incrustación foránea en el pueblo también se ve lastrada por su pasado, el verdadero protagonista de las historias de Farhadi, aunque en su caso víctima de sí mismo y no tanto de las consecuencias de su trato con los otros, como les sucede a los demás.

Ante la decisión de un director de renombre mundial de venir a España a rodar con actores españoles resulta difícil no acordarse de la experiencia protagonizada en su día por Woody Allen, curiosamente con la misma pareja protagonista -en su caso complementada con la presencia de Scarlett Johanson, quizás con la intención de facilitar su comercialización en los países de habla no española-, si bien Farhadi ya ha expresado que no tiene especial interés en seguir rodando en otros países -El pasado transcurría en Francia- y su intención es volver a centrarse en Irán. Si es así, hay que reconocerle su acierto en adaptar a nuestro país una historia cuya lectura es universal y hacerlo con una sobriedad formal que elude los tópicos, a excepción quizás de esas incrustaciones con aire de flamenco ligero que, por momentos, complementan la banda sonora compuesta por Alberto Iglesias.

Se puede concluir que la experiencia de Afghadi en nuestro país tuvo final feliz, todo lo contrario del de su película, tan abierto como profundamente inquietante. Bajo la aparente resolución de la tragedia, evitada in extremis gracias a un sacrificio personal, la corriente oculta y siniestra ya muta y se retroalimenta como un monstruo insaciable. 

Reseña también disponible en el número de octubre de agitadoras

miércoles, septiembre 05, 2018

quedaron para septiembre

Las placas solares son ETA

Hubo que repetirlo, el VAR demostró que el himno se cantó fuera de tono

A ver quién la tiene más grande, la razón

Se descuida la enseñanza de la Historia Contemporánea de España en las aulas y pasa lo que pasa

Renovaron a los de siempre

Son algunas de las ocurrencias que me "quedaron para septiembre". Si queréis echarles un vistazo, están disponibles en el último número de la revista digital de agitación cooltural agitadoras

jueves, marzo 01, 2018

adentrismos

PROGRESO
Siglos de lucha a fin de separar a la Iglesia del Estado para, en pleno siglo XXI, acabar sacralizando al estado-nación.

EN AUSENCIA DE DIÁLOGO
A ver quién arranca la lengua a quién.

EL SALUDABLE EMPRENDIMIENTO
Si por fin convierten a la salud en un negocio, ¿cuánto tiempo tardaremos en enfermar por encima de nuestras posibilidades?

LAS DOS ESPAÑAS, HOY
Valtonyc y Marta Sánchez interpretando a dúo un poema musicado de Antonio Machado. El uno desde Estremera, la otra desde Miami Beach.

He reunido algunas de mis últimas ocurrencias en mi colaboración para el número de marzo de la revista digital de agitación cooltural agitadoras


domingo, diciembre 03, 2017

!Cómo deciros!

RÉGIMEN DEL 78

No sé si la Transición ha envejecido mal. Sí veo lo rematadamente mal que han envejecido sus principales promotores y adalides.

ESCASEZ

Racionaron la duda.

GANAR ELECCIONES CON FINANCIACIÓN ILEGAL NO TIENE PRECIO

La policía asegura tener indicios de la existencia de una caja C en el Partido Popular.


Son algunas de las ocurrencias que he recopilado en !Cómo deciros!, mi colaboración para el número de diciembre de agitadoras. !Ilustrada con Lemmy, de Motorhead!

sábado, octubre 28, 2017

El día antes de la felicidad, Erri de Luca

Publicada originalmente en 2009, El día antes de la felicidad (Editorial Siruela) discurre por territorios familiares para los lectores de Erri de Luca, como si en ella el ya veterano escritor italiano ofreciera un compendio de los temas y situaciones que han marcado sus novelas previas: Montedidio, Tres caballos, Tú, mío o Los peces no cierran los ojos. No resulta difícil extraer aspectos concretos de cada una de ellas que han encontrado reflejo en ésta.

El protagonista de la novela es un muchacho huérfano que tiene como mentor a otro huérfano, en este caso adulto: Don Gaettano, el portero del edificio donde vive, a quien ayuda en sus tareas. Guiado por éste, siempre de forma sutil, discreta, el chico enfrenta las circunstancias que marcan su paso a la mayoría de edad: el descubrimiento del sexo con una vecina viuda, su amor hacia una enigmática mujer que habitaba en el edificio cuando ambos eran niños y que irrumpe en su vida después de mucho tiempo, y la rivalidad y la violencia catártica desatada por sus sentimientos hacia ella que desembocan en el rito ancestral de la sangre como prueba de madurez, lo que le acaba empujando a un precipitado exilio en el que tendrá ya que valerse por sí mismo.

La acción se desarrolla en Nápoles en los años cincuenta del pasado siglo cuando la ciudad parecía al servicio del ejército norteamericano que la había elegido como principal base en el Mediterráneo, si bien una y otra vez se retrotrae al final del verano de 1943, a los días previos a la retirada del ejército alemán coincidiendo con el levantamiento espontáneo de los napolitanos dirigido a expulsar a sus ocupantes antes de la llegada de las tropas aliadas: el hombre judío escondido y protegido por Don Gaettano en un sótano que tiempo después el protagonista ha hecho suyo, los enfrentamientos callejeros contra alemanes y fascistas, los bombardeos por parte de ambos bandos. Sea en una u otra época, la ciudad y sus peculiares códigos se erigen una vez más en co-protagonistas de la novela y conllevan una reivindicación del tantas veces denostado sur de Italia e incluso de la españolidad de Nápoles.


De Luca encuentra una vez más su inspiración en el neorrealismo: vidas sencillas, humildes, centradas en la satisfacción de necesidades básicas, en actividades –la pesca, la lectura, la comida, juegos de naipes, en particular el de la escoba, el fútbol: el muchacho juega como portero- y en emociones esenciales con un sentido universal –amor, camaradería, soledad, violencia-. Todo ello recreado con su personal estilo: frases breves que nunca exceden el aliento de una persona, máximas que iluminan sobre el sentido más primario de la existencia o evocadoras respecto de las circunstancias que aborda, escenas cortas pero sin divisiones que interrumpan la continuidad del relato, elipsis insertadas en las conversaciones de sus lacónicos protagonistas. Bajo su engañosa apariencia de sencillez la novela ofrece otro tratado de dignidad humana, ése que es ya seña de identidad en la obra del escritor napolitano. 

El día antes de la felicidad, cuyo título remite al día previo a la primera cita con la muchacha a la que idealizó en su niñez al tiempo que evoca el levantamiento civil contra los ocupantes de la ciudad justo antes de su liberación, no sorprenderá a los lectores familiarizados con la obra del autor de Tres caballos. Habrá incluso quien sienta la tentación de tildarla de “refrito” dada la ausencia de aportaciones novedosas aunque por la misma razón se demostrará efectiva para quienes la elijan para iniciarse en la narrativa de De Luca.   

Esta reseña también está disponible en el número de septiembe-octubre de espacioluke

miércoles, octubre 04, 2017

Una gran nación

En plena sequía el río revuelto bajaba más caudaloso que nunca. Los regantes del odio anunciaban una cosecha histórica.

También a la esperanza la devolverán "en caliente".

Durante la pausa publicitaria, la brigada de fumigación se esforzaba en descontaminar el debate.

En la fiesta de la matanza del sentido común le explicaron que de la víctima se aprovecha todo.

No existe mayor afrenta para una democracia "consolidada" que votar a destiempo.


Son algunas de las ocurrencias más recientes que he reunido para "Una gran nación", mi colaboración para el número de octubre de la revista digital agitadoras

viernes, septiembre 01, 2017

Cuando el miedo es el medio

Como bilbaíno perteneciente a la generación del baby boom la convivencia  con el fenómeno terrorista ha sido una constante en mi vida, formaba ya parte del paisaje –como los Altos Hornos o el Athletic, da igual que su naturaleza fuese otra muy distinta- cuando adquirí uso de razón y durante mucho tiempo pensé que lo seguiría siendo también el día en que éste me abandonara. Por entonces, el terrorismo etarra era un elemento indispensable –quizás el más llamativo-  que nos singularizaba como sociedad y que contribuía a forjar nuestra identidad en contraposición a otras realidades próximas que sufrían otros problemas pero no el de la violencia.

Con el tiempo y, sobre todo, tras su desaparición, en ocasiones me he preguntado si mi actitud hacia el terrorismo etarra pudo a lo mejor haber sido diferente, si en lugar de limitarme a coexistir con él no hubiera debido adoptar una posición más beligerante. Es esa clase de preguntas un tanto tramposas ya que para entonces se conoce el desenlace y se cuenta con la perspectiva de lo que sucedió -el “hubiera o hubiese” suele funcionar en la literatura pero a menudo contribuye a distorsionar la realidad-. Aunque parezca extraño, en esos casos siempre llego a la conclusión de que el terrorismo era algo tan propio de mi identidad como el txirimiri o la Aste Nagusia, da igual que sus fines y métodos me resultaran ajenos, del mismo modo que nunca pertenecí a una konparsa ni en mi familia jamás vi a nadie protegerse de la lluvia fina con una txapela.

Sólo una vez la situación empezó a permitir aventurar que, después de todo, la violencia quizás no fuera eterna, aunque para entonces yo ya no vivía allí, comencé a intuir que llegaría un momento en que la realidad del pueblo en el que nací y crecí se alinearía por fin con la de esas otras realidades próximas que sufrían problemas pero que no se dirimían de forma violenta, que como sociedad alcanzaríamos la ansiada normalidad. Lo que jamás sospeché es que en verdad eran esas otras sociedades próximas las que, sin intuirlo ni pretenderlo, se irían  alineando con la nuestra y que el terrorismo, aunque de distinta naturaleza, se acabaría conformando como un elemento si no cotidiano al menos sí recurrente, de forma directa o indirecta, en su realidad. Dicho de otro modo, nos considerábamos –y consideraban- la excepción sin sospechar que éramos una avanzadilla, que terminaríamos por convertirnos en la regla.

Circunscrito por aquel entonces a ámbitos geográficos muy acotados en unos pocos países europeos, por desgracia el terrorismo está convirtiéndose en un fenómeno en vías de rápida asimilación por la gran mayoría de las sociedades occidentales. La experiencia acumulada tras haber crecido en una sociedad azotada por el terrorismo me permite reconocer algunos elementos que caracterizan el proceso de las que se enfrentan al terror de nuevo cuño, sobre todo desde la perspectiva de quienes pertenecen a la comunidad cuyos derechos vienen supuestamente defendidos por los terroristas y justifican sus acciones.

Por ejemplo, esa manía –no siempre inocente- de generalizar asociando la supuesta causa de los violentos al conjunto de la sociedad de la que emergen (“el terrorisma vasco” entonces, “el terrorismo islamista” ahora). O la indefensión y la suspicacia que ante terceras personas sienten los miembros no violentos de la comunidad que sirve de causa a los terroristas cuando vienen tildados de equidistantes, de conniventes, y de no hacer lo suficiente por desmarcarse de los violentos, a quienes se conmina a posicionarse tan pronto son presentados en círculos ajenos a su comunidad y se ven incapaces de satisfacer las expectativas a menudo irreales o simplistas de quienes les interpelan, a los que optan por evitar para acabar empujados hacia una tierra de nadie. Por no hablar del papel de los medios de comunicación y de la clase política, que ante fenómenos tan cruentos y de tanto impacto jamás dan una puntada sin hilo. El riesgo de alienar al grueso de la comunidad que sirve de excusa a los terroristas, de ponerlos bajo sospecha, es grande y el objetivo, si se aspira a su integración, debería ser tranquilizarles, mostrar hacia ellos una empatía que agradecerán cuando el suelo empiece a moverse bajo sus pies en la estela de cada atentado y que, cabe pensar, no olvidarán.

Los objetivos y reclamaciones del nuevo terrorismo nos resultan más difusos y lejanos aunque su sentido inmediato sea el mismo: causar víctimas inocentes y sembrar el terror de forma que puedan condicionar las decisiones que afectan a la comunidad en cuestión. El papel de los medios de comunicación resulta ambiguo a este respecto ya que se nutren del sensacionalismo, lo mismo ocurre con los gobernantes siempre proclives a las declaraciones grandilocuentes, a apelar a la unidad para a la postre acabar recortando derechos en aras de acariciar una pretendida seguridad que nunca podrá ser absoluta. Pese a ciertas declaraciones de reafirmación colectiva hechas en caliente, es natural que ante la comisión de atentados la sensación de miedo permee a la sociedad afectada sin necesidad de que los medios y la clase política echen gasolina al fuego. El problema no es sentir miedo –una reacción humana lógica ante quien pasa a sentirse objetivo potencial de una violencia indiscriminada-, el reto más bien consiste en aprender a vivir con él sin hacerle concesiones.

Este artículo está también disponible en el número de septiembre de la revista digital de agitación cooltural agitadoras   

martes, abril 18, 2017

Something Quite Peculiar, Steve Kilbey

Sabotearse es una de las actitudes características del malditismo. De forma premeditada o más o menos inconsciente, sabotear el propio talento, los frutos del mismo o los esfuerzos encaminados a obtener el reconocimiento es una reacción habitual en el artista maldito, muy extendida en el mundo del rock and roll debido a la juventud e inmadurez de muchos de sus practicantes. Tal es el caso de Steve Kilbey, bajista, letrista, cantante y principal compositor de la banda australiana The Church, como él mismo se encarga de recordarnos en su autobiografía con título extraído de un verso de su canción más conocida: Under the Milky Way, en la que ajusta cuentas en especial consigo mismo –pero no sólo- una vez instalado “sano y salvo” en la madurez.  
   
El libro cuenta con un prólogo y un epílogo situados en el presente, coincidiendo con la inducción de The Church en el Hall of Fame australiano (una mezcla de jardín del Parnaso y de museo rockero originalmente concebida en Estados Unidos que, cosa extraña, aún no hemos imitado en nuestro país), cuando Kilbey se ve obligado a improvisar unas palabras tras haberse negado a preparar un discurso y, tras ganarse a la audiencia con su sentido del humor, un antiguo colaborador le reprocha con sarcasmo a viva voz el no haber sido tan afable cuando era joven. Entre uno y otro se desarrolla la narración en sentido cronológico desde la infancia del protagonista hasta la superación, allá por el año 2000, de su larga adicción a la heroína.

A diferencia de otros artistas que escriben sus memorias tras haber conocido el éxito masivo, The Church se encuadraría en la clase media del rock aunque con fundadas aspiraciones de acceder a la nobleza, algo que por momentos pareció suceder pero que en última instancia les eludió por una combinación de mala suerte, de falta de constancia y de torpeza por parte de sus integrantes, incluido el propio Kilbey, dada, por ejemplo, su frivolidad en el trato con los medios cuando un empujón por parte de ellos parecía el único requisito pendiente para saborear el éxito masivo: una broma a destiempo que aborta una inminente entrevista para un programa que ven 150 millones de sudamericanos, el abierto desdén hacia los todopoderosos miembros de la prensa musical inglesa que a la postre hacen y deshacen carreras. Otro rasgo diferenciador es que la perspectiva se ofrece esta vez desde un remoto país situado en el hemisferio sur ya que aunque nacido en Inglaterra, la familia del protagonista se trasladó a Australia siendo él un niño.  

 
Something Quite Peculiar es el detallado repaso a la sucesión de aciertos y de sonoras meteduras de pata que caracterizaron la trayectoria de The Church y del propio Kilbey, tanto en lo artístico como en lo personal, narrado con distancia a caballo entre lo irónico y lo jocoso, haciendo gala de esa bonhomía un tanto campechana, tan australiana, y una actitud desenfadada (laidback) que él califica como “hippy”: la fragilidad de las relaciones sentimentales para un músico de vida inestable ávido de experiencias, la intensa y por momentos insoportable convivencia entre los miembros de una banda de rock, la caída en la heroína que ocupa dos capítulos en el tramo final y que eclipsaría a todos los demás aspectos de su vida durante los diez años que se prolongó .

Kilbey emplea un estilo coloquial, desenfadado, a menudo jocoso y rico en el empleo de argot, al modo del relato de un colega que por su trayectoria tiene mil anécdotas que contar y lo hace con gracia al permitirle la distancia reírse de sí mismo (self-deprecating), empleando la primera persona, interpelando en numerosas ocasiones al lector para buscar su complicidad e introduciendo algún pasaje de corte experimental como aquel en el que trata de transmitir la profunda soledad y la irrealidad que se adueña de la vida de un músico durante las largas giras. 

Al margen de los temas habituales en el relato de una estrella del rock: los comienzos, las influencias, los procesos creativos, las giras, las grabaciones –Kilbey se centra en los pormenores de los ocho primeros álbumes de The Church, los que cimentaron su carrera durante la década de los ochenta gracias a un sonido que combina un rock de factura clásica con la psicodelia-, la relación con las casas discográficas, los contactos con otros artistas, los proyectos en solitario o al margen del grupo, los excesos, la habitual sucesión de altos y bajos, de aciertos y errores, de arrogancia e inseguridad, tiene el relato de Steve Kilbey también algo de novela de formación, de aprendizaje, como si su adicción a la heroína fuera la prueba definitiva de su incorregible estupidez, de su tontería congénita, y su superación equivaliera a la ansiada redención.

Pese al auge en los últimos años de la autobiografía musical como género editorial, ninguna editorial española parece haber mostrado interés por Something Quite Peculiar. Debe ser que The Church no tiene el suficiente tirón entre nosotros y ello pese a que en un momento dado, tal y como el propio Kilbey recuerda en el libro, pareció que su grupo acabaría despuntando precisamente en Italia y España en lugar de en Estados Unidos como inopinadamente sucedió. Una buen recordatorio de que el artista musical rara vez es capaz de leer o de interpretar su propia carrera cuando está inmerso de lleno en ella y mucho menos de controlar su destino.

   
Esta reseña está también disponible en el último número de la revista digital espacioluke

domingo, abril 02, 2017

Médem, Bajo Ulloa, Urbizu y De la Iglesia

Ante el estreno de la última película de Alex de la Iglesia me pregunté cuándo fue que renuncié a seguir esperando  una obra redonda, o al menos a la altura de su encumbramiento mediático, por parte del director bilbaíno y como a menudo sucede en estos casos me bastó pararme a pensar para sufrir un ataque de vértigo. Había pasado mucho tiempo: más de quince años. Desde 800 balas, he ido dejando pasar cada estreno de De la Iglesia sin que la fanfarria promocional que los envuelve hiciera la menor mella en mí. Tanta frialdad durante tanto tiempo, concluí, es equiparable sólo a la de quien ha sufrido un profundo desengaño lo que me animó a echar la vista atrás para tratar de identificar la naturaleza del mismo.

Recordé que en su día Alex de la Iglesia integraba un cuarteto que durante un tiempo pareció llamado a renovar de arriba a abajo un cine español necesitado de una buena sacudida. El grupo en cuestión lo completaban Julio Médem, Juanma Bajo Ulloa y Enrique Urbizu. Dicha selección no deja de ser un poco arbitraria ya que deja fuera otros nombres que podrían formar parte de la camada. Pienso en Icíar Bollain o Isabel Coixet aunque por distintas razones no pude seguir los inicios de sus carreras con la misma atención. Influye también el hecho de que los integrantes del mencionado cuarteto son vascos y compartimos generación  –por lo mismo podía haber incluido a Daniel Calparsoro cuya ópera prima, Salto al vacío, ofrecía una visión también rupturista y coincidente en el tiempo-, circunstancias que me los hicieron más próximos e interesantes. Sin duda, la trayectoria de cada uno de ellos ha sido singular pero si en algo han coincidido es en defraudar las expectativas que un día se puso en ellas, no ya por quien esto escribe sino por los medios y por la industria del cine español que contribuyó a lanzarlos.

El caso de Julio Médem destaca por su fulgurante ascenso y estrepitosa caída. El éxito crítico que acompañó a su trayectoria alcanzó el paroxismo con Lucía y el sexo, su quinta película, un fenómeno que no compartí. Visualmente potente e imaginativa, su estructura me pareció tan confusa que los momentos más intensos y logrados no conseguían salvar el conjunto. Ante las alabanzas llegué a pensar que el problema era mío hasta que un segundo visionado me reafirmó. Ya me había defraudado, de hecho, con su anterior película, Los amantes del círculo polar, tras las esperanzas concebidas sobre todo con La ardilla roja –irregular pero original e inquietante- y Tierra –también original y atractiva pese a su evidente desequilibrio- aunque quizá más por lo que en ellas se intuía o insinuaba que por lo que en realidad ofrecían si bien era innegable que en ellas se atisbaba una visión y un lenguaje propio. La recreación de la tradición vasca a través de una visión cainita que marcaría su debut en Vacas me había dejado frío pero fue precisamente su regreso al microcosmos vasco tras el éxito de Lucía y el sexo, esta vez en forma de ambicioso documental, a fin de ilustrar la complejidad del conflicto allí enquistado, en La piel contra la piedra lo que marcó el punto de inflexión en la trayectoria del director donostiarra. La decisión se reveló temeraria en un país y una sociedad harta, poco proclive a los matices respecto de un conflicto que solo parecía admitir una dicotomía: blanco y negro, buenos y malos. El hasta entonces intocable Médem no tardó en comprender el precio que conllevaba su osadía, más aún en una España gobernada con mano férrea por José María Aznar. Aun así, el desastre llegó con su siguiente película: Caótica Ana, un proyecto surgido del dolor personal tras la pérdida de su hermana en accidente de coche que por alguna misteriosa conjunción de factores concentraba en hora y media todos los defectos de su cine amplificados pero esta vez huérfanos de esos hallazgos que hasta entonces le habían permitido salvar la cara o incluso deslumbrar a los espectadores más impresionables, empezando por una escritura tan prometedora como desequilibrada y la idealización de su protagonista hasta límites inalcanzables para el espectador. El batacazo fue tan sonado que desde entonces, aunque apoyándose para sus proyectos en actrices de indudable atractivo, Médem no ha conseguido relanzar su carrera.   













La trayectoria de Juanma Bajo Ulloa es, por distintas razones, casi tan llamativa como la de Médem. Su debut, Alas de mariposa, una dura película de corte intimista y penetrante psicología femenina, supuso un campanazo y le llovieron premios y reconocimiento, dinámica que, aunque más atenuada una vez descartado el efecto sorpresa, tendría continuación con La madre muerta. En el caso del director vitoriano, el punto de inflexión llegaría con su tercera entrega: Airbag, un auténtico bombazo en taquilla gracias a una película que curiosamente refutaba de principio a fin el cine mostrado en sus dos primeras películas. La visión personal, áspera y claustrofóbica pero de enorme sensibilidad, dirigida a un público exigente, cedía de pronto paso al cine más gamberro, chistoso y palomitero. El giro fue tan brusco y el éxito tan arrollador en uno y otro caso tratándose de visiones contrapuestas, que al espectador atento sólo le quedaba o rendirse de admiración o mostrar su profundo desconcierto. Pero el triunfo aparente pronto dejó entrever su cara más amarga al trascender agrias desavenencias con la productora de la película respecto del reparto de los beneficios. Algo serio en cualquier caso debió pasar para que el máximo responsable de semejante taquillazo cayera en el ostracismo y se viera en enormes dificultades para volver a rodar otra película. Cuando ésta por fin llegó pasó prácticamente desapercibida. Frágil suponía un regreso a la visión más personal del director y éste volvía a mostrar su osadía en una producción lastrada por los escasos medios con que fue rodada. Al retomar pasado un tiempo el registro gamberro con Rey gitano, una vez superada la sorpresa que supuso Airbag y ante la impresión de encontrarme ante un remedo de aquella, mareado así mismo ante tanto bandazo arrojé la toalla lo que no ha resultado difícil ya que desde entonces, por alguna razón, no se ha prodigado.  

Si has llegado hasta aquí y aún tienes ganas, puedes acabar de leer el texto en el último número de agitadoras

viernes, marzo 03, 2017

Está pasando

5. Le mató para robarle un porcentual.

7. El sobre-esfuerzo fiscal abocaba a la nación a sufrir una tendinitis recaudatoria.

ESTÁ PASANDO en el número de agitadoras del mes de marzo.

viernes, diciembre 02, 2016

Dylan, Cohen, música y literatura

La muerte de Leonard Cohen –como ya sucediera con la de David Bowie o la de Lou Reed- invita a reflexionar sobre el enorme vacío que deja la marcha de los grandes iconos de la cultura pop, una pérdida que la propia ley de la naturaleza alimentará durante los próximos años, y a preguntarse quiénes son los llamados a sucederles, si estarán en condiciones de tapar el boquete creativo y sentimental que dejan o de proporcionar sueños a la altura de los que aquellos inspiraron.

Ello coincide con la controvertida decisión por parte de la Academia sueca de conceder el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. Sin entrar en el debate sobre los merecimientos acumulados al respecto o no por el cantante de Minnesotta llama la atención que se haya pasado por alto que fue precisamente el Jurado de los Premios –entonces- Príncipe de Asturias quien sentara precedente al conceder unos años antes su galardón de Literatura a otro artista conocido sobre todo por su faceta de cantante y compositor: el propio Leonard Cohen, una decisión que en su día apenas levantó polémica en nuestro país.

Tanto Dylan como Cohen tienen experiencia como escritores, de lo que se entiende por una literatura convencional, pero a nadie se le escapa que su mayor reconocimiento  se debe a la creación de los textos de sus canciones y a ellas alude expresamente el comunicado del premio. Con el paso del tiempo ambos se convirtieron en figuras incontestables de la música pop pero lo que les emparenta en gran medida como artistas es su origen como miembros de la escena folk. De hecho, su música –al menos en un principio- no es de las que levantara grandes pasiones en nuestro país, en buena medida dado el desconocimiento de la lengua inglesa entre nuestra juventud durante aquellos años sesenta y setenta. Sus composiciones –en el caso de Dylan especialmente en la etapa previa a su electrificación-, sonaban más bien monótonas, austeras. 
Comparadas con las de otros artistas se echaban en falta estribillos pegadizos, ritmos contagiosos o aventurismos instrumentales. La razón es que su gancho residía en sus textos, en las letras, ésas que salvo para el reducto de enteradillos, se nos escapaban en gran medida. Ellas eran las encargadas de transmitir una emoción apoyada en matices: inflexiones de la voz y detalles en un sonido austero. 

En su origen la música folk es la más genuinamente popular, tradicional medio de expresión de la gente más sencilla e inculta –el término deriva de la palabra volk: pueblo, en alemán- , que al igual que otros géneros, experimentó un resurgimiento a partir de los años sesenta coincidiendo con la explosión del pop. En su repertorio sus artistas tendían a combinar melodías tradicionales por ellos adaptadas con composiciones propias. Es por tanto el lenguaje popular junto a su temática el que se recupera en esta clase de música. Como es lógico dicho legado se vio enriquecido con la incorporación de múltiples aportaciones tanto contemporáneas como asociadas al gusto y a las inquietudes culturales y personales de cada artista. 


En Dylan y Cohen es notoria la influencia en sus orígenes de Allen Ginsberg, el poeta más reconocible de la generación beat, autor del controvertido poema Aullido cuya publicación a punto estuvo de costarle la cárcel a su editor acusado de obscenidad. Me gusta pensar que a través de Dylan es este legado, el de la tradición folk, el de la generación beat, el que viene también reconocido por la Academia sueca en la medida en que supuso sacar a la literatura de los cauces establecidos para moldearla y, con el apoyo de la música, hacerla accesible a tanta gente mayoritariamente joven que de otro modo no se hubiera aproximado a ella. En este sentido el premio anima a reflexionar sobre la relación entre música y literatura, literatura y música.

Ha sido también muy comentada la reacción de Bob Dylan ante la concesión del Premio, como si su aparente desinterés hubiera supuesto un feo para los doctos académicos suecos o, de algún modo, hubiera justificado a quienes criticaron la concesión del galardón a alguien como él. Llama la atención que, a diferencia de tantos artistas hoy perfectamente asimilados por el engranaje institucional ante el que en su día se rebelaron siendo dicho antagonismo el que les granjeó su estatus, Dylan mantiene una actitud díscola y desdeñosa fiel a su leyenda, al menos en apariencia. Da así la impresión como si el Nobel de Literatura hubiera recaído este año en un personaje en lugar de en un autor.

Entiendo que mi percepción no es desprejuiciada. Pertenezco a la generación del baby boom y tanto Dylan como Cohen forman parte de mi paisaje sentimental pese a que nunca he sido un gran fan de ninguno de los dos, sin perjuicio de reconocer su enorme influencia en multitud de artistas y en el imaginario colectivo. De ahí mi preocupación ante el vacío que está dejando la marcha de tantos influyentes creadores y mi duda sobre si quienes vienen detrás no serán en comparación meros sucedáneos. Para las generaciones posteriores queda, al menos, su legado si es que guarda algún sentido para ellas. Reconozco que, en comparación, las más recientes cuentan con una gran ventaja y es que, a diferencia de nuestros ídolos, los SuperMario, Pokemon y demás son desde su misma concepción, estos sí, inmortales.

lunes, septiembre 19, 2016

adentrismos

ESTRENO

21%: un IVA de película

PODA

Al tocho ese de la investidura le sobran tantas páginas...

SUEÑO

Huelga de tertulianos, indefinida

PUEBLO

Populares contra populistas

PROFUNDO

En el fondo sólo le interesa guardar las formas

Son algunos de los adentrismos correspondientes a mi colaboración para el número de septiembre de la revista de literatura y creación contemporánea, espacioluke

martes, septiembre 06, 2016

agitadoras


PURITANISMO
La creciente ola de puritanismo sometería a controles anti dopaje a artistas y escritores.

DICTADURA DEMOSCÓPICA
Haremos un sondeo para valorar el impacto de nuestra última encuesta.

SIN PRECIO
Ganar elecciones con financiación ilegal no tiene precio.


Son algunas de las ocurrencias -debería quizás pensar en un término con el que calificarlas- que conforman mi colaboración para el número de septiembre de la revista digital agitadoras, la cual puedes visitar en el siguiente enlace

miércoles, junio 01, 2016

!Eh, no vale. Nacer en España es trampa!


PATRIOTISMO
España: único país del mundo cuyo patriotismo se define por lo que acontece en otro país situado a miles de kilómetros de distancia.

FÚTBOL I
¡Que no, que no, que no nos representan! En el estadio abarrotado la afición manifestaba su disgusto por los futbolistas elegidos por el seleccionador nacional.

EUROPA
El precio para impedir el paso a los refugiados es facilitárselo a los turcos.

ECONOMÍA I
En política económica cada atracón de cifras servido a la población se traducía en una nueva cura de adelgazamiento.

BILBAINISMO
Desde que marché de Bilbao nunca llueve a gusto de mi gabardina.




Son algunas de las reflexiones incluidas en mi colaboración para el número de verano de la revista digital agitadoras bajo el título: !Eh, no vale. Nacer en España es trampa!


martes, marzo 01, 2016

7

7 años cumple agitadoras, la revista digital de agitación cooltural.

Siete de Siete se titula mi colaboración para tan grande ocasión..