Hay situaciones que se quedan grabadas en la mente durante décadas, o toda una vida, sin saber muy bien por qué. Esta que narraré a continuación dudaba sobre si la tenía escrita entre el maremágnum de textos y documentos que acumulo por ahí. Parece ser que no, que no llegué a escribirla pero no dudo de que durante mucho tiempo me animó la idea de hacerlo. La oportunidad de ponerme a ello viene condicionada por la guerra en Irán en curso desatada por Israel y Estados Unidos.
He de retrotraerme unas cuantas décadas, hasta el año 1989 o 1990, cuando cursaba estudios de posgrado en la universidad inglesa de Reading. En la facultad en la que entonces cursaba un máster en Estudios Europeos había un contingente de estudiantes iraníes. No recuerdo si en él había mujeres, me inclino a pensar que sí y deduzco que llevarían el velo. Quizás por eso llamaban la atención, al menos la mía, y, bueno, también porque no se relacionaban con el resto de estudiantes. Estábamos juntos pero no revueltos, aunque tampoco recuerdo que ninguno de ellos, o de ellas, estuviera presente en ninguno de los tres cursos que conformaban mi máster. Esa falta de flujo no era solo responsabilidad suya sino algo más bien mutuo. Algo debía haber en el ambiente, en la actitud, en el lenguaje gestual, en la forma de vestir, muy formal y clásica, por cierto, en el caso de ellos y ellas, además de la conciencia acerca de la exótica o extraña vía política que, al menos desde nuestra perspectiva, había elegido su país, que establecía una especie de barrera y que hacía que fuéramos como invisibles los unos para los otros.
La revolución islamista iraní estaba relativamente reciente por aquel entonces, sólo diez años habían transcurrido desde la deposición del régimen del sha y el ascenso de los ayatolás al liderazgo del país. De aquellos estudiantes apenas sabía que eran formales y muy aplicados en el estudio, y que sacaban muy buenas notas. Sea por su aspecto -el estudiante que mejor recuerdo llevaba barba- o por su actitud, daban la impresión de ser mucho más maduros que nosotros, los estudiantes occidentales, y probablemente también más sosos y aburridos, lo que tampoco invitaba a cruzar la frontera invisible, como si supiéramos de antemano que ello solo podía dar lugar al intercambio de unas cuantas frases formales.
Fue un hecho de apariencia intrascendente el que se me quedó grabado a cuenta de uno de aquellos estudiantes iraníes durante un viaje organizado por la universidad que hicimos a Bruselas, Luxemburgo y Estrasburgo, a fin de visitar las principales instituciones de la entonces Comunidad Económica Europea, así como de la OTAN. La intuición me dice que debió ser ya en la etapa final del mismo. Viajábamos en autobús y yo estaba sentado en la mitad trasera con algún compañero -la mayoría de los estudiantes habían ocupado los asientos anteriores al mío-, y desde allí, al otro lado del pasillo podía ver en un asiento aún posterior al mío a uno de aquellos estudiantes iraníes. En mitad del trayecto, pusieron una película en la televisión del autobús que fue recibida con sorpresa y agrado por el pasaje, deseosos como estábamos de disfrutar de cierta distracción. Al comprobar que se trataba de Moonstruck (Hechizo de luna), aquella película con la que Cher -actuaba también Nicolas Cage- ganó el Óscar, observé el gesto de fastidio con que fue recibida por el estudiante iraní y, cómo de inmediato, cogió un libro y se puso a leer sosteniéndolo a la altura de sus ojos en forma de una pantalla que ocultara la del televisor del autobús. Entendí su reacción, incluso la encontré meritoria, pero por mi parte ni me planteé en ese momento la posibilidad de abstraerme de la tentación hollywoodiense.
Es una anécdota sin moraleja. La narro porque, insisto, se me quedó grabada, durante mucho tiempo pensé hacerlo y es como si así me quitara una pequeña espina. Bueno, y también porque a raíz de la guerra en Irán estamos conociendo que el nivel cultural e intelectual de los los líderes de aquel país -sin entrar a enjuiciar las características del régimen al que representan- es infinitamente superior al que ostentan las cabezas visibles de la actual administración norteamericana. Y no me sorprendería si ese hecho contribuye en alguna medida a determinar el desenlace del conflicto.
