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sábado, junio 13, 2026

Chirbes, de nuevo y por último

 

"Pero la novela pinta poco en la sociedad contemporánea: vale lo que crece en torno a ella, los retratos de los autores, las declaraciones, las entrevistas, los manifiestos a los que se adhieren. Nadie parece tener tiempo para leerse las 500 páginas  que hace falta leer antes de empezar a hablar de un escritor, pero todo el mundo tiene tiempo para quedarse media hora viéndolo en la tele, o para echar una ojeada a la página que en el periódico habla de él. Tendrían que prohibir a los escritores decir nada que no fuera por escrito, y negarnos a los novelistas el derecho a verter una sola opinión, o un comentario, sobre la novela que hemos escrito. Si quieres saber de qué trata, léetela".

"Un escritor es solo su imagen, su utilidad como garrote contra el enemigo, lo que en el fondo habla de las diferencias tan leves que separan a los enemigos entre sí".

"Creo que el más imborrable es el estigma de clase".

"En la actualidad, lo que invita a subir al Everest no son las vistas que desde allí arriba se tienen, sino el récord. En esa dirección, las ciudades buscan eventos deportivos, exposiciones internacionales, lo superfluo como gran motor de la economía contemporánea: lo directamente productivo parece que apenas interviene en nuestras vidas". 




martes, junio 02, 2026

Acúfenos

 

Me inclinaba a pensar que los acúfenos serían el producto de todas las cosas que en su día no dije, que callé, y que aún resuenan en mi mente. Enmohecidas por el paso del tiempo, desgastadas por la multitud de veces que las recreé en mi cabeza conformarían hoy un interminable e infatigable sedimento sonoro de innumerables capas y frecuencias que amenaza con dejarme sordo como venganza a todas aquellas ocasiones en las que guardé silencio y no debí hacerlo.


Javier Velaza, sin embargo, parece verlo de otra manera.




sábado, febrero 14, 2026

Actos humanos, Han Kang

 

Actos humanos, la novela de la escritora coreana galardonada con el Premio Nobel en 2024, Han Kang, publicada en su país en 2014, tiene como telón de fondo la salvaje represión en Gwangju de las protestas contra la dictadura en Corea del Sur en 1980, padecida en gran medida por los jóvenes de la ciudad, tanto mujeres como hombres.

Se trata de una novela coral estructurada al modo de un puzzle, a partir de la experiencia de varios jóvenes involucrados en la protesta desde la perspectiva de ellos mismos y de sus seres allegados.

A través de una narración fragmentaria, con distintos enfoques narrativos y temporales, asistimos a momentos de los trágicos hechos así como de las consecuencias personales en algunos supervivientes a través de sus traumáticas circunstancias vitales posteriores. Ambas se complementan con escenas fantasmagóricas en torno a los caídos en la sanguinaria represión padecida por los participantes en las protestas.

De modo progresivo, a medida que se van encajando las piezas del puzzle, se obtiene la visión de conjunto en una narración que destaca por la sensibilidad y la delicadeza formal, casi elegancia, con que la autora aborda el horror que la permea de principio a fin.




domingo, enero 18, 2026

Más Chirbes

 - Leyendo a Tolstoi te das cuenta de lo poco que sabríamos de la vida si no hubiese existido la literatura.

- No debería incumplir nunca ese prudente principio que me lleva a huir de los literatos, porque solo el aislamiento te hace libre, me lo repito cada vez que saco un pie del tiesto de la soledad.

- Sé que un novelista tiene que asumir que es un hombre público, pero se pasa tan bien jugando al doble lenguaje de que tú eres tú y tus novelas son otra cosa, hijas de nadie...

- A Fontane, Prusia, su patria, no le parece un país que posee un ejército, sino un ejército que posee un país; algo así podría escribirse sobre España, no un país que posee unos políticos, sino unos políticos que poseen un país.

- !Que les escriba su puta madre!, pensé con la segunda copa de champán. No tienen bastante con ser ricos, además quieren leer novelas y poesías, tener alma. Me irritaba pensar que ese era mi público brasileño...

- No soportan que nadie se mueva a su aire, sobre todo, si a ese individuo no pueden etiquetarlo.

- ...la biografía de una clase dominante que afianza su poder a través de las sucesivas rebeliones de sus herederos... los hijos legitiman su herencia renegando de ella. Se puede afirmar que el mejor regalo para esas familias ha sido un hijo díscolo.

-Critica lo que él llama el "morbo histórico", que, por pereza mental, inventa "unos valores y una figura de lo español y los declara arquetipos: es la tradición política de los que torturan la tradición para autorizar su obra política"" (de un discurso de Manuel Azaña).

- "Más vale no compartir frontera con una nación convencida de que cumple una misión" (de Ryszard Kapuscinski en Cristo con un fusil al hombro).

- En Radio Clásica ponen a la una y pico de la madrugada un disco de Tangerine Dream, rock sinfónico, o lo que sea esa música alucinógena que yo escuchaba a solas en mi apartamento del barrio de La Coma durante horas enteras: aún creía que el cumplimiento de los deseos tenía algo más que ver con la fascinación y la magia (fascinar y ser fascinado, seducir y ser seducido) que con los intereses. Apagaba la luz y me tumbaba en el suelo, cerraba los ojos y escuchaba esa música narcotizante poniéndome a uno y otro lado de la cabeza aquellos baffles...

- Haciendo zapping en televisión y oyendo los despropósitos que lanzan las emisoras fachas, me convenzo de que la derecha española pierde día a día el pudor que había guardado desde la muerte de Franco (25 de noviembre de 2010).

- La muerte concede estabilidad, convierte al individuo en personaje fiel: ninguno de los que está aquí va a darte plantón el día que vengas (sobre su visita al cementerio de Beniarbeig).




lunes, diciembre 01, 2025

Nosotros, los de entonces

 


De La última del domingo, de Karmelo Iribarren.


lunes, noviembre 24, 2025

Enrique Mochales

 

Un 24 de noviembre, hace ya diez años, nos dejaba, con 51 años de edad.



domingo, noviembre 02, 2025

Cartas luteranas, Pier Paolo Pasolini

 Con motivo, hoy, del 50 aniversario del asesinato de Pier Paolo Pasolini, recupero la reseña sobre sus cartas luteranas que en su día escribí para espacioluke.

Como su mismo título indica, un espíritu de ruptura y de reforma anida e impulsa la colección de artículos escritos por Pier Paolo Pasolini publicados en la prensa italiana a lo largo de 1975, apenas unos meses antes de su turbio asesinato acaecido en el mes de noviembre del mismo año.

Ruptura con el viaje emprendido por la sociedad italiana a partir de los años sesenta de la mano de una Democracia Cristiana hueca, huérfana de ideología, asentado su poder en la satisfacción de valores propios de la pequeña burguesía –no muy distintos de los cultivados por el régimen fascista- y en una novedosa e imparable cultura del consumo sustentada en el imperio del hedonismo.

Pasolini se erige en portavoz, en acérrimo defensor de las subculturas populares de raigambre campesina y proletaria que están siendo arrasadas por la nueva “ideología”, al tiempo que denuncia la confusión y el empobrecimiento que semejante proceso conlleva, el desarraigo que produce en sus miembros la suplantación de costumbres arcaicas, bien arraigadas, que dotaban de carácter y de sentido a sus comunidades, en beneficio de una aspiración que es fiel reflejo de un instinto pequeño burgués.

En tal sentido, cabe tildar a Pasolini de reaccionario, algo de lo que él mismo se hace eco en el subtítulo de su obra: El progreso como falso progreso. No todo lo nuevo es bueno, y no debe ser aceptado sin más por su condición novedosa sino sólo después de ser sometido a un juicio crítico. Una máxima perfectamente válida hoy día en que cualquier novedad viene rápidamente asumida por la sociedad gracias, en buena medida, al interés de sus promotores envuelto en efectivas estrategias financieras y publicitarias.

Entonces, los peones al servicio del poder a la hora de introducir los cambios y facilitar su acogida acrítica por parte de la sociedad eran la enseñanza obligatoria y la televisión, auténticos caballos de batalla contra los que se lanza Pasolini, consciente de que el nuevo sistema de valores basado en el consumo no admite alternativas, como tenemos hoy la oportunidad de corroborar. En este sentido Pasolini se erige en una figura visionaria, capaz de advertir la magnitud del cambio que se está produciendo y de su naturaleza irreversible.



De ahí su desesperación y la virulencia de sus ataques dirigidos a los jerarcas democristianos quienes, sea por desidia, por incapacidad, o bien de forma consciente, legitiman y promueven un fenómeno que Pasolini califica de genocidio social y cultural. Sus críticas se hacen extensibles a la cúpula del poderoso Partido Comunista Italiano (PCI), al que hace co-responsable del proceso al asumir la estrategia del compromiso histórico con la Democracia Cristiana por el que a cambio de cuotas más amplias de poder renuncia a la posibilidad de erigirse en una alternativa real al sistema promovido por ésta. Un ideal que a partir de entonces quedará sólo en manos de fuerzas extraparlamentarias y que derivará en el ejercicio de la violencia como respuesta a la estrategia de la tensión promovida desde los aledaños del poder durante los dramáticos años de plomo.

La única esperanza reside, según Pasolini, en los jóvenes que abrazan el espíritu, que no la política, del PCI y que no se han visto contaminados por el compromiso alcanzado por su cúpula dirigente una vez, desengañada por la experiencia del realismo soviético, renunció a su proyecto de creación de una sociedad alternativa a cambio de un plato de lentejas en forma de vaga defensa de los derechos civiles.

La rabia, la frustración de Pasolini ante la deriva a la que se ve condenada la sociedad italiana por los cambios de los que él es testigo y las virulentas invectivas en que se plasma dirigidas hacia aquellos representantes del poder que él considera máximos responsables y para quienes exige un proceso, pudieron equivaler a su condena. Queda también patente en sus escritos su desesperación ante la incomprensión que su análisis provoca en intelectuales a los que él invoca: Moravia, Calvino. Consciente asimismo de sus propias carencias, apela a expertos que le ayuden a estructurar su pensamiento que él desgrana impulsado por la intuición y la observación, a fin de dotarlo de una mayor consistencia, de un rigor metodológico.

Todo ello adquiere aún mayor dramatismo con la perspectiva que nos da el saber que se produce en las vísperas de su inquietante y, nunca suficientemente aclarado, asesinato. Pero es sobre todo a la vista de la terrible deriva en la que ha caído la sociedad italiana, un fenómeno que nadie puede descartar que un buen día atraviese los Alpes como hace bien poco anunciaba Umberto Eco, que las palabras de Pasolini cobran un tono profético: la destrucción de las culturas populares, de sus códigos y valores, la desideologización de la sociedad, el imperio del consumismo, son procesos todos ellos que facilitan la manipulación ante la ausencia de referentes que no emanan desde el mismo poder, y de ahí la creciente sensación de extravío a que da lugar… Leídas desde nuestro país transcurridos treinta y cinco años desde su concepción las Cartas Luteranas de Pasolini no es que mantengan su vigencia, es que producen escalofríos.


lunes, octubre 27, 2025

Diarios: A ratos perdidos 5 y 6, Rafael Chirbes

 

El tercer y definitivo volumen de los diarios de Rafael Chirbes: A ratos perdidos 5 y 6, refleja con profusión de detalles la decadencia física del escritor valenciano con la publicación y el éxito de crítica de sus dos últimas novelas: Crematorio y En la orilla, que a la postre apuntalarían su reconocimiento, como telón de fondo. Un espaldarazo al que él asiste más como testigo que como protagonista, enfrascado en los pormenores de una vida cotidiana un tanto aparatosa, las exigencias de una salud ya quebradiza, y parapetado tras un carácter escéptico y atormentado. Es como si su proyección pública y la íntima transitaran por sendas paralelas que se tocan solo cuando debe hacer presencia en actos de promoción.

Los ocho años que abarcan las anotaciones recogidas en este tercer volumen, desde 2007 a 2015, ofrecen una amplia panoplia de sus quebrantos físicos: vértigos, mareos, erupciones cutáneas, toses recurrentes, claustrofobia, insomnio, pérdida de memoria, la depresión siempre al acecho, hasta que los síntomas se agudizan en los últimos compases del libro anunciando la enfermedad que pondría fin a su vida. Todo ello viene reflejado de forma testimonial pero recurrente a medida que Chirbes se esfuerza en aprender a convivir con sus crecientes limitaciones corporales y mentales. La dimensión física es, por tanto, una constante en los diarios, agudizada a su vez por la enfermedad de Paco, su acompañante en la casa de campo, una especie de protegido del escritor que se ocupa del mantenimiento de la vivienda, de quien este se hace cargo al caer enfermo dada su creciente dificultad para valerse por sí mismo, hasta su traslado a su pueblo natal en la provincia de Cáceres.

Los comentarios e implicaciones de las constantes vicisitudes físicas y médicas alternan con las anotaciones sobre sus numerosas lecturas. Chirbes es un lector voraz: novela, sobre todo, también ensayo, poesía, historia. Cabe imaginar el morbo que sus comentarios despertarían en el “mundillo” literario español a raíz de la publicación de sus diarios, y es que no es frecuente el poder conocer el parecer de un autor reconocido, sin ninguna clase de filtro, sobre libros publicados por autores vivos. Conocemos así también sus preferencias e influencias, a través de autores que se revelan recurrentes como Benito Pérez Galdós o Balzac, abarcando sus gustos desde los clásicos españoles y franceses (desluce un tanto la lectura que los abundantes y prolijos pasajes en francés no hayan sido traducidos, cabe pensar que por tratarse de transposiciones de otros libros publicados) hasta la novela centroeuropea del siglo XX, con incursiones en los más variados ámbitos literarios. Y es que lee sin descanso, en buena medida a fin de paliar la sensación de pérdida de tiempo que le aflige cuando no escribe, que se revela una constante en su vida.



Chirbes se revela un escritor tortuoso, inseguro, quizás por su autodidactismo, por su personalidad escéptica -las dificultades para sacar adelante su novela Crematorio es una constante en el segundo volumen de sus diarios-, un procrastinador temible, siempre temeroso de no concluir a tiempo breves ensayos que se ha comprometido a entregar, discursos que ha de pronunciar en sus apariciones públicas. Sólo en sus diarios parece mostrarse un tanto más relajado, aunque no siempre, los cuales concibe como un modo de continuar practicando la escritura mientras sus proyectos “profesionales” parecen siempre tambalearse. Aún así, cuestionarse el sentido de dichos diarios, que escribe con una pluma estilográfica cuyo sonido al rozar la superficie del papel parece relajarle en la madrugada, es una constante en él, sobre todo cuando se impone el transcribirlos en el ordenador.

Los problemas físicos, las lecturas, también películas que ve y piezas musicales que escucha, y sus avatares con la escritura, se ven punteados en los diarios por los comentarios sobre sus viajes y desplazamientos, sean por motivos profesionales o por placer, más frecuentes los primeros, sus escarceos sexuales, un tanto sórdidos, excesos cada vez más ocasionales con el alcohol, sus diatribas contra los gobernantes socialistas en quienes vislumbra el colmo del cinismo, también contra los dirigentes locales dedicados a arrasar su tierra, la Comunidad Valenciana, con esa prepotencia garrula cuyo ecosistema de podredumbre humana quedaría plasmado en sus dos últimas novelas, sin olvidar las evidentes insuficiencias de la transición española. Los momentos placenteros no abundan, si acaso los proporcionan, además de ciertas lecturas, películas y obras musicales, los animales de compañía, perros y gatos que pululan por una casa campestre cuyo mantenimiento se revela más y más exigente, en especial una vez su amigo Paco se ve impedido para dedicarse a ella.

A medida que los diarios avanzan, la soledad y el miedo a la muerte adquieren una corporeidad cada vez más difícil de sobrellevar, reflejados en sus episodios de asfixia, en su preocupación por la suerte que aguarda a los animales con los que convive, en ningún caso respecto a la consideración futura de si obra, de ahí que relativice el éxito de sus últimas novelas, tardío quizás, como si no acabara de creérselo y encontrara solaz en alguna crítica un tanto escéptica que lee entre tanta supuesta aclamación. Su visión aguda y desengañada de la vida nos es transmitida desde una actitud sencilla, pedestre, sin pretensiones, acorde con un bagaje familiar humilde y honesto al que nunca ha dado la espalda. Además de por su franqueza, como personaje de sus propios diarios, Rafael Chirbes termina por hacerse entrañable al lector, en buena medida, por su nula disposición a mostrarse como tal.

La reseña sobre el primer volumen de los diarios de Rafael Chirbes se puede leer aquí.

viernes, agosto 29, 2025

Crimen y castigo

"Y ahora sé, Sonia, que quien sea fuerte y firme de pensamiento y de espíritu tendrá poder sobre los hombres. Para ellos, el más decidido es el que se carga de razón. Aquel que más desprecia es el que dicta las leyes ; el más osado tiene más derechos que nadie. !Así ha sido siempre y siempre será así. !Hace falta estar ciego para no verlo!"

La cita, extraída de Crimen y castigo, sintetiza la visión de su protagonista, Raskólnikov, un joven universitario que ha dejado sus estudios, y vendría a ser la idea que sostiene la trama de la novela a raíz del asesinato de una anciana usurera que él mismo comete, convencido de que son hombres superiores quienes no reparan en las consecuencias de sus actos por viles que estos sean. Esta clase de hombres no solo acaban saliéndose con la suya sino que su carácter decidido y falta de escrúpulos a menudo les permite ejercer influencia sobre los demás, es la materia de la que están hechos muchos líderes. Su crimen, por tanto, vendría a constituir una prueba para su propia personalidad, a fin de determinar si él pertenece a esa clase de hombres, no en vano se desentiende de los objetos y el dinero robado a la usurera. Tras una trayectoria agónica y desquiciada a raíz del crimen, Raskólnikov, sucumbe y confiesa, al fin no ha conseguido pasar la prueba. Que ello sea un triunfo o un fracaso, queda a la interpretación del lector.  

Es Crimen y castigo una novela provocadora, ambigua, llama la atención su extraordinaria vigencia en un momento como el actual, en el que líderes despiadados, que no solo prescinden abiertamente de cualquier principio moral sino que alardean de ello, son encumbrados por los electorados de sociedades consideradas como avanzadas. Personajes que parecen extraídos del molde mental que Raskólnikov ha expuesto en un artículo publicado en una revista y que a la postre trata de emular. Basta pensar en aquella controvertida declaración de Donald Trump en la que expresaba su convencimiento de que si él mismo asesinaba a alguien en la Quinta Avenida, la gente le seguiría votando igual.

Las circunstancias del protagonista de la novela se complican tan pronto comprende que su teoría encuentra una difícil plasmación en la práctica debido, en primer lugar, a la irrupción inesperada de la hermana de la usurera en el momento del asesinato, lo que le cuesta también la vida y, a continuación, por la influencia que su entorno ejerce sobre él da igual los esfuerzos que haga por zafarse de su madre, de su hermana, de su amigo Razumijin. Es Raskólnikov un personaje desconcertante, contradictorio, excesivo, siempre al límite a raíz de su crimen. Será en última instancia una mujer a la que conoce de forma imprevista, a quien ama en la medida de que alguien como él es capaz de querer a alguien, quien rescata en el asesino ese componente humano que él ha buscado aplacar, no en vano es a ella a quien acaba por confesar su crimen. 

El entorno de Raskólnikov ofrece un microcosmos de la sociedad en San Petersburgo en la segunda mitad del siglo XIX, haciendo hincapié en los estratos más humildes, en sus ambientes y condiciones más desesperadas y miserables, sin renunciar a los contrastes con capas más acomodadas, ofreciendo una perspectiva sobre la mentalidad, las relaciones de género así como sobre ciertos debates en boga en aquel entonces.

La grandeza de Crimen y castigo reside en su ambigüedad y profundidad, en el sentido de que Dostoievski evita aleccionar, en ningún momento parece decantarse por la opción ideal, si acaso aguarda hasta el epílogo para hacer una mínima concesión, dando al lector un rico contexto y libertad para que reflexione acerca de la relación entre el poder y la moral.



domingo, mayo 25, 2025

Dylan sobre el papel

 

Ahora que se anuncia la publicación del segundo volumen de las "Crónicas" de Bob Dylan, es un buen momento para recuperar la reseña que en su día escribí sobre el primer volumen y que fue publicada en espacioluke.

Todo un reto el de resumir por escrito cuarenta y cinco años de carrera en la cumbre, aún más tratándose de un icono viviente de la cultura popular. Sin embargo Bob Dylan sale más que airoso del empeño en su primer volumen de memorias –el proyecto tomará la forma de una trilogía-, publicado en nuestro país con el título de “Crónicas”.

En él, Dylan prescinde de un relato lineal de su carrera en favor de un enfoque calidoscópico que desafía la cronología de los hechos y que a la postre resulta más entretenido para el lector a la par que revelador a la hora de acercarse a su controvertida figura.

Durante todo un invierno pateamos la escena folk del Greenwich Village neoyorquino de la mano de un Dylan recién llegado de Minnessota con un doble objetivo: abrirse camino en el circuito de los cantautores y afianzarse en la creación de un estilo musical propio.

Asistimos a la grabación de uno de sus discos con la ayuda del productor Daniel Lanois, una larga serie de agotadoras sesiones de resultado incierto, con la ciudad de Nueva Orleans como telón de fondo, que saca a relucir todas las dudas y miedos del mito, un artista consagrado bajo el que se esconde un músico de carne y hueso obligado a revalidar su talento con cada nueva entrega.

La narración está también trufada de anécdotas, breves episodios que contribuyen a situar su figura en una escala humana. Así, por ejemplo, somos testigos, junto al músico David Crosby, de la perplejidad que le produce la recepción de un doctorado honoris causa en una prestigiosa universidad de la costa este norteamericana.

Recorremos con él los escenarios de su infancia en el poblado minero de Duluth, Minnessota, donde se fraguan sus inquietudes musicales, y seguimos sus pasos por la capital del estado, Minneapolis-St. Paul, donde adquieren un significado hasta entonces insospechado a raíz del descubrimiento de la obra de Woody Guthrie.




En sus “Crónicas” Dylan brinda al lector la oportunidad de desmitificar a la figura artística, su talento no es sino el producto de una determinación plena, una curiosidad insaciable, una capacidad innata para identificar y asimilar el talento de otras figuras, así como un impulso constante por reinventarse. La creación de un estilo propio llamado a perdurar es el producto de una búsqueda consciente por parte del artista, pero los hallazgos más determinantes para alcanzar su objetivo llegan a menudo en los instantes más inesperados bajo la apariencia de frutos caprichosos del azar.

Dada su amplísima trayectoria y su inquietud y curiosidad inagotables, el libro de Dylan permite también ser abordado como una especie de exhaustivo “¿Quién es quien?” de la cultura popular norteamericana de la segunda mitad del siglo veinte.

Pero ante todo, “Crónicas” es la obra de un escritor dotado y capaz que durante el tiempo que lleva su lectura logra eclipsar al músico, precisamente hablando de él. La narración no estimulará en el lector necesariamente el deseo de profundizar en el conocimiento de su música pero sí potenciará su interés por el personaje y por su escritura.


sábado, noviembre 23, 2024

Nela 1979

 

Recurrir a la escritura para llenar un vacío, una ausencia, a través de un impulso fraterno, es la razón de ser de Nela 1979, la novela de Juan Trejo publicada por Tusquets este 2024. El vacío dejado por su hermana Manuela, unos años mayor que él, de la que apenas guarda algún recuerdo tras haberse ella marchado de casa siendo aún menor de edad y habiendo fallecido de forma prematura con tan solo veintiuno años.

Tal es la tarea que el autor se propone contraviniendo el parecer de su anciana madre, partidaria de dejar a los muertos en paz. Y es que Nela se unió por propia voluntad al batallón de los prescindibles, aunque ella entonces no lo supiera, seres inconformistas, incómodos, ávidos de experiencias en un país inmerso en un proceso de transformación, en el que después de una interminable dictadura parecían al fin despuntar horizontes de libertad y de modernidad.

Al seguir la pista a Nela, la novela indaga en aquel sustrato ácrata, contracultural, que echó raíces en Barcelona en los años de la Transición, en una sociedad convulsa e ilusionada, pero también ingenua, vulnerable, en la que arraigó una subcultura joven, contestataria, imaginativa, que a la postre acabaría arrasada víctima de los estragos propiciados por la aparición de la heroína.

Es por ello que la inmersión en aquel tiempo y lugar resulta siempre dolorosa, las consecuencias fueron fatales para tantos jóvenes. El dolor se hace extensible a sus familias, en particular a unos padres y madres incapaces de afrontar, de comprender las motivaciones de unos hijos e hijas que sólo parecían dar problemas, además de cuestionar su autoridad, a lo que se añadía un insoportable sentimiento de culpa una vez fallecían víctimas de los excesos con la droga.



Esa es la situación que hubieron de afrontar los padres de Nela y del propio autor, Juan, como tantos otros en la España de entonces, en su calidad de emigrantes extremeños instalados en Barcelona, en su caso, por lo que cabe añadir un vago sentimiento de alienación. Al choque de culturas producto de la emigración, le sucede un choque de mentalidades intrafamiliar protagonizado por Nela, al que no saben cómo dar respuesta, para el que no están preparados.

Todo ese dolor ahí concentrado, incrustado, al que no hubo ni ha habido manera de dar salida, es una de la razones de que aquellas circunstancias hayan permanecido en el olvido. Tampoco los supervivientes muestran gran interés en hablar de todo aquello, como el autor tiene oportunidad de comprobar. Por otro lado, está el deseo de mantener oculta la cara B de la transición, de mantener sus miserias bajo la alfombra no vaya a deslucir el relato de la misma, a corroer los cimientos de su decorado de cartón piedra.

Es ese el entorno en el que Juan Trejo se sumerge a través de una narración discursiva, en primera persona, a base de recuerdos, intuiciones, pesquisas e imaginación, haciendo al lector partícipe del proceso de construcción de la biografía de Nela y, en parte, de sí mismo, de su bagaje familiar, en clave de testimonio, de forma amena y sin más complicidad de la necesaria, esto es, sin sentimentalismos, por qué no decirlo. Todo ello en torno a tres escenarios: la Extremadura rural de la que procede su familia, la Barcelona de los años de la transición y Génova, adonde Nela se trasladó con su novio italiano, también heroinómano, donde décadas más tarde el autor halla una inesperada complicidad.

Las instituciones implicadas no parecen tener gran interés en colaborar a la hora de desentrañar las circunstancias que rodearon al fallecimiento de Nela en un hospital de Valencia. Se escudan para ello en el paso del tiempo, en farragosos trámites burocráticos o en su condición de drogadicta. Al fin se extiende la sospecha, o al menos la posibilidad, de que algún tipo de negligencia médica pudo influir en su muerte, como si la vida de una drogadicta valiera la mitad de la mitad. Ya hemos dicho que Nela, por sus elecciones vitales, se integró en el batallón de los prescindibles y a él parecía condenada hasta que, una vez más, la literatura se propuso dar voz a aquello o a aquellas de quienes no se habla y rescatarla del olvido.


martes, septiembre 24, 2024

Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, Mónica Ojeda

 

Mientras la vida en las ciudades de la costa en Ecuador se ha vuelto imposible debido a una interminable ola de violencia y asesinatos promovida por el narcotráfico, numerosos jóvenes acampan en un remoto páramo para asistir a un singular festival de música y baile en el que los ritmos más modernos y tradicionales se funden con las experiencias esotéricas y alucinatorias propias del chamanismo. La entrega absoluta a la música y el baile se erige en el asidero para una juventud en busca de sensaciones que huye de la muerte y que anhela expandir su conciencia a través de una experiencia catártica.

Algo así vendría a ser la premisa de Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, la singular última novela de la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda, publicada por Random House Mondadori este 2024. Una novela de contrastes que incide en el escapismo y en la iluminación como vía alternativa para una juventud herida, desorientada ante la imposibilidad de aclimatarse a una realidad que es un callejón muerto. Una vía que no tarda en desdoblarse en huida hacia adelante, más al filo cada vez entre la luminosidad brillante e intensa y la oscuridad densa e impenetrable.

Si en los años 60 amplios sectores de la juventud urbana occidental buscaron ensanchar la percepción de la realidad, ayudados por el consumo de drogas, en un entorno de creciente bienestar social y económico, en Chamanes eléctricos en la fiesta del sol lo hace con cierta desesperación, como si no hubiera ya marcha atrás dada la ausencia de una alternativa válida, de una realidad viable. De ahí el contraste entre un remoto entorno natural virgen, de muy difícil acceso, imponente como escenario pero amenazador dado su origen volcánico, de difícil adaptación para jóvenes urbanitas, frente a unas ciudades postradas ante la violencia y el crimen.

Se centra, por tanto, la novela de Mónica Ojeda en un viaje: externo -la marcha hacia el entorno de los volcanes en busca de parajes más remotos y vírgenes cada vez- pero también interno -la búsqueda de sus protagonistas y el descubrimiento personal de Noa, de su naturaleza chamánica, a raíz de su experiencia en las montañas y el posterior redescubrimiento del legado de sus ancestros tras el reencuentro con un padre que vive aislado del mundo-. Su originalidad radica en el modo en que se narran ambas experiencias a través de imágenes y sensaciones visionarias, alucinatorias, en el caso de la experiencia en las montañas, de una enorme fuerza expresiva que a menudo linda con la poesía en prosa y el discurso ensimismado, casi eremítico, de un padre que ha sustituido la comunicación con seres humanos por un diálogo con la naturaleza.


La narración, coral, escrita en primera persona desde la experiencia de los jóvenes en las montañas, alterna con un episodio en clave intimista en torno al abandono paterno y al difícil reencuentro entre padre e hija, proporcionando un sentido o clave a la experiencia personal de una de las protagonistas, Noa, al entrar en contacto con su auténtica naturaleza, con sus dotes de brujería. En cierto sentido, la novela lo es también de iniciación en forma de viaje, tiene un componente de bildungsroman.

Los límites de la amistad, la soledad, el sentimiento de culpa, son temas adicionales que emergen en la narración, además de la pasión por la música y el baile, de su sentido, desde las danzas más rituales y esotéricas de Ecuador, rayanas en el chamanismo, hasta la música y el baile entendidos desde la óptica más actual, a caballo entre los festivales y las raves. El resultado es una especie de fusión o de totum revolutum de distintas tradiciones y culturas musicales. La narración sufre un poco al intercalar algún pasaje referente a artistas o músicos reales, insertos en un discurso tan iluminado se antojan un tanto impostados.

Las montañas como remotos escenarios para estar lo más alto posible (higher and higher) -el salvajismo ya se encarga de campar a sus anchas en la vida en sociedad en las ciudades-, terremotos y volcanes como potenciales fuente de inestabilidad, amenaza constante y recordatorio de la fragilidad de la experiencia, de la existencia, la fuerte presencia del mundo animal, a caballo entre lo real y lo figurado, las peculiaridades chocantes en la composición y en el uso de los instrumentos musicales, de los cantos más inspiradores, el misterio acerca de quienes fueron dados por desaparecidos tras asistir a festivales previos... La multitud de elementos que se ofrecen con potencial simbólico, susceptibles de albergar interpretaciones colaterales, enriquecen una narración plena de vitalidad que a lo largo de casi 300 páginas cabalga/oscila entre la posibilidad de alcanzar la lucidez más reveladora y el desvarío más profundo.


sábado, julio 20, 2024

La muerte en Venecia, Thomas Mann

 

La muerte en Venecia, la popular novela corta de Thomas Mann, ofrece una reflexión, una exaltación más bien, sobre el efecto de la belleza en una persona sensible -un esteta encarnado en un maduro y solitario escritor que ha obtenido el reconocimiento-, que a su vez da pie a teorizar sobre la inspiración y la creación literaria. Todo ello bajo el influjo de la muerte -la novela arranca junto a un cementerio y culmina con el fallecimiento de Aschenbach, su protagonista-, como un viaje que encuentra su culminación en la preciosa y decadente ciudad de los canales como escenario.

En sus cinco capítulos, el escritor alemán narra el repentino deseo de viajar por parte del escritor a raíz de su visión de un hombre de aspecto peculiar junto a un cementerio, describe su perfil y el de su carrera literaria, sus dudas y devaneos hasta instalarse en un hotel junto a la playa veneciana de el Lido, explora la obsesión que en él despierta Tadzio, un joven muchacho polaco y, por fin, concluye la narración con su descenso al abismo en la hermosa ciudad corrompida por la peste.

Podría describirse Muerte en Venecia como una historia de amor platónico entre un señor ya maduro y un muchacho. Dos seres que no han tenido oportunidad de cruzar una sola palabra -el personaje de Tadzio no deja de ser una especie de espectro luminoso- y sin embargo han establecido un vínculo en forma de “una curiosidad sobreexcitada e inquieta”, propia de quienes “se encuentran y se observan cada día, a todas horas” pero se ven obligados a “fingir una indiferente extrañeza”.

Es también la historia de un arrebato, de una fascinación, una obsesión que se apodera de la voluntad de quien la padece, con un efecto embriagador no muy distinto al producido por una interminable borrachera, que no solo trastoca su habitual forma de proceder sino que acaba por ponerla patas arriba en un estado próximo a la enajenación. Una especie de síndrome de Stendhal enfocado en la hermosura física de un efebo que se desarrolla, a su vez, en un escenario de indudable belleza si bien sometido a unas condiciones extremas, mal disimuladas por los lugareños, en forma de pandemia.

Resulta un tanto desconcertante que el efecto fulminante que Tadzio ejerce sobre Aschenbach no parece tener precedente. La fascinación que éste siente por aquel es repentina, inmediata, no hay nada que nos haga pensar que algo ni remotamente similar le hubiera podido ocurrido en el pasado. Tan solo sabemos que estuvo casado, que su mujer falleció y que tiene una hija.

Como ocurre con todo enamoramiento, la obsesión de Aschenbach por Tadzio es también producto de una idealización: “Pues el hombre ama y respeta al hombre mientras no se halle en condiciones de juzgarlo, y el deseo vehemente es el resultado de un conocimiento imperfecto”. Lo llamativo es que el muchacho no solo acepta el interés que despierta en Aschenbach sino que al sentirse objeto de su admiración, participa de ella, la alimenta a través de un sutil flirteo con el escritor.



La diferencia de edad es el rasgo más llamativo, y polémico, al margen de que es entre dos hombres, de la atracción que Aschenbach siente por Tadzio, pues el muchacho polaco de aspecto un tanto frágil y arrebatadora belleza tiene apenas catorce años. Representa así, en cierto sentido, un precedente respecto a Lolita, de Vladimir Nabokov. Se trata, en cualquier caso, de una relación platónica en el sentido más estricto, no se infringe nada más allá de una supuesta rectitud moral. Tampoco hay lugar para el escándalo al tratarse de una atracción de la que solo son conscientes las dos personas implicadas, con la excepción quizás de la madre del joven. No obstante, ello invita a pensar cómo sería recibida la novela en su momento -fue escrita en 1912.

A fin de explorar el tema de la belleza, Thomas Mann recurre a las enseñanzas de la antigua Grecia, a las palabras de Sócrates a Fedro, recogidas por Platón, en torno al deseo y la virtud, en las que reconoce que la Belleza como objetivo conduce al abismo, en la medida en que para el hombre sensible no hay más opción que entregarse a ella sin reparar en las consecuencias. No es el único caso en la narración en que el autor introduce una penetrante reflexión sobre un determinado asunto o idea. Por momentos, el ensayo parece adentrarse en la ficción.

Más dudas ofrece quizás la visión un tanto desdeñosa que el autor ofrece respecto de las maneras y falta de profesionalidad que parece aquejar a la mentalidad meridional -el falso gondolero que a su llegada desobedece las instrucciones de Aschenbach y le transporta hasta el hotel, el equívoco con su valija que acaba siendo enviada a un destino erróneo-, vista desde la perspectiva de un riguroso europeo del norte.

La supuesta superioridad reaparece cuando los septentrionales aparecen como los mejor informados y los más perspicaces acerca de la realidad de una pandemia que las gentes de otras latitudes, sean italianos o polacos, no parecen captar o, aún peor, colaboran en promover el engaño. La condena de Aschenbach parece venir, en parte, al desobedecer su propia naturaleza e insistir en quedarse en Venecia una vez los veraneantes alemanes se han marchado.

Mann racionaliza en La muerte en Venecia los sentimientos y la visión de un esteta y con una precisión rica a su vez en simbolismos -la decadencia y corrupción de Aschenbach como paralelismo a la de una Venecia cada vez más insalubre-, valiéndose de un relativo distanciamiento proporcionado por el empleo de la tercera persona en tiempo pasado, con un enfoque por momentos didáctico disecciona su apasionada experiencia llevada al límite. Dicho contraste marca el tono de la novela.


domingo, julio 07, 2024

Una experiencia lectora compartida

 

La lectura de Demian cuando tenía diecisiete años supuso un hito en mi trayectoria, entonces incipiente, como lector, así como un aldabonazo en mi conciencia, la de un adolescente sensible e impresionable. Pese al paso del tiempo, no he olvidado la conmoción que me provocó, como no la había sentido hasta entonces, y no abundaré ahora en el cliché de la novela que se diría escrita ex profeso para un determinado lector. Descubrí así que la ficción podía llegar a ser más poderosa en mi conciencia que la propia realidad, y lo cierto es que durante varios días me resultó difícil separar la una de la otra, tal fue el modo en que la primera se inmiscuyó en la segunda.

Entonces no fui muy consciente de las razones que produjeron en mí semejante impacto, tampoco de las claves de la novela que lo justificaran. Me limité a sentir, más bien a saborear con asombro y en soledad, al no serme posible compartir la experiencia, el efecto, la turbación que me produjo y que intenté reeditar al leer casi todo el resto de la obra de su autor, Herman Hesse. En ocasiones me pregunto si al abordar la lectura de una novela no buscaré de alguna manera reeditar el hito, el efecto que la lectura de Demian me produjo entonces, al modo de un listón fijado de por vida en una prueba de salto con pértiga.

No es de extrañar el vértigo que me asaltó al proponerme pasado el tiempo leer de nuevo Demian. Una empresa de alto riesgo esa de leer una novela que marcó o, mejor dicho, que definió una etapa de tu vida, dada la dificultad de reeditar el hito, la posibilidad de sufrir una decepción o incluso de sentirte absurdo ante la incapacidad de comprender los motivos que un día la dotaron de tanto significado. Y es que ante un caso así resulta inevitable tratar de esclarecer el misterio, más allá de la incógnita que supone leer la misma novela en dos etapas distantes de tu vida.

He aquí, sin embargo, que las circunstancias de la vida me permitieron abordar esta vez la relectura de Demian en la compañía de otra persona cuya edad se aproxima a la que tenía yo cuando la leí por primera vez. Ello me permitiría compaginar mi visión ya maleada, o al menos condicionada, respecto a Demian con la mirada fresca de mi lector cómplice. Claro que ello introducía un nuevo riesgo o complejidad: ¿habría resistido la novela el paso del tiempo?, ¿se mantendría su mensaje relevante para una persona joven en la actualidad?, ¿se produciría un disonancia significativa en cuanto a la experiencia para uno y otro?



Mis dudas no tardaron en disiparse al constatar pronto que mi lector cómplice se revelaba como tal en todo el sentido del término, de modo que mi mirada se hizo ambigua al adentrarme en la novela tanto a través de sus ojos como de los míos. Enseguida entendí así, a través de él, que el mensaje de Demian seguía vigente. Aún más sorprendente fue comprobar que el interés que la lectura provocaba en él, de un modo similar o comparable al que en su día produjera en mí, contribuía a desarrollar la complicidad entre ambos. Antes de darme cuenta me hallaba inmerso en una lectura a tres bandas: la mía en el tiempo actual, en relación a la mía de entonces, y a la del lector cómplice también en el momento actual. Ello me permitía comunicarle mi experiencia desde mi visión actual y pasada mientras que él, por su parte, sin saberlo, apelaba también a mi yo actual y a mi yo del pasado, pudiendo así yo enriquecer su lectura.

De tal forma, la conexión a tres bandas fluyó a plena satisfacción, al ayudarme la experiencia del lector cómplice a comprender a mi yo lector del pasado, del mismo modo que este último contribuía a reforzar y a enriquecer la experiencia de aquel bajo la supervisión del yo lector actual. La aportación desde cada uno de los vértices del triángulo convirtió la lectura en una experiencia rica y completa. Aún más importante fue constatar la vigencia de Demian, de su mensaje como novela de formación, en especial para alguien en la adolescencia tardía o primera juventud. No solo llegué así a comprender los motivos por los que en su día su lectura me produjo semejante turbación sino que me hizo posible transmitírselos de forma complementaria a la experiencia de mi lector cómplice. Como en un juego de espejos, se produjo así una complicidad absoluta de mi yo lector actual con mi lector cómplice y con mi yo lector del pasado, mientras que la turbación experimentada por mi lector cómplice me permitió revivir la sentida entonces por mi yo lector del pasado, contribuyendo así a romper la sensación de soledad que entonces acompañara a mi lectura.

Aunque, bien pensado, la identificación resultante de la lectura de Demian no fue a tres bandas, sino más bien a cuatro, transformándose el triángulo en cuadrado si tenemos en cuenta también la comunicación que se produjo entre nosotros tres con el autor. Sí, Herman Hesse se encargó de cerrar el círculo, si seguimos ateniéndonos a una figura geométrica, de modo que la escala temporal se amplió de manera significativa, al igual que la amplitud de la conexión ahora a cuatro bandas.


(Esta entrada complementa la reseña de Demian, del 23 de junio de 2024).

domingo, junio 23, 2024

Demian, Herman Hesse

 

Pero solo me interesan los pasos que di en la vida para llegar a mí mismo”, afirma Sinclair, el narrador y protagonista de Demian, una de las obras más icónicas de Herman Hesse, una vez echa la vista atrás para contar su historia y acotarla. Estamos, por tanto, ante una novela de formación (bildungsroman), si bien peculiar en su concepción y en el desarrollo del rito de paso -la necesidad de exponerse al lado oscuro, a lo prohibido, de integrarlo, como un medio para alcanzar la luz, la plenitud- que permite al protagonista alcanzar un nivel superior de conciencia a través de la auto exploración.

Una novela edificada sobre la dualidad, o la tensión bipolar entre realidad y sueño, luz y oscuridad, dios y demonio, música y pintura, acción y pensamiento... una dualidad plasmada también en la tensión entre Kromer y el propio Max Demian, los dos personajes contrapuestos con los que Sinclair interactúa en el arranque dando forma a la misma. Una novela relativamente sencilla en la forma, en su presentación, pero compleja dada la multiplicidad de capas y de simbolismos que ofrece, y de las que se compone.

Así, tenemos en Demian referencias bíblicas, mitológicas, pseudo-religiosas, procedentes de la Grecia antigua, de Oriente, tenemos también a la figura de Nietzsche como inspiración, una recreación del estigma de Caín, una parábola a su vez sobre la parábola del regreso del hijo pródigo, tenemos al dios Abraxas, la naturaleza que se hace presente a través de la contemplación del fuego, todo ello integrado con naturalidad, perfectamente ensamblado en la trama de una narración de apenas 175 páginas. Una obra intensa, por tanto, que requiere de una lectura atenta, sin dejar de resultar amena.

Todo ello puesto al servicio de la búsqueda de la individualidad, del propio destino, frente al rebaño, frente a las verdades heredadas que mueven a la masa. Reflejo sin duda del momento en que Demian fue escrita, en plena I Guerra Mundial, esa que con tanta efervescencia sería recibida por amplias capas de la población de los distintos países, y que tantos disgustos y tanta soledad reportaría a Herman Hesse dada su crítica al papel jugado por su país, Alemania, en la misma.


La búsqueda del propio destino se efectúa gracias al contacto con personas inmersas en la misma experiencia. La idea de una serie de seres elegidos, conectados, llamados a confluir, con los que tratar de alcanzar un mayor nivel de conciencia, una verdad superior que permita un renacimiento de la persona y, a través de ella, desde sus ruinas, de una sociedad que parecer abocada a su destrucción: “Habrá guerra… la gente está tan entusiasmada, están deseando empezar a matar. La vida les resulta tan insípida”.

Demian propone a su vez una superación de la patria, del nacionalismo, a través de la amistad y el amor: “A la patria nadie llega… pero cuando los caminos amistosos se cruzan, todo el universo se asemeja a la anhelada patria”, afirma Frau Eva, la figura que aglutina a los seres elegidos. Así mismo, identifica el miedo como una cuestión íntima que acaba por desbordar a las personas: “Alguien solo siente miedo cuando está en disenso consigo mismo. Tienen miedo porque nunca se han reconocido a sí mismos”.

En el debe de la novela cabe resaltar el esquematismo que se aplica a los personajes femeninos, un tanto idealizados, faltos de consistencia en comparación a los masculinos, pese a jugar un papel determinante. La preponderancia de los personajes masculinos se plasma también por medio de alguna sutil pincelada homoerótica, pero ante todo destaca la conexión, casi sobrehumana, que se da entre ciertos personajes de adscripción solitaria: – Yo, solitario durante tanto tiempo, aprendí acerca de la comunión entre seres que han conocido la más absoluta soledad-, unidos por la búsqueda y el destino a través de los distintos ambientes -desde el más cálido y familiar, hasta el más ascético y siniestramente gótico- y tiempos de la novela.

Durante mucho tiempo, demasiado, la figura de Herman Hesse pudo haber quedado estrechamente ligada a cierta época vital, la última adolescencia y primera juventud, viéndose su influjo un tanto desfasado tras la época de inconformismo y despertar de las conciencias asociado a movimientos juveniles ya distantes en el tiempo. Sin embargo, el creciente clima militarista promovido en nuestras sociedades en los últimos años: aumento del gasto en armamento, iniciativas en favor de recuperar el servicio militar, unido al incremento de la presión hacia el conformismo social ante los retos cada vez más considerables que afrontamos, podrían devolver relevancia a la figura insobornable de Herman Hesse y a su obra, con lo que tampoco cabría descartar una próxima revitalización de su legado.



viernes, mayo 31, 2024

Rafael Chirbes: Diarios. A ratos perdidos 3 y 4

 "En realidad, lo que debería extrañarnos es que un novelista escriba sin parar una novela tras otra; lo que debería extrañarnos es que, en esto de la novela, al menos como la entendemos en este tiempo, uno pueda acabar convirtiéndose en un profesional".

"La ciencia justifica lo que la política ambiciona".

"Sé que tengo una inteligencia ágil, sensible, pero más impresionista que sólida. ¿Por qué la naturaleza no me habrá dotado de capacidad para el pensamiento abstracto?"

"... novelas a las que mata un exceso de inteligencia".


"... la historia no es material sólido, es más bien materia resbaladiza, cambiante, y hay que permanecer siempre vigilantes, no dejarla quieta ni un segundo, saber hacia dónde la dirigen en cada momento para doblarla a nuestro favor".

"... el desorden de nuestro tiempo que parece pedir a voces el fin; indagación en el alma de un cuerpo social que alegremente se asoma aun abismo cuya densidad aún no conocemos. El banquete caníbal de un capitalismo podrido".

"No me veo escribiendo columnas en algún periódico. Ya no tengo esa capacidad para ofrecerme como personaje cargado de certezas cuyo punto de vista aguarda el lector precisamente porque quiere que le confirme en el suyo".

"Es el mundo de los derechos adquiridos: eres insolidario porque te lo has pagado y ese derecho lo vives como un logro..."

"Los viajes que uno lleva a cabo en su juventud tienen mucho de esa búsqueda de vidas posibles fuera de lo que uno le ha tocado en suerte".


viernes, febrero 16, 2024

Extracto de Una ciudad del norte, Pedro Ugarte

 Qué aguda esta observación de Pedro Ugarte en su novela Una ciudad del norte (Sloper).



Mi única duda es si no será una cuestión de personalidad, más que de educación.


domingo, febrero 04, 2024

Una gran alegría

 

Herman Hesse es un autor que me marcó como lector, mucho, al leerle en una edad crucial en mi formación, gracias al impacto que me produjeron novelas suyas como Demian o el Lobo estepario, también Peter Camenzind o Narciso y Goldmundo. En concreto, la lectura de Demian con 16 o 17 años -recuerdo que entonces estaba en 3º de BUP- me conmocionó. Tras acabarla permanecí como obnubilado durante días. Descubrí gracias a ella que el efecto de una ficción podía ser en mí tan poderoso, o aún más, que la propia realidad. Intuyo que a partir de entonces busqué en otros libros reeditar la emoción que me había producido aquel, revivir semejante turbación. Quién sabe si aún hoy, de forma un tanto inconsciente, aún lo hago.

Con el paso del tiempo, como es lógico, aquel chico impresionable fue cambiando, madurando -cabe pensar, aunque esto último tampoco lo tengo claro- y el recuerdo de aquellas lecturas acabó por disiparse. Las novelas de Herman Hesse quedaron para mí ligadas de forma estrecha a una etapa temprana de mi vida. Pese a que nunca olvidé el efecto que su lectura tuvieron en mí y por ello me sentía agradecido, algo me desaconsejaba probar a releerlas. El temor, supongo, a sentirme defraudado o a encontrarlas superadas por las circunstancias, a ver desvanecerse su magia ante mis ojos, como tantas veces sucede con las lecturas tempranas que en su día sentimos como cruciales en nuestra formación. Releí, sí, Demian -no lo pude evitar- pero desistí de probar con las otras.

De ahí ahora mi sorpresa, y mi alegría, al leer y disfrutar, después de tantos años, de la obra de Herman Hesse. Como a menudo ocurre fue el azar quien me trajo de vuelta a él, al encontrarme con un libro suyo de segunda mano, un volumen que contiene una compilación de artículos, comentarios de viajes y reflexiones varias, por el módico precio de 1 euro -más barato no te lo puedo dejar, me dijo el vendedor, y sólo pude asentir-. Su autor, después de todo, mantenía cierto influjo pasados los años. Pensé en leerlo a trompicones, a ratos sueltos, sin grandes expectativas, uno de esos libros que pueden permanecer durante meses o incluso años por ahí cerca, del que echar mano como comodín entre otras lecturas. Pero he ahí que fue empezarlo y buscar darle cierta continuidad. Los temas y asuntos que trata no me entusiasman pero su personalidad, sí, la forma de verlos, de enfocarlos, de reflexionar sobre ellos, su sensibilidad, en definitiva, esa que ya me cautivara entonces.

La experiencia me ha hecho feliz, que un autor que creía superado haya regresado con fuerza, esta vez a través de sus ensayos. Hasta el punto de que hoy me planteo probar a leer El juego de los abalorios, la única gran novela suya que en su día dejé al poco de empezar y que, por tanto, me falta para encajar el puzzle. Aunque atenuada, como corresponde a mi edad actual, y adaptada al género literario del ensayo, he revivido algo de la fascinación que entonces sentí. Sí, podría afirmar que Pequeñas alegrías ha sido un poco el equivalente a Demian, esta vez ya en mi avanzada madurez.



“Hubo periodos en que el odio parecía ser la norma obligada, y el fanatismo la actitud a adoptar; el que no era capaz de tales fórmulas y actitudes, quedaba barrido de la actualidad”. (Saludo desde Berna, 1917).

“...pensaba que debíamos estudiar al pueblo chino como a un competidor de igual valía que nosotros, que podía ser nuestro amigo o nuestro enemigo, pero que en todo caso podía beneficiarnos o perjudicarnos enormemente”. (Recueros de Asia, 1914).

“Estamos en otoño, huele a marchito, a cabello gris, a jubileos, a cementerio”. (Otoño, naturaleza y literatura, 1926).

“Y justamente aquellos que se dicen más patriotas aplican la palabra vejatoria a los más nobles movimientos de la Alemania actual, a los ideales que evocan y suscitan algo diferente y mejor que una próxima guerra”. (Otoño, naturaleza y literatura, 1926).

“...la protesta del poeta contra el general, contra el banquero, contra el ingeniero, contra la máquina calculadora, la protesta del corazón contra la tosquedad y la pobreza de eso que hoy se llama vivir”.(Hacer las maletas, 1926).

“Tampoco sabía que a la vuelta de unos años vendría la guerra y destruiría y empobrecería nuestra vida y que la mayoría de sus participantes quedaría encandilada con ella, y una vez terminada estarían firmemente decididos a no sacar lección alguna”. (Recuerdo de un peregrinaje a pie, 1932).

lunes, julio 03, 2023

Homenaje a Jim Morrison

 

Durante la larga temporada en cuyo escaparate estuvo expuesto entre instrumentos musicales y partituras -porque no es como más tarde, que las novedades se empezaron a suceder unas a otras, entonces un disco así era una novedad en sí mismo; baste recordar que Franco aún no había muerto-, cada vez que pasaba por delante de La Casa de la Música toda mi atención se volcaba en la portada de un elepé. Retratado desde una posición baja, como si el fotógrafo estuviera ubicado a la altura de sus espinillas, mostraba en primer plano a un joven vestido con unos ajustados pantalones de cuero negro abrochados con un aparatoso cinturón y con una camisa de manga larga también oscura mientras con cada mano sujetaba un micrófono y el mástil al que iba unido, envuelto todo él en una intensa luz azul. Hacia el fondo, próximo a la fuente del destello luminoso que se esparcía por la imagen, se adivinaba el perfil de otro tipo que, de espaldas, sujetaba una guitarra y cuya voluminosa cabellera remitía por su textura a la de aquel otro músico al que más tarde vería en el cartel pegado en la fachada del instituto. The Doors. Live, era todo lo que aquella portada decía pero su profunda tonalidad, las poses de quienes en ella aparecían junto a su aspecto conformaban una estampa hipnótica que me anunciaba que allí había algo, fuera lo que fuera, que merecía la pena descubrir.

Breve fragmento del relato "Último deseo en clave de jazz", en homenaje a Jim Morrison en el 52 aniversario de su muerte.






sábado, junio 03, 2023

El turismo incipiente en la obra de Juan Goytisolo

 
Ofrece gran interés la obra de Juan Goytisolo en su aproximación a ese fenómeno hoy de alcance global y, al mismo tiempo, piedra angular de nuestro modelo de desarrollo social y económico, como es el turismo. En Para vivir aquí (1960), La isla (1961) y Fin de fiesta (1962), etapa que sirve de puente entre el realismo social de sus inicios y la fase más experimental con que a la postre ha quedado asociado, el autor barcelonés reflexiona sobre la llegada de los primeros urbanitas pertenecientes a los sectores acomodados de la sociedad franquista a localidades y parajes costeros del sur de España. Escenarios cuyas condiciones de vida han permanecido casi inalterables a lo largo del tiempo. ¿Quién no se ha preguntado al bañarse en alguna playa abarrotada el aspecto que tendría su entorno antes de sucumbir a las demandas del capital?, ¿quién no se ha proyectado disfrutando de alguno de esos parajes cuando aún permanecían vírgenes como si semejante privilegio bastara para poner la felicidad al alcance de la mano? Evocaciones inevitables al gozar de perspectiva y ser conscientes del destrozo al que han sido sometidos. De ahí el interés de la obra de Goytisolo, al centrarse en las evoluciones de aquellos visitantes privilegiados descritas en el tiempo en que se producían. El resultado no puede ser más desalentador, al revelarnos que aquellos privilegiados que estuvieron en condiciones de anticiparse al turismo masivo tampoco supieron abandonarse y disfrutar de aquellos entornos como merecían, más pendientes de las rencillas y envidias entre ellos, de sus miserias y mezquindades, como si constituyeran el germen del virus que acabaría por arrasar, tanto moral como físicamente, el supuesto paraíso.

Especial interés merece el relato El viaje, incluido en su libro Para vivir aquí, pues a diferencia de La isla y de Fin de fiesta, se centra en una pareja de visitantes que entra en contacto con los lugareños de un pueblo costero, y no tanto en las relaciones entre los propios turistas como ocurre en sus dos obras posteriores. -Creo que me quedaría a vivir aquí -es la reacción inicial de Dolores, tan previsible como inevitable, al contemplar el aspecto pintoresco de una pequeña localidad junto al mar. Ya durante su primer paseo constatan que no son los únicos visitantes, así como también que aquellos no son bien recibidos por los lugareños, tal y como les informa un hijo de la familia que les ha alquilado la habitación en la que se alojan, quien les acompaña en su primer paseo por el lugar. -Mejor que no hubiera ninguno… Para lo que gastan -dice al señalar un bar completamente vacío-. Vienen de Madrid a aquí a ahorrar… A lucir barato y a humillar a los otros -añade, como avalando la tradicional animadversión que los locales en tantos pueblos mostraron hacia los veraneantes antes de verse avasallados por su creciente presencia.

La primera impresión de los urbanitas no tarda en ser puesta a prueba al interesarse por las costumbres del lugar. -¿Dónde se meten las mujeres? En la calle no se ve ninguna -se interesa Dolores. -En sus casas -responde el joven-. La que sale fuera es mal vista -añade. -¿Y las solteras? -insiste ella. -Casadas o solteras. Es lo mismo -concluye él, dejando claro que el contraste en el estilo de vida entonces entre la ciudad y el pueblo es muy marcado, por no decir insalvable. A este respecto llama la atención que la pareja de visitantes se afana en buscar en las playas lugares recónditos donde tomar el sol desnudos, renunciando a ello al ser sorprendidos por algún lugareño. El joven les explica también que el pueblo fue rico durante una época, que llegó a tener mucha industria, pero que entonces los jóvenes que podían se marchaban a Barcelona, a Francia o a América huyendo del paro o de salarios de miseria.



Al quedarse sola, la pareja debate sobre las ventajas e inconvenientes del campo con respecto a la ciudad y convienen que a la larga uno y otro debían resultar embrutecedores por igual, impresión que se afianza con el transcurso de las jornadas: “Estábamos en el pueblo como entre los muros de una cárcel… La cola de las mujeres con las aguadoras, los madrileños avarientos, los pescadores interesados por las piernas de Dolores -el decorado se repetía todos los días”. Los esbozos neorrealistas en la descripción de la vida en el pueblo y de sus habitantes no tarda en ceder paso a una visión áspera, desmitificadora. Deciden entonces marcharse del pueblo para ir de un sitio a otro, sin quedarse en ninguno, pero tampoco esto les satisface: “Varias veces, al llegar por la noche a un pueblo, juramos acabar nuestra vida en él y, al día siguiente, lo abandonamos, expulsados por el hastío, el calor, la mala comida… Los lugares en que deseábamos vivir… eran perfectamente sustituibles y, pasado el primer momento de entusiasmo, nos fatigaban enseguida”.

-Comienzo a estar harta de todo esto -reconoce por fin Dolores-. La gente primitiva me aburre -añade, y su pareja, narrador a su vez de la historia, no puede por menos que darle la razón: -Sí, a la larga resulta fastidiosa -concluye. En un giro inesperado, no obstante, éste revela un rasgo de humanidad al reconocer que las carencias evidentes no están sólo en los lugareños: “Nuestro interés por la gente era meramente superficial y ocultaba, debajo, una crueldad e indiferencia profundas”, admite. La actitud característica de quien, por bienintencionado que sea, se acerca a un lugar contemplando únicamente las opciones para su disfrute personal; la actitud propia del turista, cabría decir. Eso sí, la pareja protagonista jamás alcanzaría a adivinar, mucho menos a entrever, que el germen del turismo, una vez arrasada la costa, con el paso de las décadas acabaría por cebarse con idéntico ímpetu también con muchas de las ciudades de las que provenían, y a las que antes o después acababan por regresar, dejando a sus descendientes sin escapatoria.