domingo, enero 15, 2017

cuesta de enero


Se calcula que este año la cuesta de enero presenta un desnivel del 21%.

jueves, enero 12, 2017

lunes, enero 09, 2017

Saliendo de la estación de Atocha

Acostumbrados a leer libros en los que autores españoles de la más variada condición  describen sus experiencias en Estados Unidos y nos transmiten sus impresiones sobre aquel país –tan abundantes son los ejemplos disponibles que casi constituyen un género en sí mismo, al cual también este reseñista añadió su particular granito de arena-, la novela Saliendo de la estación de Atocha, de Ben Lerner, (Random House, 2013) ofrece un contrapunto, una refrescante anomalía en la medida en que nos invita  a indagar en las experiencias y la visión de un norteamericano que ha recalado en nuestro país, en concreto en Madrid.

Adam es un joven estudiante y poeta embarcado en un proyecto de investigación sobre el legado literario de la guerra civil española gracias a la obtención de una prestigiosa beca ofertada por una institución de su país, lo que le permite gozar de una estancia en Madrid alojado en un pequeño apartamento en la Plaza de Santa Ana. Su exposición al contraste cultural, sus dificultades para comunicarse dada su inseguridad al expresarse en la lengua nativa junto a su interés por la poesía –el influjo de John Ashbery planea sobre la novela- le invitan a desgranar abundantes reflexiones sobre el lenguaje, la comunicación, la traducción y el acto creativo. Dada la biografía de Lerner, cabe pensar que la premisa de la novela está basada en su experiencia personal.

Pero es la compleja personalidad del protagonista la que se adueña de la historia y le permite eludir el riesgo de caer en el cliché. Adam resulta ser un joven desequilibrado psicológica y emocionalmente: adicto a los ansiolíticos, dado al autoengaño, compulsivo, víctima de ocasionales ataques de pánico, gran aficionado a los porros y al alcohol. Un tipo profundamente inseguro, siempre a la defensiva, que se siente puesto a prueba en todo momento, sea por la responsable en Madrid de la institución que le ha otorgado la beca, por la sospecha de su falta de talento que le empuja a sentirse un fraude y, en especial, por Isabel y Teresa, las dos mujeres con las que establece una relación sentimental.

Es en su relación con ellas, siempre suspendidas en la indefinición, en la ambivalencia, dada la ausencia de un compromiso firme, donde sale a relucir el Adam más inmaduro, más imprevisible y atolondrado, en especial durante las breves e improvisadas escapadas que hace con una u otra a Toledo, a Granada y a Barcelona. Ante las mujeres no duda en comportarse en ocasiones como un auténtico farsante, siempre en la sospecha de que son ellas las que en última instancia juegan con él. Es quizás éste el aspecto que requiere una mayor complicidad por parte del lector en la medida en que la caracterización de dichas mujeres así como la relación que entabla con ellas se antojan idealizadas.

La trama se sustenta principalmente en el discurso, en la visión un tanto desquiciada del protagonista, ya sea por las carencias de su personalidad, por la dificultad añadida de comunicarse en una lengua que no es la suya lo que da lugar a malentendidos, reales o potenciales, que acrecientan su inseguridad y por tener que desenvolverse en una cultura ajena. Un discurso presentado en primera persona y en tiempo pasado.
El atentado del 11M y sus repercusiones políticas ayudan al lector a situar la historia en el contexto histórico al tiempo que otorga una pátina de crudo realismo a las vivencias de Adam, como si fuera el detonante que de forma inconsciente le empuja a superar su permanente estado de indecisión, su inmadurez y a reafirmarse respecto a su lugar en su país de acogida y también como poeta desde la aceptación de sus limitaciones.         

Estamos, por tanto, ante una novela híbrida que contiene elementos propios del relato de formación en tono de sutil comedia, con un personaje desequilibrado en clave anti-héroe que incurre en comportamientos de una cierta picaresca a la americana a fin de desenvolverse en el juego de apariencias, real o proyectado, en el que se siente atrapado.


viernes, enero 06, 2017

Mancha

-!Ay va! ¿Es que no podéis tener un poquito más de cuidado?
-¿Qué pasa?
- !Mirad, ya me habéis manchado el año recién estrenado!
-Ah, ¿eso?, pero si casi no se ve...
-¿Como que no? !Claro que se ve!

martes, enero 03, 2017

sábado, diciembre 31, 2016

El mensaje visual de Roberto Bolaño

Me gusta cómo escribe Roberto Bolaño pero tampoco soy un gran fan. He leído varios libros suyos: Estrella distante fue el primero, me pareció una buena obra para meter el morro y como me gustó, poco a poco he ido leyendo otros: Nocturno de Chile, Los detectives salvajes, Una novelita lumpen. Me atrae su capacidad de fabular, un poco al modo de esas personas verbosas que te envuelven con su discurso, con el tono de su voz y es como si te hipnotizaran porque les escuchas y a veces te desentiendes de lo que dicen porque a lo mejor ni te interesa pero te han atrapado con su musicalidad contagiosa, con su imperiosa necesidad de comunicarse, y por ello quieres que sigan hablando. Así me pasa un poco con Bolaño. Me captura con su prosa, a menudo febril, y me dejo enredar con sus fabulaciones pero tan pronto le acabo de leer me desentiendo de sus historias y de sus personajes. No me deja poso. Siento que divaga, se dispersa, y no identifico con claridad el tratamiento de los conflictos humanos que me interesan.

Ahora, estoy leyendo Llamadas telefónicas. Es un libro de relatos que, en su día, cuando se publicó en 1997, ya me lo recomendó un amigo escritor aunque entonces no le hice caso. De este libro lo que más me ha llamado la atención –al menos por el momento, cuando llevo completado dos tercios del mismo- es la foto de Roberto Bolaño que aparece en la solapa de la portada. Y esto es así por varias razones. En primer lugar, el escenario en el que aparece retratado es la esquina de una cocina. Me inclino a pensar que es la cocina de la casa en la que vivía entonces. De ella se aprecian varios utensilios para cocinar que cuelgan de la pared recubierta de baldosas blancas a la altura de su cabeza: un colador de tamaño grande, un par de cazuelas pequeñas, un rallador, un sacacorchos, todos ellos justo encima de las bandejas dispuestas de canto. Se adivina también la presencia de un calentador de butano en el extremo alto de la foto, del que sólo se aprecia la parte inferior.




Roberto Bolaño aparece sentado en una actitud relajada, informal, acorde con una escena doméstica, el brazo apoyado en la encimera y la mano sobre un vaso vacío. Llama la atención su aspecto descuidado: la sombra de la barba incipiente, el cabello alborotado, las cejas desordenadas, su vestimenta “de andar por casa” y, sobre todo, sus ojos entrecerrados que otorgan a su rostro un aspecto cansado que alguien también podría interpretar como “alegre”. Uno de esos semblantes captados con un gesto poco favorecedor que a menudo impulsan al fotógrafo a “sacar otra por si acaso”.

Me pregunto qué es lo que llevaría a Roberto Bolaño a elegir precisamente esa foto para la que fue su segunda novela publicada por Anagrama. ¿Sería una especie de pose por parte del escritor chileno, una declaración de intenciones respecto de su tipo de vida entonces? La esquina de una cocina que se adivina de aspecto humilde como marco idóneo para alguien habituado a vivir en la precariedad –así también los propios personajes de los relatos de Llamadas telefónicas-, que no parece tener pretensiones de tipo material, como si estuviéramos ante alguien más próximo a Bukowski que a esos escritores que cuidan su imagen y a menudo lucen elegantemente trajeados. Porque lo cierto es que a Bolaño no le hubiera costado el menor esfuerzo procurarse un retrato más aséptico. No parece casualidad, por tanto, la elección de la foto sino que con ella parece transmitir un mensaje.

Me pregunto también cuál sería la reacción de la editorial al recibir semejante foto a modo de presentación por parte del autor del libro. Si la aceptarían de buen grado o si tratarían de convencerle para que la cambiara por otra. Por aquel entonces Bolaño aún no era un escritor conocido y por ello dudo sobre su capacidad para imponer sus decisiones a los responsables  de una editorial como Anagrama que había decidido apostar por él. ¿Porfiaría a fin de que aceptaran esa foto?, ¿se vería obligado a justificar ante la editorial su decisión?, ¿la aceptarían encantados?, incluso quién sabe, ¿le animarían a que eligiera una foto feísta que fuera a tono con el contenido del libro?  

La foto está sacada por el hijo de Roberto Bolaño, Lautaro, al menos su nombre así consta en la solapa junto al símbolo que reconoce los derechos de autor. Según su madre, Lautaro tenía 13 años al morir su padre en 2003 y según he comprobado en una entrevista en mayo de 2008 tenía 17. Por lo tanto, teniendo en cuenta que Llamadas telefónicas fue publicado en 1997, la foto en cuestión sólo pudo ser sacada, como muy tarde, cuando Lautaro Bolaño tenía ¡7 años! Y eso que por aquel entonces aún no se llevaban las cámaras digitales y mucho menos los móviles y demás parafernalia. A eso le llamo yo un signo inequívoco de precocidad artística. Recién salido del jardín de infancia ver tu foto ya publicada en el libro de una editorial prestigiosa. Todo ello me invita a pensar que, de puertas afuera, en los inicios de su carrera Roberto Bolaño se veía a sí mismo como un personaje. Lo extraño, por tanto, sería que no se desdoblara entre los que pueblan sus novelas. Hubiera sido interesante conocer la evolución del mismo a raíz de su éxito. Tampoco descarto la posibilidad de que la foto no la sacara Lautaro y, por alguna razón, se le adjudicara a él. Claro que esa hipótesis pertenece a la ficción y no parece aconsejable  enredarse en ella antes incluso de abordar el primer párrafo del primer relato de un libro si bien admito que, al menos por el momento, es la historia de Llamadas telefónicas que más me ha llegado y eso que, al igual que las otras, tiene un final abierto cuando a mí me gustan más bien cerrados.          

martes, diciembre 27, 2016

rayito

Un rayito en clave de esperanza para el nuevo año que ya llega.


 A little flash in a key of hope for the new year that comes.