martes, diciembre 14, 2021

La familia Manzoni, Natalia Ginzburg

La familia es el asunto central sobre el que gira la obra de la escritora italiana de ascendencia judía Natalia Ginzburg y, como su propio título lo explicita, así es también en la penúltima novela que escribió: La familia Manzoni, publicada en 1983. Se trata en este caso de una novela epistolar, fórmula ya puesta en práctica por la autora diez años antes en Caro Michele, basada en la relación entre una madre y su hijo inmerso en las turbulencias socio-políticas de los “años de plomo” italianos, historia adaptada al cine por Mario Monicelli en la película del mismo nombre. La particularidad en este caso es que la novela se construye en torno a la correspondencia real mantenida por los miembros de la familia del escritor Alessandro Manzoni, complementada con la de algunas personas que gravitaron en torno a ella así como con el diario escrito por Vittoria, la más longeva de sus hijas.

Alessandro Manzoni, poeta y novelista, destacado representante del Romanticismo italiano y símbolo cultural de la reunificación de aquel país, tuvo ocho hijos, tres varones y cinco hembras, con su mujer Enrichetta. A través de la correspondencia intercambiada por todos ellos, incluida la abuela Giulia, nos introducimos en el ámbito privado, doméstico, de su familia. El principal asunto sobre el que gravita ésta en el caso de las mujeres, y hasta cierto punto también en el de los hombres, es la salud. El propio Alessandro sufrió ya desde muy joven por su frágil estado nervioso que condicionó sus hábitos -no fue en toda su vida capaz, por ejemplo, de salir a dar un paseo él solo y padecía una tartamudez- pero la palma a este respecto se la llevaban unas mujeres abocadas a dar a luz una y otra vez independientemente de su estado de salud. La propia Enrichetta murió cuando su última hija, Matilde, era apenas un bebé, quien a su vez moriría apenas cumplidos los 26 años. Otras dos de ellas, casadas con hijos, morirían antes de cumplir los 30. En este sentido la novela sirve de recordatorio de la alta mortalidad padecida en aquella época así como del estado de la medicina entonces. La enfermedad, real o imaginaria, era protagonista absoluta, como en el caso de Teresa, la segunda mujer de Alessandro Manzoni, cuyo delicado estado de salud, supuesto o no, le servía para someter a cuantos se hallaban a su alrededor.

Esa debilidad congénita a los padres resultaba en el distanciamiento respecto de unos hijos e hijas a quienes no podían dedicar la atención que merecían por lo que a menudo enviaban a estudiar a internados. La falta de afectos y de cuidados en el caso de las hijas era compensado dedicándose unas a otras, adoptando las mayores a alguna de las pequeñas una vez casadas. De ahí también la importancia de un matrimonio afortunado pues de él en gran medida dependía su destino. La distancia respecto al padre se traducía en devoción hacia su figura a medida que las circunstancias les llevaban a alejarse físicamente de él sin haber apenas gozado de su compañía en la niñez. Esa necesidad afectiva se acentuaría a raíz de su segundo matrimonio dado el desapego que Teresa, su segunda mujer, sentía hacia sus hijastros. Bienestar en el plano material por nacimiento pero orfandad en clave emocional como, en definitiva, a menudo sucede en las familias acomodadas.

En el caso de sus tres hijos, la correspondencia con el padre y entre ellos se centra en el dinero -angustiosas también las reclamaciones al padre por parte de la siempre convaleciente Matilde a fin de restituir a los parientes que la acogieron los gastos por sus constantes tratamientos-. Los dos más pequeños, Enrico y Filippo, tienen dificultades para valerse por sí mismos y sacar adelante a sus respectivas familias mientras que el primogénito se erige en el transmisor de la voluntad del padre y su personalidad se mimetiza con su figura a medida que, con el paso del tiempo, éste se siente más cansado por la situación. El cuadro se complementa con la relación epistolar entre Teresa y su querido pero voluble hijo Stefano, procedente de su primer matrimonio, así como la mantenida por el propio Alessandro y otros miembros de su familia con parientes y allegados, o con figuras del ámbito cultural relacionadas con sus proyectos de escritura en el caso de aquel.

De todo ello emerge un completo fresco de las condiciones de vida de una familia burguesa en el norte de lo que hoy es Italia en el siglo XIX. Con Milán como centro, la historia se ramifica hacia los pueblos próximos donde el matrimonio poseía propiedades en las que se alojaban durante largas temporadas, y con excursiones a la costa en torno a Génova para darse esos baños de mar tan aconsejados por los médicos de la época a fin de robustecer la salud, y a la Toscana donde se hablaba el italiano que Manzoni buscaba reproducir en su obra y donde se asentó su hija Vittoria a raíz de su matrimonio. Así mismo, a través de la actividad del escritor, emerge el ambiente cultural de la época con sus derivaciones artísticas, religiosas, literarias y, en última instancia, políticas con la resistencia al dominio austriaco y la unificación del país.

El discurso de la época propio de ambientes cultos junto a los usos y costumbres expresados a través de la correspondencia en un estilo formal pero efectivo hacen de La familia Manzoni una lectura exquisita. La narradora, fiel al estilo desarrollado por Natalia Ginzburg en su obra, adopta un papel sutil, discreto pero efectivo al ligar los contextos en los que encuadrar los textos extraídos de las cartas. Si acaso, sólo en el último tramo se permite introducir algunos juicios de valor que en lugar de verse como una intromisión sirven de apoyo a fin de enmarcar las circunstancias de los últimos personajes sobrevivientes.

Resulta llamativo que La familia Manzoni sea la única novela de Natalia Ginzburg aún pendiente de ser traducida y publicada en España. Cabe pensar que las editoriales hayan estimado su temática demasiado doméstica, “troppo italiana”, dada la estatura adquirida por la figura de Alessandro Manzoni en aquel país. Nada más lejos de la realidad. Con la singularidad de que la traslación de lo particular a lo universal se centra en este caso en una familia de renombre en un determinado contexto histórico cuyo legado ha sido posible reconstruir a través de sus escritos, la novela ofrece una original y precisa disección del conjunto de relaciones y afectos que componen una familia y complementa con brillantez la obra de una gran escritora.





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