Me inclinaba a pensar que los acúfenos serían el producto de todas las cosas que en su día no dije, que callé, y que aún resuenan en mi mente. Enmohecidas por el paso del tiempo, desgastadas por la multitud de veces que las recreé en mi cabeza conformarían hoy un interminable e infatigable sedimento sonoro de innumerables capas y frecuencias que amenaza con dejarme sordo como venganza a todas aquellas ocasiones en las que guardé silencio y no debí hacerlo.
Javier Velaza, sin embargo, parece verlo de otra manera.
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