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lunes, septiembre 16, 2024

Accatone

Al revisar Accatone (1961), la ópera prima de Pier Paqolo Pasolini, me llamaron la atención cuatro aspectos:


El oído de Pasolini a la hora de recrear los diálogos y actitudes de los jóvenes lumpen de la peiferia romana.


Las localizaciones en entornos decrépitos de barriadas de condición miserable.


La muerte del protagonista reflejada sin el menor atisbo de drama o sentimentalismo, abrupta como el cerrar de una puerta.


La mutación en el significado de periferia, entonces sinónimo de descampados y barriadas miserables, embrutecidas; hoy, en buena medida sinónimo de rotondas y chalés adosados con jardín.


jueves, septiembre 15, 2022

Jean-Luc Godard


Si algo recuerdo de las películas tempranas de Jean-Luc Godard es que salían muchos personajes leyendo libros.

 





If there's something I remember from early Jean-Luc Godard films is that they showed many characters reading books.

martes, agosto 30, 2022

viernes, abril 15, 2022

Los 60



Los 60 viene a ser ese periodo que separa a La Pasión según Mateo (P.P. Pasolini) y Jesucristo Superstar (N. Jewison)



domingo, abril 03, 2022

Napoleón y Stanley Kubrick


Este montaje a partir de los libros que empleó para documentarse sobre Napoleón trata de replicar la magnitud del proyecto en el que se embarcó Stanley Kubrick. La película nunca se rodó.



domingo, septiembre 30, 2018

Todos lo saben

En un país tan contaminado por el debate político, más bien por su sucedáneo, como el nuestro no deja de entrañar cierto riesgo opinar sobre el estreno de una película española -en realidad una coproducción hispano-franco-italiana aunque con marcado sabor patrio por la lengua empleada, la procedencia del reparto y su localización- con pretensiones. Es sabido que la industria del cine en nuestro país despierta ojeriza en un amplio y vociferante sector de la población que la asocia con la propagación de un discurso progresista que rechaza. No digamos si además está protagonizada por dos de sus figuras más emblemáticas las cuales no sólo consiguieron el éxito y obtuvieron los premios más renombrados en Hollywood sino que además conforman una pareja. Que la película esté escrita y dirigida por un prestigioso director iraní no dejará de resultar un detalle prescindible, casi una anécdota, para esa gente dispuesta a mostrar de raíz su animosidad hacia la película y sus protagonistas. Al desprecio hacia un sector industrial y cultural que ven como entrometido se uniría la envidia y las acusaciones de hipocresía hacia aquellos a quienes hemos visto envueltos en oropel sin renegar de su compromiso de izquierdas.

Por todo ello me cuesta pensar que sea una mera casualidad la elección de la trama de la película Todos lo saben, dirigida por Asghar Farhadi, y protagonizada por Penélope Cruz y Javier Bardem: el secuestro de una adolescente concebida in extremis por ambos antes de que sus trayectorias se separasen la cual cae víctima del resentimiento, la envidia y la codicia de algunos de sus paisanos. Coincidencia o no, la tentación de plasmar un paralelismo entre los hechos narrados en la película y las vivencias de sus dos grandes protagonistas, respaldados eso sí por un reparto con las mayores garantías, es grande: sus vecinos les hacen sufrir y pagar un altísimo precio a fin de salvaguardar lo que es más querido para ellos dos pero el doloroso trance sirve también para revelar lo que les une ya de forma indisoluble y que se ve reafirmado al estar aquel que cuenta con margen de maniobra dispuesto a asumir el alto precio exigido.

El amor exaltado, aunque sea por vía latente en el caso de los protagonistas si bien la película nos ofrece la oportunidad de paladearlo en clave de juerga a través de una pareja interpuesta -la boda de la hermana de la protagonista es la excusa que le trae a ella y a sus dos hijos, sin la compañía de su marido, desde la Argentina donde vive- y la envidia, son dos pasiones universales que encuentran un buen anclaje en nuestra sociedad. En un pueblo de tradición vinícola situado en la España profunda en esta ocasión, que sirve como microcosmos a esa constelación de resquemores y secretos, camuflados con mayor o menor éxito tras las apariencias, que afloran con fuerza ante un suceso grave que obliga a cada cual a posicionarse y a revelar así su auténtica naturaleza.

Farhadi ya demostró en sus anteriores películas, sobre todo en Nader y Simin, una separación pero también en El pasado, su maestría a la hora de dibujar personajes complejos, con múltiples capas, las cuales se van deshojando a medida que la creciente complejidad de la situación, siempre de naturaleza traumática -un divorcio en el caso de las dos películas mencionadas- lo exige. Es lo que también sucede en Todos lo saben, con la peculiaridad de que el striptease emocional viene esta vez motivado por un suceso con naturaleza de thriller y los personajes a desnudar son esta vez más numerosos. Porque caracterizada por una intrincada trama en clave noir, y pese al protagonismo de Cruz y Bardem, la de Afghani es una película coral, sustentada en un amplio y sólido reparto que lejos de servir solo como apoyo a aquellos dos dispone de suficientes resortes narrativos e interpretativos -sobre todo en los casos de Barbara Lennie, Eduard Fernández, Elvira Mínguez o Ramón Barea- para brillar con luz propia.


Ningún personaje es neutral en Todos lo saben, lo que aporta consistencia a la trama a medida que se va revelando su situación aunque alguna de las capas lleve a tensar la credulidad a medida que se va revelando lo que hay debajo de ellas. En ese sentido, quizás el personaje más forzado sea el del marido argentino de la protagonista, protagonizado por Ricardo Darín, que adquiere cuerpo en la segunda mitad de la película una vez regresa de su país ante el trágico suceso. Al igual que sus habitantes, la incrustación foránea en el pueblo también se ve lastrada por su pasado, el verdadero protagonista de las historias de Farhadi, aunque en su caso víctima de sí mismo y no tanto de las consecuencias de su trato con los otros, como les sucede a los demás.

Ante la decisión de un director de renombre mundial de venir a España a rodar con actores españoles resulta difícil no acordarse de la experiencia protagonizada en su día por Woody Allen, curiosamente con la misma pareja protagonista -en su caso complementada con la presencia de Scarlett Johanson, quizás con la intención de facilitar su comercialización en los países de habla no española-, si bien Farhadi ya ha expresado que no tiene especial interés en seguir rodando en otros países -El pasado transcurría en Francia- y su intención es volver a centrarse en Irán. Si es así, hay que reconocerle su acierto en adaptar a nuestro país una historia cuya lectura es universal y hacerlo con una sobriedad formal que elude los tópicos, a excepción quizás de esas incrustaciones con aire de flamenco ligero que, por momentos, complementan la banda sonora compuesta por Alberto Iglesias.

Se puede concluir que la experiencia de Afghadi en nuestro país tuvo final feliz, todo lo contrario del de su película, tan abierto como profundamente inquietante. Bajo la aparente resolución de la tragedia, evitada in extremis gracias a un sacrificio personal, la corriente oculta y siniestra ya muta y se retroalimenta como un monstruo insaciable. 

Reseña también disponible en el número de octubre de agitadoras

martes, enero 16, 2018

Columbus

Película de espíritu independiente -recalcado por su presentación en el Festival de Sundance y por la participación de Parker Posey-, muy cuidada formalmente en paralelo a la arquitectura que caracteriza a la ciudad que le da título-, que encuentra su equilibrio en la asimetría que conforman las experiencias de sus dos protagonistas -en clara metáfora de la arquitectura del finlandés Saarinen-: ella americana y risueña, él coreano y ceñudo; ambos retenidos por la responsabilidad producto de circunstancias familiares pero vivida de manera opuesta en cada caso: la fragilidad de una madre inestable en el caso de ella, de un padre en coma, en el caso de él; la asimetría también de un escenario enclavado en el Medio Oeste norteamericano visto a través de la sensibilidad de una mirada oriental -el director de nombre inventado, Kogonada, es coreano-. Y, como guinda, una delicada banda sonora en clave "ambient" compuesta por Hammock.

En síntesis, esto viene a ser Columbus.






domingo, abril 02, 2017

Médem, Bajo Ulloa, Urbizu y De la Iglesia

Ante el estreno de la última película de Alex de la Iglesia me pregunté cuándo fue que renuncié a seguir esperando  una obra redonda, o al menos a la altura de su encumbramiento mediático, por parte del director bilbaíno y como a menudo sucede en estos casos me bastó pararme a pensar para sufrir un ataque de vértigo. Había pasado mucho tiempo: más de quince años. Desde 800 balas, he ido dejando pasar cada estreno de De la Iglesia sin que la fanfarria promocional que los envuelve hiciera la menor mella en mí. Tanta frialdad durante tanto tiempo, concluí, es equiparable sólo a la de quien ha sufrido un profundo desengaño lo que me animó a echar la vista atrás para tratar de identificar la naturaleza del mismo.

Recordé que en su día Alex de la Iglesia integraba un cuarteto que durante un tiempo pareció llamado a renovar de arriba a abajo un cine español necesitado de una buena sacudida. El grupo en cuestión lo completaban Julio Médem, Juanma Bajo Ulloa y Enrique Urbizu. Dicha selección no deja de ser un poco arbitraria ya que deja fuera otros nombres que podrían formar parte de la camada. Pienso en Icíar Bollain o Isabel Coixet aunque por distintas razones no pude seguir los inicios de sus carreras con la misma atención. Influye también el hecho de que los integrantes del mencionado cuarteto son vascos y compartimos generación  –por lo mismo podía haber incluido a Daniel Calparsoro cuya ópera prima, Salto al vacío, ofrecía una visión también rupturista y coincidente en el tiempo-, circunstancias que me los hicieron más próximos e interesantes. Sin duda, la trayectoria de cada uno de ellos ha sido singular pero si en algo han coincidido es en defraudar las expectativas que un día se puso en ellas, no ya por quien esto escribe sino por los medios y por la industria del cine español que contribuyó a lanzarlos.

El caso de Julio Médem destaca por su fulgurante ascenso y estrepitosa caída. El éxito crítico que acompañó a su trayectoria alcanzó el paroxismo con Lucía y el sexo, su quinta película, un fenómeno que no compartí. Visualmente potente e imaginativa, su estructura me pareció tan confusa que los momentos más intensos y logrados no conseguían salvar el conjunto. Ante las alabanzas llegué a pensar que el problema era mío hasta que un segundo visionado me reafirmó. Ya me había defraudado, de hecho, con su anterior película, Los amantes del círculo polar, tras las esperanzas concebidas sobre todo con La ardilla roja –irregular pero original e inquietante- y Tierra –también original y atractiva pese a su evidente desequilibrio- aunque quizá más por lo que en ellas se intuía o insinuaba que por lo que en realidad ofrecían si bien era innegable que en ellas se atisbaba una visión y un lenguaje propio. La recreación de la tradición vasca a través de una visión cainita que marcaría su debut en Vacas me había dejado frío pero fue precisamente su regreso al microcosmos vasco tras el éxito de Lucía y el sexo, esta vez en forma de ambicioso documental, a fin de ilustrar la complejidad del conflicto allí enquistado, en La piel contra la piedra lo que marcó el punto de inflexión en la trayectoria del director donostiarra. La decisión se reveló temeraria en un país y una sociedad harta, poco proclive a los matices respecto de un conflicto que solo parecía admitir una dicotomía: blanco y negro, buenos y malos. El hasta entonces intocable Médem no tardó en comprender el precio que conllevaba su osadía, más aún en una España gobernada con mano férrea por José María Aznar. Aun así, el desastre llegó con su siguiente película: Caótica Ana, un proyecto surgido del dolor personal tras la pérdida de su hermana en accidente de coche que por alguna misteriosa conjunción de factores concentraba en hora y media todos los defectos de su cine amplificados pero esta vez huérfanos de esos hallazgos que hasta entonces le habían permitido salvar la cara o incluso deslumbrar a los espectadores más impresionables, empezando por una escritura tan prometedora como desequilibrada y la idealización de su protagonista hasta límites inalcanzables para el espectador. El batacazo fue tan sonado que desde entonces, aunque apoyándose para sus proyectos en actrices de indudable atractivo, Médem no ha conseguido relanzar su carrera.   













La trayectoria de Juanma Bajo Ulloa es, por distintas razones, casi tan llamativa como la de Médem. Su debut, Alas de mariposa, una dura película de corte intimista y penetrante psicología femenina, supuso un campanazo y le llovieron premios y reconocimiento, dinámica que, aunque más atenuada una vez descartado el efecto sorpresa, tendría continuación con La madre muerta. En el caso del director vitoriano, el punto de inflexión llegaría con su tercera entrega: Airbag, un auténtico bombazo en taquilla gracias a una película que curiosamente refutaba de principio a fin el cine mostrado en sus dos primeras películas. La visión personal, áspera y claustrofóbica pero de enorme sensibilidad, dirigida a un público exigente, cedía de pronto paso al cine más gamberro, chistoso y palomitero. El giro fue tan brusco y el éxito tan arrollador en uno y otro caso tratándose de visiones contrapuestas, que al espectador atento sólo le quedaba o rendirse de admiración o mostrar su profundo desconcierto. Pero el triunfo aparente pronto dejó entrever su cara más amarga al trascender agrias desavenencias con la productora de la película respecto del reparto de los beneficios. Algo serio en cualquier caso debió pasar para que el máximo responsable de semejante taquillazo cayera en el ostracismo y se viera en enormes dificultades para volver a rodar otra película. Cuando ésta por fin llegó pasó prácticamente desapercibida. Frágil suponía un regreso a la visión más personal del director y éste volvía a mostrar su osadía en una producción lastrada por los escasos medios con que fue rodada. Al retomar pasado un tiempo el registro gamberro con Rey gitano, una vez superada la sorpresa que supuso Airbag y ante la impresión de encontrarme ante un remedo de aquella, mareado así mismo ante tanto bandazo arrojé la toalla lo que no ha resultado difícil ya que desde entonces, por alguna razón, no se ha prodigado.  

Si has llegado hasta aquí y aún tienes ganas, puedes acabar de leer el texto en el último número de agitadoras

sábado, febrero 04, 2017

velas / candles


Contra lo que pudiera parecer, la escena no la protagoniza Ryan O'Neal sino las velas (Barry Lyndon)


Contrary to what it may seem, the scene is not starred by Ryan O'Neal but the candles.

sábado, enero 28, 2017

Toni Erdmann

Toni Erdmann es la película más osada y arriesgada que he visto en el cine desde Las mil y una noches, la trilogía del director portugués Miguel Gomes. Aunque se vende como una comedia no me atrevería a calificarla como tal. Tiene momentos de hilaridad e incluso llega a provocar alguna carcajada pero es el suyo un humor desconcertante, amargo, rayano en la vergüenza ajena, por no decir alemán. Y pocas comedias alcanzan las casi tres horas de duración. Conviene subrayarlo para no crear falsas expectativas en el espectador.

Se trata más bien de una insólita exploración de las relaciones paterno-filiales a través de la figura de un padre solitario que da nombre a la película –no se menciona el paradero de su esposa- y de su única hija, dos seres de personalidades opuestas, incompatibles –él indolente y socarrón, ella tensa en su rol de ejecutiva ambiciosa y cosmopolita-, que apenas tienen contacto y son incapaces de comunicarse. Dicha frustración empuja al padre a tomar la iniciativa y a asumir un papel a caballo entre lo disparatado y lo surrealista en su desesperación por acercarse a ella.

El grueso de la película transcurre en Rumanía, donde ella trabaja destinada por su empresa de consultoría, y contiene una ácida crítica sobre la relación de desigualdad, casi depredadora, que se establece entre los países europeos más poderosos respecto de aquellos que se asoman al capitalismo tras haber permanecido en la órbita soviética. Resulta convincente el reflejo de la actitud displicente por parte de los occidentales hacia las carencias del país que les acoge temporalmente, así como el ambiente cínico y tenso en el que se desenvuelven los altos ejecutivos que buscan hacer negocios en dichos países.

La extraña y desconcertante naturaleza de la relación que se establece entre padre e hija durante la visita de aquel a Rumanía constituye el meollo de una película firmemente asentada en los diálogos y filmada con planos medios y cortos que, al carecer de una trama, camina de situación en situación por la más floja de las cuerdas durante casi tres horas para salir airosa en gran medida gracias al trabajo de sus dos actores protagonistas.




La directora y guionista de Toni Erdmann, Maren Ade, es, por cierto, la productora de Las mil y una noches y de Tabú, las dos películas más recientes del portugués Miguel Gomes.             

lunes, marzo 02, 2015

Nightcrawler

Además de ser un efectivo vehículo de entretenimiento por la vía del thriller con elementos de terror psicológico, la película Nightcrawler –el título no ha sido traducido al castellano pero literalmente vendría a significar: el que se arrastra/repta por la noche*-, debut como director de Dan Gilroy, despierta inquietantes interrogantes acerca de la vida en la sociedad actual, en la que la falta de oportunidades profesionales y la desesperación por salir adelante conforman un cóctel de alto voltaje de cada vez más difícil digestión para quienes aspiran a encontrar su lugar en ella. No en vano la película se abre con la entrega figurada de un currículum por parte de su protagonista, Louis Bloom, interpretado por Jake Gyllenhaal, un joven ladrón de poca monta que tras ser rechazado por el propietario de una chatarrería encuentra su oportunidad profesional grabando para una sensacionalista cadena de televisión sucesos ocurridos durante la noche en la ciudad de Los Ángeles.  
    
Así, Nightcrawler constituye una exitosa, en apariencia, película de superación personal –Louis proporciona a la cadena de televisión un material cada vez más arriesgado y valioso a la vez que se gana la consideración de sus figuras y ve rápidamente crecer su carrera y sus emolumentos- si bien por las razones equivocadas: la absoluta falta de empatía del protagonista hacia sus semejantes, empezando por su propio colaborador, un necesitado joven de color que le hace de copiloto por las calles de la ciudad a fin de llegar cuanto antes a los escenarios donde ha saltado la noticia, además de las víctimas de los accidentes o los colegas-rivales con los que se disputa ser el primero en grabar las imágenes.     

Más allá de la sordidez de una actividad alimentada sin el menor escrúpulo por las cadenas de televisión, lo que distingue a Nightcrawler de otras películas de denuncia es el perfil psicológico del que hace gala su protagonista. Un psicópata y consumado manipulador armado con una férrea determinación cuya visión ha sido enteramente construida a partir de manuales para el éxito profesional consultados en internet, cuya misión vital viene a suplir las carencias emocionales que le han abocado a la soledad en la gran ciudad.

Por su funcionalidad, por su capacidad para desenvolverse con éxito en un escenario sórdido pero socialmente aceptado y económicamente rentable, el perfil de psicópata que ofrece Nightcrawler resulta más efectivo que el de su ilustre predecesor, Patrick Bateman, el protagonista de American Psycho, el cual resulta abstracto en comparación. El único ser vivo hacia el que Louis muestra un poco de cariño desinteresado es una planta situada junto a la única ventana de su apartamento por la que entra un poco de luz natural a la que vemos regar en repetidas ocasiones. Y es que, formal y conceptualmente, Nightcrawler es una película oscura, casi toda ella transcurre por la noche –el personaje de Jake Gyllenhaal, adelgazado para la ocasión, pálido, ojos prominentes en su chupado rostro, recuerda a un vampiro-.

Aunque la película tiende a subrayar en exceso los elementos clave en su desarrollo mantiene su efectividad gracias a una sólida trama que conjuga el thriller con el terror psicológico y a la solvente interpretación de Gyllenhaal –su transformación, con drástica plasmación física incluida, es de las que encandila a los académicos si bien está por ver que un personaje tan siniestro, más aún al tratarse de un papel protagonista, pueda ser reconocido con un gran premio en Estados Unidos- , bien secundado por René Russo, en su papel de curtida directiva de la televisión, y por Bill Paxton.

En su turbiedad, con crítica implícita al sistema –el marketing y el afán de superación personal son mitos cuasi-religiosos en aquel país-, Nightcrawler remite a ciertas películas incómodas de principios de los setenta en Estados Unidos. A la salida, el espectador no puede evitar preguntarse si lo que ha visto no será una tenebrosa metáfora de la sociedad actual, una especie de paranoia orwelliana en la que los medios de comunicación y la lógica del beneficio sin contemplaciones han ocupado el lugar que tradicionalmente se asignaba al omnipotente Estado, un ecosistema en el que los psicópatas no tienen nada que perder y sí todo por ganar.

*Además de reptar o arrastrarse, otras acepciones del término “crawl” remiten a la idea de tener o sentir el cuerpo cubierto por gusanos o insectos y también a la de ganarse el favor de un superior jerárquico buscando la manera de complacerle o haciendo pequeños trabajos en su beneficio. Ambas son igualmente aplicables al sentido de la película.





   
Si lo deseas, puedes leer la reseña también en el último número de la revista digital agitadoras

sábado, febrero 21, 2015

Gran coral, La noche americana


Gran Coral de La noche americana, de Francois Truffaut, compuesta por el gran Georges Delerue.

miércoles, octubre 01, 2014

Boyhood

Resulta paradójico que de un estado en apariencia tan conservador como Texas hayan surgido dos de los cineastas más originales y audaces en la actualidad. Me refiero a Terrence Malick y a Richard Linklater, dos directores con una dilatada trayectoria a sus espaldas y una innegable atracción por el riesgo –sin despreciar, como buenos norteamericanos, la vertiente comercial de su trabajo, sobre todo en el caso del segundo- o, lo que es lo mismo, por apostar por su propia visión sin concesiones como creadores sin desdeñar la tradición del cine europeo.

La reflexión previa viene a cuento porque se acaba de estrenar en nuestro país Boyhood, el último trabajo de Linklater, conocido hasta ahora sobre todo por su trilogía: Antes del amanecer/atardecer/anochecer, protagonizada por Julie Delpy y Ethan Hawke –éste repite ahora en el papel de padre del protagonista-, su proyecto más personal al menos hasta la entrega de su última película.

Lo más sorprendente, y publicitado, de Boyhood es el hecho de que la película fue rodada a breves intervalos con los mismos actores durante un periodo que engloba doce años. El protagonista es un niño –protagonizado por Ellar Coltrane- a quien vemos crecer en la pantalla desde que tiene seis años hasta que alcanza los dieciocho e ingresa en la universidad –el desenlace de Boyhood entronca así con una película de la primera etapa de Linklater: Dazed and Confused, obra de culto que retrataba la desenfrenada noche de un grupo de alumnos tras la graduación en un instituto texano-. Somos así testigos directos de los profundos cambios –respecto a los físicos, desde luego, no habíamos visto nunca antes algo así en el cine- y de los retos que conlleva esa etapa de la vida que da título a la película, por cierto sin traducción literal a nuestra lengua, vista a través de los ojos del sensible y un tanto introvertido protagonista.

Ese factor, que constituye un innegable signo de audacia –tardaremos en ver algo parecido- y que se ve plenamente justificado por el sentido de la historia que se relata, no debería sin embargo ocultar los otros muchos elementos que hacen de Boyhood una película excepcional, empezando por el guión escrito por el propio director, el cual no solo logra captar el proceso con verismo sino que aúna en una sola película muchas de las motivaciones y obsesiones apuntadas por Linklater en sus trabajos previos.

Así, la experiencia de crecer en una familia disfuncional –los padres están separados y los niños han quedado al cuidado de la madre, sujetos a los aciertos y errores en sus decisiones vitales, y a la convivencia intermitente con un padre un tanto tarambana-, sometida a una constante movilidad geográfica si bien siempre dentro del estado de Texas, víctimas de ese desarraigo tan típicamente americano que obliga a quienes lo sufren a desarrollar una gran capacidad  de adaptación, viene acompañada de una multitud de elementos que son ya marca de la casa de Linklater: unas pinceladas de existencialismo asequible, en este caso, y a diferencia de lo que ocurría en su película Waking Life, apto para todos los públicos, una especial sensibilidad hacia las pulsiones creativas (el talento solo puede ser un punto de partida a la hora de desarrollar una carrera artística), la música rock como elemento de identidad (un tema ya explorado en SubUrbia y Escuela de rock), la ambivalencia de Texas como un estado en el que la más rancia tradición convive con lo alternativo y una querencia por desentrañar los misterios de la juventud y su disolución en la edad adulta teñida de una dulce melancolía.

Boyhood sería en esencia lo que en literatura se conoce como un bildungsroman, una novela de formación, aunque enriquecida al englobar a los otros miembros de la familia del protagonista lo que nos permite atisbar también la exigencias de la paternidad/maternidad: una madre, protagonizada por Patrica Arquette, sacrificada, luchadora, con afán de superación pero con poco ojo a la hora de escoger a sus parejas, abocada a la soledad; un padre –Ethan Hawke- un tanto disoluto, imprevisible, contradictorio, que sin embargo no ceja en la relación con sus hijos, y una hermana mayor que aporta complicidad cuyo papel es protagonizado por la hija del director.

Tratándose de Linklater, la banda sonora de la película compuesta por canciones de prestigiosas bandas norteamericanas tiene entidad propia si bien el uso que hace de la misma resulta bastante comedido y, a tono con el carácter del protagonista, tiende hacia el intimismo. 


sábado, julio 12, 2014

El ángel Esmeralda - Don Delillo

Las nueve historias que conforman el libro El ángel Esmeralda, la primera colección de relatos publicada por Don Delillo, casi una anomalía en la larga trayectoria del ya veterano escritor neoyorquino, no se desmarca de sus obsesiones y escenarios habituales: seres humanos a merced de las circunstancias, a menudo norteamericanos que se encuentran fuera de su hábitat natural  (sea una precaria profesora norteamericana en una Atenas sacudida por fuertes terremotos, una pareja sometida a imprevisibles esperas en un lugar exótico debido a la repetida cancelación de vuelos) o confinados por las circunstancias en escenarios delimitados (cápsulas espaciales, prisiones, campus universitarios, museos o minúsculos apartamentos). Seres diversos forzados a compartir un espacio, una circunstancia, o que buscan interactuar –a menudo con torpeza- con otros seres a fin de espantar su soledad.

El hilo recurrente de los nueve relatos es la incomunicación, la imposibilidad de conectar plenamente con el otro, con el extraño: sea la huidiza muchacha sin techo, Esmeralda, por parte de la monja que lleva a cabo obras de beneficencia en el Bronx (un relato que, sospecho, fue literalmente extraído de Submundo, la obra más extensa de Delillo, pese a que ello no se menciona en el ejemplar que leí); el viejo que camina y al que con su imaginación tratan de dotar de un sentido los dos estudiantes de lógica en Medianoche en Dostoievsky; la mujer que asiste a las salas de cine y a la que se sigue obsesivamente por Nueva York; su compañero de celda o su propia familia por parte del recluso; su pareja o una desconocida por parte del turista a merced de una caprichosa línea aérea local; o entre sí por parte de los dos astronautas en misión bélica.

Seres conscientes de sí mismos, de sus flaquezas, alienados, siempre en búsqueda aunque ni ellos mismos saben muy bien de qué, presos de una fuerte inquietud que les empuja al extravío, a caer en conductas impredecibles que desafían a la lógica y a la postre revelan sus limitaciones. Todo ello envuelto en un vago cosmopolitismo.  



En el momento culminante del último relato –The starveling (título de compleja traducción)-, el cual gira en torno a dos seres que frecuentan salas de cine, a menudo a horas poco habituales, el protagonista, tras seguir por Nueva York durante horas a una mujer con la que ha coincidido en una sala,  al tratar de entablar contacto con ella rememora con cierto detalle las circunstancias en las que diez años antes vio una determinada película japonesa que dura tres horas y media basada en el secuestro de un autobús y el trauma que tal hecho provoca en dos niños y el vínculo que a raíz de ello establecen con el conductor, en una sala de cine, mal atendida, situada en los bajos de una macrotienda de artículos musicales. Recuerda que aquella vez, al igual que en esta ocasión, los surtidores de agua no funcionaban y por ello no se pudo lavar las manos, que es la razón por la que ha entrado en el lavabo de señoras tal y como explica a la mujer –asustada- a la que ha hecho objeto de sus seguimientos. 

Lo sorprendente es que también yo vi dicha película -duró muy poco en cartelera- y en la misma sala a la que alude el protagonista del relato, la cual, por cierto, estuvo casi vacía durante la proyección. Se hallaba en los bajos, en el sótano, de la macrotienda que Virgin, la multinacional de artículos relacionados con la música, tenía situado en pleno Times Square. La película –casi una experiencia emocional más que un simple film- está rodada en blanco y negro, se titula Eureka y su director es Shinji Aoyama. Dura 217 minutos.  http://www.filmaffinity.com/es/film639522.html 

Jamás había experimentado una forma más efectiva, más inmediata y poderosa, amén de original, de introducirme en un relato.



El ángel Esmeralda está editado en España por Seix Barral

lunes, junio 23, 2014

Solo los amantes sobreviven / Only lovers left alive

La peculiar incursión de Jim Jarmusch en el género de vámpiros a través de su última película, Solo los amantes sobreviven, confiere, como cabía esperar, a dichas criaturas una identidad estilosa y cool. Rodada a caballo entre un Detroit decrépito y un Tánger decadente, cada escena envuelta en penumbra, Jarmusch hace un canto a la cultura -sea ésta alta o pop- y al romanticismo como leitmotiv de unos seres longevos, con parámetros propios, vulnerables por su adicción o su condena al placer de la sangre, a los que solo la desesperación les empuja a convertirse en una amenaza para los humanos. Como en otras películas suyas es la banda sonora la que da el tono. Al margen del atractivo de su propuesta, de su atmósfera gótica-hip, de sus actores -algunos de ellos fetiche, como Tilda Swinton o John Hurt-, la película llega a buen cuello porque evita la tentación de tomarse demasiado en serio.


viernes, junio 13, 2014

La oficina


Al género al que pertenece este vídeo se le denomina vídeo-ensayo. Es un trabajo del director de cine, Leon Siminiani, que data de 1998. Se trata del primero de una serie denominada: Conceptos clave del mundo moderno. Ofrece una visión personal, aguda y tiene sentido del humor. Y, bueno, hay un componente en él que me toca muy de cerca en el plano personal aunque esa ya es otra historia.

martes, mayo 13, 2014

Otxo apuntes sobre la película Ocho apellidos vascos

Al final, espoleado por una madrileña, me acerqué -un poco reticente pero abierto, con disposición de pasar un buen rato; tal y como se han puesto los precios, ir al cine con otra actitud no tiene demasiado sentido- a ver la película que ha causado sensación estos últimos meses.

Si lo deseas, puedes leer el texto con mis reflexiones sobre la misma en el número de mayo de la revista digital de agitación cooltural: agitadoras

miércoles, mayo 07, 2014

Frances Ha y Oh Boy

La casualidad ha querido que coincidan en las carteleras españolas  Frances Ha y Oh Boy;  aunque distantes en origen, dos películas mellizas, casi siamesas, breves –su duración no llega a la hora y media- que se dirían creadas para conformar una interesante sesión doble. Rodadas en blanco y negro con espíritu independiente en un ambiente urbano –Nueva York, con una breve escala en París, y Berlín, respectivamente-, con cuidadas, trabajadas, bandas sonoras –con visibles guiños a George Delerue, autor emblemático de la Nouvelle Vague, la Nueva Ola francesa, aunque basada en el pop-rock la una; forjada en el jazz la otra- ambas se centran en las circunstancias de dos jóvenes inconformistas cuya actitud vital les plantea serios problemas de encaje con la realidad y con las expectativas que parece ofrecerles la sociedad en la que habitan.

Seres no aptos para entablar relaciones sentimentales significativas –la protagonista de Frances Ha se autodefine en repetidas ocasiones como “undateable”, como alguien incapacitada para las citas amorosas (el término es traducido en la versión subtitulada de forma libérrima como “espantapájaros”) más allá de la relación platónica que mantiene con la compañera de estudios con la que comparte vivienda y cuyo traslado a un barrio más caro sirve de motor a la acción-, refractarios a las exigencias del mercado laboral, distanciados de sus padres, a quienes vemos embarcados en una huida hacia adelante.

Hasta aquí las similitudes porque si bien la protagonista absoluta de Frances Ha tiene sus ambiciones profesionales fijadas en la danza y su perfil es activo, apasionado, exuberante y “career-oriented” –su principal objetivo es insistir y triunfar profesionalmente en la difícil disciplina que ha elegido-, el del protagonista de Oh Boy –protagonizado por Tom Schilling bajo la dirección de Jan Ole Gerster-, por el contrario, es lacónico y nihilista; solo parece ser capaz de identificar lo que no quiere. Un reflejo ligeramente estereotipado, quizás, de las dos ciudades y de las culturas que uno y otro encarnan.























Mientras aquella –protagonizada por Greta Gerwig, a la vez coautora del guión junto con su marido, el director Noah Baumbach- ejerce como protagonista absoluta equipada con una gracia –plasmada tanto en su carácter como en su expresión física- un tanto “goofy”, fundada en una torpeza voluntariosa y desinhibida llamada a despertar una simpatía no exenta de irritación, que remite al “slapstick”; el otro desde su circunspección actúa más bien como testigo indolente, como correa de transmisión de las miserias de quienes se encuentra a su alrededor –una actor en paro, una antigua compañera de colegio traumatizada por una infancia con sobrepeso de la que, curiosamente, busca redimirse a través de la danza- así como del trágico pasado de su propia ciudad –el nazismo se le aparece representado primero como farsa y luego como un vestigio de cruda realidad a punto de disolverse para siempre-.

Dos películas que, desde perspectivas distintas, reflejan la precariedad, la incertidumbre, la creciente desesperanza en la que se desenvuelven los jóvenes en la actual sociedad occidental –en ambas ocupan un rol destacado las mudanzas entre viviendas- y la creciente dificultad para conciliar sus aspiraciones a una realidad cada vez más cruda y descarnada. 


Esta reseña está también disponible en el último número de la revista digital de arte y pensamiento espacioluke 

lunes, diciembre 16, 2013

La gran belleza



La decadencia romana es un clásico en materia narrativa, un motivo fértil e imperecedero que ha alimentado la imaginación de artistas durante cerca ya de dos mil años. Y en ella se zambulle la última película de Paolo Sorrentino, “La gran belleza”, desde un enfoque actual que bebe de Federico Fellini –La dolce vita y Roma son dos referencias ineludibles- y de otros grandes maestros italianos, pero que también reparte guiños a creadores más actuales –basta, por ejemplo, ver el intencionado cameo protagonizado por la actriz francesa Fanny Ardant que remite al de Jennifer Beals, la actriz de Flashdance, en la película de Nanni Moreti: Caro Diario-.  

Una oda a la ciudad de Roma a través de la figura de un escritor y periodista –un Jep Gambardella que inevitablemente remite a un Marcello Mastroianni más maleado, hastiado, acorde con los tiempos que corren- que acaba de cumplir sesenta y cinco años. Un personaje desencantado, cínico, prisionero voluntario que se ha rendido al oropel de la escena más sensual y hedonista de la ciudad. Uno de esos tipos que, salvo dormirlas, no saben qué demonios hacer con las mañanas, pero acostumbrados a moverse con la agilidad y decisión de un gato entre las sombras de madrugada.  



Un personaje prisionero de sí mismo, de su malditismo –publicó una novela de éxito en su juventud pero no ha sentido la motivación de escribir desde entonces-, como resignado a perpetuar su propia leyenda, interpretado por Toni Servillo, el actor fetiche de Sorrentino, que actúa como maestro de ceremonias y nos guía por un escenario inagotable que acoge desde lo hortera y lo vulgar a lo sublime, una amplia gama de tonalidades, de registros que a su vez tiene un nítido reflejo en la banda sonora.

La película –larga, casi dos horas y media- avanza como una sucesión de escenas sin un argumento claro. La trama se crea por acumulación a través de los retratos de los amigos/as de Jep, seres privilegiados pero descontentos, demasiado pendientes de sí mismos, que a duras penas tratan de espantar su inevitable decadencia. Aunque en esta ocasión, ya lo hizo a fondo en Il divo, basada en la incombustible figura de Guilio Andreotti, Sorrentino no toca la política –si acaso, lo hace de pasada, dando a entender que en su día los protagonistas tuvieron ideales y un cierto compromiso con una opción ideológica progresista-, sí cabe en ella la religión, la Iglesia, como un contrapunto extremo, enigmático, un tanto surreal, al desencanto reinante, aún así capaz de cohabitar con tanto desenfreno.      

El libro escrito por el Jep joven sirve de metáfora a una ciudad –Roma- bloqueada, paralizada por su exitoso pasado, por el peso, el fruto, de una larga Historia bien sedimentada a lo largo de los siglos en cuya gloria resulta imposible no regodearse. ¿A qué cabe aspirar cuándo las mayores cuotas de belleza, de lujo y de crueldad ya han sido alcanzadas y cuyos vestigios insuperables nos rodean a fin de recordárnoslo un día tras otro?

La gran belleza es, en definitiva, una visión osada, fantasiosa, un tanto grandilocuente, siempre ambivalente, agridulce, sobre la fugacidad de la vida y la necesidad de aferrarse a los preciosos destellos de belleza sincera que ésta ofrece como inútil antídoto al ruido, a esa cháchara inútil que siempre nos rodea pero que siempre se disuelve y de la que a la postre no queda nada. Solo Roma pervive, la ciudad eterna.