“¿Qué cuenta un tren, un vagón que avanza entre campamentos y lunas sobre la era, entre aromas de naranjas y pueblos en una noche de verano?
Quizás Perorata del apestado / Diceria dell’untore (Anagrama, 1983) sea la muestra más contundente de que no todas las novelas ambientadas en verano han de ser lecturas veraniegas. Es el que ofrece la primera novela de Gesualdo Bufalino un verano tétrico, que tiene como escenario un sanatorio para pacientes con tuberculosis en una localidad siciliana recién finalizada la Segunda Guerra Mundial, como si la sombra de la catástrofe se proyectara una vez concluida la contienda.
“Y yo... no consigo amar el verano. Es un tiempo de úlceras y cicatrices, colérico, arrogante, el tiempo que más daña a quien siente aproximarse el fin y quisiera moverse en la penumbra de silencios dignos, con un orden en sus pensamientos y la sangre en paz, al fin”.
Se dan en él cita un conjunto de personajes condenados en torno a un narrador, enfermo también él, llamado sin embargo a sobrevivir. Al modo de las plantas entre el asfalto, la vida encuentra resquicios por los que asomarse en semejante ambiente aunque lo haga entre toses, esputos, fatigas y pleuresía, encarnada en personajes ambiguos, desconcertantes. También la pasión romántica logra hacerse un hueco, si bien condenada de antemano. El narrador se vale de un estilo evocador, sofisticado, un tanto rebuscado que, por momentos, linda con la prosa poética, y contrasta con la aspereza de lo que cuenta, haciéndola digerible y, por momentos, sugerente, incluso hermosa.
“Lector, ¿te ha sucedido alguna vez, estando de pie en una escalera mecánica Renaciente, el ver los escalones que te separan de la plataforma de llegada encogerse sin remedio, y uno tras otro desaparecer en su propio armazón? Así fue con los días de aquel verano”.
Pasaron muchos años hasta que Bufalino consiguió completar y ver publicada la novela, su ópera prima, dado que su escritura coincidió con lo que él denominaría la “glaciación neorrealista”. Y es que en Perorata del apestado (el original “untore”, traducido en el título como apestado, hace referencia a quienes de forma premeditada impregnaban casas y personas durante la peste en Milán en el siglo XVII a fin de propagarla) hay una voluntad de exploración que se traduce en una lectura exigente, de brevedad engañosa dada su inclinación hacia el simbolismo y su desafío constante al lenguaje más previsible y corriente. Es la novela de un autor con marcada personalidad que refleja cierta voluntad de paradoja, si no de velada provocación, en la medida en que se halla toda ella impregnada de muerte, cuyo logro se plasma en que, pese a semejante panorama, incita a la relectura.