Así como hay estadios de fútbol en los que un determinado equipo pierde siempre o castañas que sin venir a cuento salen malas, se constata la existencia también de locales comerciales que nunca funcionan, como si por alguna razón no les diera la gana. Espacios bien ubicados que en nada se distinguen de otros situados a su alrededor ocupados por negocios bien establecidos de muy larga duración pero que, sin embargo, por algún misterioso motivo que nadie es capaz de precisar justo en ese lugar nunca acaban de prosperar. Su teórico buen emplazamiento garantiza el que los negocios se sucedan en él con la particularidad de que ninguno de ellos se consolida, desde luego no en comparación a aquellos otros que ocupan la misma calle.
Si estoy familiarizado con tan desconcertante fenómeno es porque una de esas lonjas malditas se situaba en el espacio adyacente al portal del piso en el que viví durante mi infancia y juventud. Ubicada en una calle céntrica de Bilbao, nada en apariencia la distinguía de las otras con las que compartía acera salvo que, a diferencia de éstas, en ella los distintos negocios que la ocupaban se sucedían con llamativa regularidad. Quienes vivíamos próximos a ella nos dábamos cuenta de la circunstancia, una de esas que se comenta en alguna comida familiar al coincidir con el enésimo traspaso de negocio, no así quienes procedían a alquilarla, comerciantes no tan familiarizados con el entorno incapaces de advertirla al no existir a simple vista elemento alguno que permitiera distinguirla, o desdeñosos en caso de haberles llegado algún comentario que a buen seguro no dudarían en tildar como habladurías.
El caso es que este último verano pasé unas horas en Bilbao, algo que tengo la oportunidad de hacer con mucha menos frecuencia de lo que me gustaría, y tal y como acostumbro cuando se da la circunstancia aproveché -ay, la nostalgia- para acercarme a la calle donde se encuentra aquel piso en el que viví, y esto es lo que me encontré al pasar por el infausto local situado al lado de mi antiguo portal...

2 comentarios:
También éste, después de tanto tiempo sin ir por Bilbo, podría ser por jubilación. Ha pasado mucho tiempo. O por *fallecimiento.
Lo expresa el cartel bien claro: * LIQUIDACIÓN
Y, y sabes, hay muchos tipos de lisis; por cierre, por autólisis, o por haber hecho mutis por el foro...o forro. Vaya usted a saber.
Feliz año 26; o Feliciaño como aquel cantante
:))´
[PD: Sí, es curioso; siempre hay un local que en algún lugar no termina de cuajar. Algunos suelen ser porque no tienen bien la salida de humos (y olores)
Lo de LIQUIDACIÓN, sí, debe ser porque se trata de comercios líquidos, que diría Zygmunt Bauman -aún me cuesta creer que citara a este sociólogo polaco en una entrevista de trabajo en la que, claro, no me cogieron pese a superar los tests y pruebas correspondientes-, en el sentido de provisionales, efímeros, fluidos.
Respecto a José Feliciano, escucharle cantar Feliz Navidad por la televisión durante una Nochebuena en Queens fue uno de los momentos en los que creo de verdad haber tocado fondo en esta vida mía. Nada personal, sencillamente no estaba preparado.
Que los hados te sean propicios en lo que queda de año, Bricd'
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