martes, enero 03, 2017
sábado, diciembre 31, 2016
El mensaje visual de Roberto Bolaño
Me gusta cómo escribe Roberto Bolaño pero tampoco soy un
gran fan. He leído varios libros suyos: Estrella distante fue el primero, me
pareció una buena obra para meter el morro y como me gustó, poco a poco he ido
leyendo otros: Nocturno de Chile, Los detectives salvajes, Una novelita lumpen.
Me atrae su capacidad de fabular, un poco al modo de esas personas verbosas que
te envuelven con su discurso, con el tono de su voz y es como si te hipnotizaran
porque les escuchas y a veces te desentiendes de lo que dicen porque a lo mejor
ni te interesa pero te han atrapado con su musicalidad contagiosa, con su imperiosa
necesidad de comunicarse, y por ello quieres que sigan hablando. Así me pasa un
poco con Bolaño. Me captura con su prosa, a menudo febril, y me dejo enredar
con sus fabulaciones pero tan pronto le acabo de leer me desentiendo de sus
historias y de sus personajes. No me deja poso. Siento que divaga, se dispersa,
y no identifico con claridad el tratamiento de los conflictos humanos que me
interesan.
Ahora, estoy leyendo Llamadas telefónicas. Es un libro de
relatos que, en su día, cuando se publicó en 1997, ya me lo recomendó un amigo escritor aunque entonces no le hice caso. De este libro lo que más me ha llamado la
atención –al menos por el momento, cuando llevo completado dos tercios del
mismo- es la foto de Roberto Bolaño que aparece en la solapa de la portada. Y
esto es así por varias razones. En primer lugar, el escenario en el que aparece
retratado es la esquina de una cocina. Me inclino a pensar que es la cocina de
la casa en la que vivía entonces. De ella se aprecian varios utensilios para cocinar
que cuelgan de la pared recubierta de baldosas blancas a la altura de su cabeza:
un colador de tamaño grande, un par de cazuelas pequeñas, un rallador, un sacacorchos,
todos ellos justo encima de las bandejas dispuestas de canto. Se adivina
también la presencia de un calentador de butano en el extremo alto de la foto,
del que sólo se aprecia la parte inferior.
Roberto Bolaño aparece sentado en una actitud relajada,
informal, acorde con una escena doméstica, el brazo apoyado en la encimera y la
mano sobre un vaso vacío. Llama la atención su aspecto descuidado: la sombra de
la barba incipiente, el cabello alborotado, las cejas desordenadas, su
vestimenta “de andar por casa” y, sobre todo, sus ojos entrecerrados que
otorgan a su rostro un aspecto cansado que alguien también podría interpretar
como “alegre”. Uno de esos semblantes captados con un gesto poco favorecedor
que a menudo impulsan al fotógrafo a “sacar otra por si acaso”.
Me pregunto qué es lo que llevaría a Roberto Bolaño a elegir
precisamente esa foto para la que fue su segunda novela publicada por Anagrama.
¿Sería una especie de pose por parte del escritor chileno, una declaración de
intenciones respecto de su tipo de vida entonces? La esquina de una cocina que
se adivina de aspecto humilde como marco idóneo para alguien habituado a vivir
en la precariedad –así también los propios personajes de los relatos de Llamadas
telefónicas-, que no parece tener pretensiones de tipo material, como si
estuviéramos ante alguien más próximo a Bukowski que a esos escritores que cuidan
su imagen y a menudo lucen elegantemente trajeados. Porque lo cierto es que a
Bolaño no le hubiera costado el menor esfuerzo procurarse un retrato más
aséptico. No parece casualidad, por tanto, la elección de la foto sino que con
ella parece transmitir un mensaje.
Me pregunto también cuál sería la reacción de la editorial al
recibir semejante foto a modo de presentación por parte del autor del libro. Si
la aceptarían de buen grado o si tratarían de convencerle para que la cambiara
por otra. Por aquel entonces Bolaño aún no era un escritor conocido y por ello
dudo sobre su capacidad para imponer sus decisiones a los responsables de una editorial como Anagrama que había
decidido apostar por él. ¿Porfiaría a fin de que aceptaran esa foto?, ¿se vería
obligado a justificar ante la editorial su decisión?, ¿la aceptarían
encantados?, incluso quién sabe, ¿le animarían a que eligiera una foto feísta
que fuera a tono con el contenido del libro?
La foto está sacada por el hijo de Roberto Bolaño, Lautaro, al
menos su nombre así consta en la solapa junto al símbolo que reconoce los
derechos de autor. Según su madre, Lautaro tenía 13 años al morir su padre en
2003 y según he comprobado en una entrevista en mayo de 2008 tenía 17. Por lo
tanto, teniendo en cuenta que Llamadas telefónicas fue publicado en 1997, la
foto en cuestión sólo pudo ser sacada, como muy tarde, cuando Lautaro Bolaño
tenía ¡7 años! Y eso que por aquel entonces aún no se llevaban las cámaras
digitales y mucho menos los móviles y demás parafernalia. A eso le llamo yo un signo
inequívoco de precocidad artística. Recién salido del jardín de infancia ver tu
foto ya publicada en el libro de una editorial prestigiosa. Todo ello me invita
a pensar que, de puertas afuera, en los inicios de su carrera Roberto Bolaño se
veía a sí mismo como un personaje. Lo extraño, por tanto, sería que no se
desdoblara entre los que pueblan sus novelas. Hubiera sido interesante conocer
la evolución del mismo a raíz de su éxito. Tampoco descarto la posibilidad de que
la foto no la sacara Lautaro y, por alguna razón, se le adjudicara a él. Claro
que esa hipótesis pertenece a la ficción y no parece aconsejable enredarse en ella antes incluso de abordar el
primer párrafo del primer relato de un libro si bien admito que, al menos por
el momento, es la historia de Llamadas telefónicas que más me ha llegado y eso
que, al igual que las otras, tiene un final abierto cuando a mí me gustan más
bien cerrados.
martes, diciembre 27, 2016
rayito
Un rayito en clave de esperanza para el nuevo año que ya llega.
A little flash in a key of hope for the new year that comes.
sábado, diciembre 24, 2016
Nochebuena con los Simpson
Aquella Nochebuena, coincidiendo con la
hora de la cena, uno de los principales canales de televisión emitía sin cesar
episodios de los dibujos animados ¨Los Simpson¨. Me pareció extraña, por no
decir desacertada, semejante decisión por parte de los responsables de programación
de la cadena. Aunque lejos de ser un entusiasta de la Navidad entendía que el
humor cínico y corrosivo de los Simpson chirriaba en una noche como aquella,
algo que no parecían compartir mis sobrinos quienes, sentados en un extremo de
la mesa, no despegaban sus miradas de la pantalla del televisor. Al observarles
pensaba en el contraste entre los dibujos animados que habían marcado nuestras
infancias. Me decía que a diferencia de nuestra generación, crecida con las
aventuras de Heidi, a ellos les había sido arrebatada de cuajo la ingenuidad,
la capacidad de ilusionarse, de soñar. Por ello, en lugar de reprocharles el
prestar tanta atención a Los Simpson y desentenderse del espíritu de la
Nochebuena, sentí lástima por aquellos niños que no parecían haber
experimentado la inocencia, la fantasía que, por propia experiencia, yo
asociaba a la infancia. No habíamos terminado la sopa de pescado cuando, al
parecer, Magdalena contrarió a mi hermano mayor al reafirmarse en su negativa a
firmar no sé qué documento y entre los adultos sentados en torno a la mesa se
deslizaron los primeros reproches, que pronto fueron duras acusaciones y ya se
había armado una tremenda bronca familiar. Impasibles, ajenos en apariencia a
cuanto acontecía a su alrededor, los niños se llevaban la cuchara a la boca con
gesto mecánico sin apartar un instante la vista del televisor. Aquella
Nochebuena aprendí unas cuantas cosas, entre ellas que me había hecho mayor.
martes, diciembre 20, 2016
Memoria de elefante, António Lobo Antunes
Alguien dijo –no recuerdo quién- que la posición geográfica
de Portugal como país ultraperiférico en Europa lo dejaba al margen de los
intercambios artísticos, de la influencia de las vanguardias que germinaban en los
puntos más calientes del continente. A cambio, sus creadores crecían en
libertad lo que con frecuencia se traducía en elevadas cotas de originalidad.
En ello pensaba cuando decidí estrenarme por fin con una novela de uno de los
escritores portugueses contemporáneos más veteranos y representativos: António Lobo Antunes, un autor que
anticipaba complicado y que, siguiendo el consejo de un crítico, decidí abordar
a través de su primera novela sabedor de que si en el primer intento fracasaba
a estas alturas de la vida quizás ya no le concedería una segunda oportunidad.
Memoria de elefante, publicada originalmente en 1979
(disponible en Mondadori y Debolsillo, traducida por Mario Merlino), narra el
transcurso de un día, un viernes, dese la perspectiva de un médico psiquiatra –la
psiquiatría es la especialidad médica que estudió Lobo Antunes- que padece una
profunda depresión. Asistimos a su rutina: su trabajo y su relación con los
compañeros en el hospital, la consulta con un joven paciente acompañado de sus
padres, la comida con un amigo, la salida de sus hijas del colegio a la que
asiste de incógnito, el rato que pasa en un bar, su cita con el dentista, la terapia
de grupo con su psicoanalista y, ya de noche, incapaz de regresar a la casa desnuda
en la que vive solo, su visita al casino, todo ello envuelto en trayectos en
coche por una ciudad, Lisboa, sometida a su instinto observador que la eleva a
personaje de pleno derecho de la novela.
No obstante, es su mundo interior el que se erige en protagonista
indiscutible a través de un discurso introspectivo, ensimismado, plagado de
reflexiones, de observaciones, de reminiscencias, dudas y remordimientos,
separado del otro, del exterior, por un límite bien nítido el cual interfiere a
través de una trama, de un contacto con los otros reducido a la mínima
expresión. La mente a la vez lúcida y confusa del psiquiatra llena la novela a
través de un enfoque que puede recordar a Thomas Bernhard si bien Lobo Antunes
se guarda de replicar el característico estilo del escritor austriaco.
Memoria de elefante resulta también deudora del Ulises de
James Joyce, en la medida en que la narración transcurre durante un día en la
vida cotidiana de su protagonista cuya escueta trama se expande a través de la febril
actividad de su mente. Así, de forma aleatoria, nos familiarizamos con las
circunstancias de su pasado: el abandono aún reciente de su hogar el cual se
nos presenta como un hecho consumado sin atender a las razones que le llevaron
a tomar tal decisión, el recuerdo vivo de la mujer abandonada a la que echa de
menos y sin embargo por orgullo se resiste a contactar, la oprimente soledad, la
sensación de desamparo, los recuerdos de su estancia como militar en Africa
durante la guerra colonial, su bagaje familiar.
Es la historia de un hombre a la deriva, arrastrado hacia el
vacío pero que de cara al exterior guarda las apariencias en la medida en que sigue
cumpliendo de forma mecánica las funciones y los ritos de su vida cotidiana. Un
hombre al que, víctima de sus propias carencias, acecha la locura como una
amenaza indeterminada pero palpable, reconocible. Su sombra se transmite a
través de la visión singular, original, que emana del discurso de su
protagonista, presentado en tercera persona y sustentado en los recursos
narrativos del autor. Un discurso florido, nutritivo, rico en metáforas y
observaciones plenas de ingenio, que cubre todas las gamas emocionales desde la
agresividad y el exabrupto hasta la inevitable tentación a la autocompasión. Sólo
en última instancia se permite el autor un leve apunte de esperanza.
Una sólida primera novela, en definitiva, deudora de sus
referentes a la hora de construir un marco en el que el talento y la
personalidad de Lobo Antunes afloran como una invitación a insistir, a
profundizar.
jueves, diciembre 15, 2016
Comisiones / Commissions
El bajo del colchón me comunicaba que a partir de ahora tendría que cobrarme comisiones. Entonces, desperté.
The under the mattress informed me that from now on would have to charge comissions. Then, I woke up.
The under the mattress informed me that from now on would have to charge comissions. Then, I woke up.
lunes, diciembre 12, 2016
jueves, diciembre 08, 2016
refugiado / refugee
Ahora que por fin tenemos gobierno y, cada día que pasa, un mejor entendimiento entre los dos grandes partidos a lo mejor ha llegado el momento de que España se declare dispuesta a acoger a otro refugiado.
Now that we have a government at last, and every following day a better understanding between the two major political parties maybe the time has come for Spain to declare itself ready to host another refugee.
Now that we have a government at last, and every following day a better understanding between the two major political parties maybe the time has come for Spain to declare itself ready to host another refugee.
lunes, diciembre 05, 2016
Little Cloud / Nubecilla
Qué dulce ser una nube
Flotando en el azul
Tumbado despierto,
tarde la otra noche
Escuché sobre mí un
temblor
Miré hacia arriba, era
una pequeña nube
De la que pendía una
cuerda dorada
Ya sabes, a la cuerda
di un leve tirón
Sólo para averiguar qué
había en el otro extremo
Justo entonces una voz
bajó hasta mí y dice
“Oye, ¿quieres ser mi
amigo?”
Y flotar conmigo hacia
tierras lejanas, maravillosas y despejadas
Flotar conmigo hacia tierras
lejanas, maravillosas y despejadas
¿Ves?, soy una alegre
nubecilla
Me río y entonces floto
y canto mi canción
Pero a las otras nubes
no les gusto nada
Dicen que no me
comporto nada bien
¿Sabes? Se supone que una
nube tiene que ser triste
Para llorar, gemir y
arrancarse su pelo y tal
Pero da igual cuánto me
esfuerce
No logro que me caiga
la primera lagrimita
Oh, flota conmigo hacia
tierras lejanas…
Dije, “Oye, me gustas
nubecilla
Eres una tipa pequeña y
agradable, sí”
“¿Me estás tomando el
pelo?”, dijo la nubecilla
“¿No te das cuenta del
vestido tan bonito que llevo puesto?”
¿Ves? Soy la más bonita
y estilosa nubecilla
Que puedas encontrar por
allá arriba
Me dejé caer para ti
sólo por un rato
Por ver si podías darme
algo de amor
Y flotar hacia tierras
lejanas…
Justo entonces la jefa
de las nubes asomó
Y dice, “Oye, muchacha,
¿qué crees que estás haciendo ahí?
Te lo he dicho tantas
veces
Pero no pareces hacer
ningún caso
Sabes que deberías
estar flotando allá arriba
Así que no te sorprenda por aquí abajo otra vez
Y según mi nube se
desplazó fuera de mi vista
Cae un dulce chaparrón
Alegre lluvia cayendo
Roja, verde, azul y
dorada
Y cada gota, al caer,
sonreía
Y echando la cabeza
hacia atrás, empezó a cantar
Oh, flota conmigo hacia tierras lejanas...
viernes, diciembre 02, 2016
Dylan, Cohen, música y literatura
La muerte de Leonard Cohen –como ya sucediera con la de
David Bowie o la de Lou Reed- invita a reflexionar sobre el enorme vacío que
deja la marcha de los grandes iconos de la cultura pop, una pérdida que la
propia ley de la naturaleza alimentará durante los próximos años, y a
preguntarse quiénes son los llamados a sucederles, si estarán en condiciones de
tapar el boquete creativo y sentimental que dejan o de proporcionar sueños a la
altura de los que aquellos inspiraron.
Ello coincide con la controvertida decisión por parte de la
Academia sueca de conceder el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. Sin entrar
en el debate sobre los merecimientos acumulados al respecto o no por el
cantante de Minnesotta llama la atención que se haya pasado por alto que fue
precisamente el Jurado de los Premios –entonces- Príncipe de Asturias quien
sentara precedente al conceder unos años antes su galardón de Literatura a otro
artista conocido sobre todo por su faceta de cantante y compositor: el propio Leonard
Cohen, una decisión que en su día apenas levantó polémica en nuestro país.
Tanto Dylan como Cohen tienen experiencia como escritores,
de lo que se entiende por una literatura convencional, pero a nadie se le
escapa que su mayor reconocimiento se
debe a la creación de los textos de sus canciones y a ellas alude expresamente
el comunicado del premio. Con el paso del tiempo ambos se convirtieron en
figuras incontestables de la música pop pero lo que les emparenta en gran medida
como artistas es su origen como miembros de la escena folk. De hecho, su música
–al menos en un principio- no es de las que levantara grandes pasiones en
nuestro país, en buena medida dado el desconocimiento de la lengua inglesa
entre nuestra juventud durante aquellos años sesenta y setenta. Sus
composiciones –en el caso de Dylan especialmente en la etapa previa a su
electrificación-, sonaban más bien monótonas, austeras.
Comparadas con las de
otros artistas se echaban en falta estribillos pegadizos, ritmos contagiosos o
aventurismos instrumentales. La razón es que su gancho residía en sus textos,
en las letras, ésas que salvo para el reducto de enteradillos, se nos escapaban
en gran medida. Ellas eran las encargadas de transmitir una emoción apoyada en
matices: inflexiones de la voz y detalles en un sonido austero.
En su origen la música folk es la más genuinamente popular, tradicional
medio de expresión de la gente más sencilla e inculta –el término deriva de la
palabra volk: pueblo, en alemán- , que al igual que otros géneros, experimentó
un resurgimiento a partir de los años sesenta coincidiendo con la explosión del
pop. En su repertorio sus artistas tendían a combinar melodías tradicionales
por ellos adaptadas con composiciones propias. Es por tanto el lenguaje popular
junto a su temática el que se recupera en esta clase de música. Como es lógico
dicho legado se vio enriquecido con la incorporación de múltiples aportaciones tanto
contemporáneas como asociadas al gusto y a las inquietudes culturales y
personales de cada artista.
En Dylan y Cohen es notoria la influencia en sus orígenes de
Allen Ginsberg, el poeta más reconocible de la generación beat, autor del
controvertido poema Aullido cuya publicación a punto estuvo de costarle la
cárcel a su editor acusado de obscenidad. Me gusta pensar que a través de Dylan
es este legado, el de la tradición folk, el de la generación beat, el que viene
también reconocido por la Academia sueca en la medida en que supuso sacar a la
literatura de los cauces establecidos para moldearla y, con el apoyo de la
música, hacerla accesible a tanta gente mayoritariamente joven que de otro modo
no se hubiera aproximado a ella. En este sentido el premio anima a reflexionar sobre
la relación entre música y literatura, literatura y música.
Ha sido también muy comentada la reacción de Bob Dylan ante
la concesión del Premio, como si su aparente desinterés hubiera supuesto un feo
para los doctos académicos suecos o, de algún modo, hubiera justificado a
quienes criticaron la concesión del galardón a alguien como él. Llama la
atención que, a diferencia de tantos artistas hoy perfectamente asimilados por el
engranaje institucional ante el que en su día se rebelaron siendo dicho
antagonismo el que les granjeó su estatus, Dylan mantiene una actitud díscola y
desdeñosa fiel a su leyenda, al menos en apariencia. Da así la impresión como
si el Nobel de Literatura hubiera recaído este año en un personaje en lugar de
en un autor.
Entiendo que mi percepción no es desprejuiciada. Pertenezco a
la generación del baby boom y tanto Dylan como Cohen forman parte de mi paisaje
sentimental pese a que nunca he sido un gran fan de ninguno de los dos, sin
perjuicio de reconocer su enorme influencia en multitud de artistas y en el
imaginario colectivo. De ahí mi preocupación ante el vacío que está dejando la
marcha de tantos influyentes creadores y mi duda sobre si quienes vienen detrás
no serán en comparación meros sucedáneos. Para las generaciones posteriores
queda, al menos, su legado si es que guarda algún sentido para ellas. Reconozco
que, en comparación, las más recientes cuentan con una gran ventaja y es que, a
diferencia de nuestros ídolos, los SuperMario, Pokemon y demás son desde su
misma concepción, estos sí, inmortales.
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Literatura,
Música
martes, noviembre 29, 2016
alabanzas / praise
!Ofrezco alabanzas, baratas, baratas! ¿Vas a dejar escapar la oportunidad?
I offer praise, cheap, very cheap! Will you miss such opportunity?
I offer praise, cheap, very cheap! Will you miss such opportunity?
sábado, noviembre 26, 2016
miércoles, noviembre 23, 2016
medalla de plata
He quedado hoy en segunda posición en el concurso de microrrelatos del programa de radio carne cruda pero hay serios indicios de que el ganador lo escribió dopado. Veremos.
Si te apetece, puedes escucharlo a partir del minuto 56 del programa:
Si te apetece, puedes escucharlo a partir del minuto 56 del programa:
martes, noviembre 22, 2016
advertencia / warning
Como alguien no me descubra y pronto es mi deber advertiros de que se os va a pasar el arroz.
If someone doesn't discover me and soon it's my duty to warn you that you'll be left on the shelf.
If someone doesn't discover me and soon it's my duty to warn you that you'll be left on the shelf.
sábado, noviembre 19, 2016
miércoles, noviembre 16, 2016
chirimbolos
Me admira ese alguien que cada año, con la llegada del frío, se preocupa de vestir a los chirimbolos de la calle Lavapiés.
domingo, noviembre 13, 2016
Los sentimientos encontrados, Kepa Murua
“Uno escribe un diario porque se inscribe en una vida que se
apoya en el pensamiento de la escritura”, concluye el poeta Kepa Murua acerca del
móvil que le ha llevado a escribir el suyo y cuya segunda entrega: Los sentimientos
encontrados – Diario de un poeta y editor (2005-2007) ha publicado la editorial
Cálamo este mismo año. El elemento que distingue –y enriquece- a este diario es
que el pensamiento de la escritura se aborda, como el título indica, desde una
doble perspectiva: la de escritor y la de editor, facetas que pudieran ser
excluyentes, o eso sospecha su autor. Y es que a su faceta como poeta, con
alguna incursión reciente en la narrativa, añade Murua la de responsable en
aquellos años de Bassarai, editorial independiente ya desaparecida con sede en
su ciudad de adopción: Vitoria-Gasteiz.
Si empezamos por la vida, en dicho diario nos encontramos
con las circunstancias y los condicionantes de vivir en una ciudad vasca de
tamaño medio situada en la periferia de un país refractario a la cultura como es
España: “Los vascos, rácanos con su bolsillo y su conciencia. Los españoles,
rácanos en su mentalidad y su cultura. Unos y otros, ignorantes con lo propio y
lo ajeno”. Un contexto apenas aliviado por esporádicas y fugaces escapadas, sea
por placer o por motivos profesionales, a ciudades españolas o extranjeras:
Toronto y Londres resultan las más celebradas. Claro que la vida del autor gira
principalmente en torno a la lectura y la escritura, ambas materia de abundante
reflexión, junto a los estímulos que le proporcionan la música, el cine, la
pintura o el impulso de lanzarse a bailar. A ello se añade la amistad, por
fortuna o por desgracia casi siempre entrelazada con su actividad o con el
trabajo ya que en la mayoría de los casos se trata de artistas con los que
colabora, contrasta ideas o proyectos y, claro, rivaliza aunque sea de forma
callada, como sin querer.
No obstante, aunque en la forma abordada con neutralidad, con
distancia es la faceta sentimental la que destaca en la medida en que asistimos
a la descomposición de una relación de larga trayectoria –“un amor que se le ha
ido de las manos por la fuerza del deseo”- que ha dejado a un hijo como testigo
y ante la que el autor se posiciona como actor impotente –“en el ámbito
personal, intuyo que mis silencios hacen daño”- cuyo verdadero alcance se
revela al comprender que esa complicidad perdida, además de afectiva, constituía
el pilar de la editorial. Las distintas facetas de la vida de Murua se revelan
entrelazadas de un modo en apariencia indisoluble: la relación sentimental y
profesional, el arte y la amistad, el placer y el trabajo…
La faceta de editor desprende cierta melancolía en la medida
en que sabemos de antemano el destino de su proyecto pero despierta gran
interés conocer de su propia voz los entresijos de un negocio tan peculiar
abordado con gran exigencia, conjugando la variable contable y artística ante
la tiranía de la logística: el almacenaje, la distribución, la impresión, la
asistencia a ferias, las presentaciones, el trabajo gráfico, las traducciones,
el siempre delicado trato con los autores no pocas veces en virtud de sus
inasumibles expectativas y sus egos, la promoción, el trato con los medios de
comunicación, con los temidos funcionarios culturales. Asistimos al creciente
desgaste producto de un oficio precario que exige a Murua versatilidad, entrega
y fe inquebrantable –“creo que estoy arriesgando mucho, siento que voy a tumba
abierta”- en una causa tan loable como improbable –la tentación es calificarla
como quijotesca-.
Queda, por fin, la labor del poeta condensada en abundantes
reflexiones sobre el acto creativo, sobre la propia obra, sobre su trayectoria
y su evolución, sobre su recepción por parte de los editores, los colegas y los
medios de comunicación, la asistencia a congresos y eventos varios con la ilusión
de darla a conocerla. Una actividad paradójica, contradictoria: solitaria pese
a estar en constante contacto con la gente, a menudo incomprendida pero capaz
también de proporcionar fulgurantes destellos de empatía, con las
satisfacciones que reporta el ir por libre y su alto precio. Es el lenguaje
poético, fusionado con el testimonial y el ensayístico, el que da el tono
narrativo al diario
“Noto que este diario se decanta por la vida cuando yo
pretendía una reflexión metafísica sobre la creación y la literatura”, escribe
Murua. Y en efecto, si algo queda claro tras su lectura es que en su vida no
hay compartimentos estancos, que las satisfacciones son siempre más personales
que públicas o materiales lo que proyecta cierta melancolía y que, pese a su
empeño por controlar la situación ha de aceptar que su destino está sometido al
azar. Es el peaje a pagar por la ambivalencia que determina su existencia:
vivir en la escritura mientras se vive la vida.
Esta reseña está también disponible en el último número de la revista de arte y pensamiento: espacioluke
jueves, noviembre 10, 2016
impensable / unthinkable
En tiempos de crisis lo que hasta hace poco parecía impensable se convierte en moneda corriente.
In times of crisis what up until now seemed unthinkable becomes common currency.
In times of crisis what up until now seemed unthinkable becomes common currency.
domingo, noviembre 06, 2016
conspiradores / conspirers
Están quienes conspiran contra otros y quienes conspiran contra sí mismos.
There're those that conspire against others and those that conspire against themselves.
There're those that conspire against others and those that conspire against themselves.
jueves, noviembre 03, 2016
Infancia: Escenas de una vida de provincias, JM Coetzee
Un elemento constante en la obra autobiográfica de JM
Coetzee que a su vez constituye una poderosa seña de identidad es el retrato
tan poco favorecedor sobre su persona que sale de su pluma. Sea por vía
interpuesta, a través del testimonio de supuestos personajes que le conocieron
en su edad adulta, en Verano, o de su propia mano en sus entregas previas: Infancia
y Juventud, el Nobel sudafricano no muestra ninguna piedad con sus flaquezas y carencias
como ser humano, un rasgo que denota valentía y transmite verosimilitud a su
testimonio.
Como deja claro en Infancia: Escenas de una vida de
provincias, la primera entrega de la serie publicada originalmente en 1997
(disponible en Mondadori y Debolsillo), dicha actitud nada complaciente hacia
su propia persona se revela ya desde sus primeros años. Y es que el Coetzee niño
no tiene una relación plenamente satisfactoria con nadie, ni siquiera con su
madre, comprensiva y entregada, hacia la que no puede evitar aplicar una dosis
de sadismo de la que parece plenamente consciente, ni con su hermano pequeño y
aún menos con su padre. Tampoco trenza vínculos emocionales con ninguno de los
numerosos miembros que componen las dos ramas familiares e incluso explica por
qué es así respecto a sus figuras más prominentes aunque nunca movido por la
necesidad de justificarse. Ese que emerge de la propia pluma del autor es, en
definitiva, un niño frío, distante, desconfiado y bastante retorcido.
Junto a la familia, es su experiencia en el colegio el
principal asunto sobre el que pivota la novela. El niño Coetzee es aplicado,
aspira a obtener las mejores notas y a menudo lo consigue, pero a la vez dado
al escaqueo y al engaño, como cuando sin un motivo aparente se hace pasar por
católico y en lugar de reconocer la falsedad se empeña en mantenerla a toda
costa. Allí ha de lidiar también con la amenaza latente que suponen los niños
afrikaaners, demasiado rudos y pendencieros para un alma sensible como la suya siempre
temerosa de verse sujeta a actos de violencia, sea por parte de sus compañeros,
de los propios profesores o por causa accidental durante la práctica del
cricket.
Infancia es asimismo una novela de escenarios: Worcester, el
pequeño y remoto pueblo al que llega la familia Coetzee desde Ciudad del Cabo al
encontrar allí el padre trabajo en las oficinas de una empresa de frutas en
conserva, un traslado que el niño no acaba de aceptar y ante el que muestra
problemas de adaptación; las visitas a la granja de la familia de su padre en
Vöelfontein, quizás el único elemento de su realidad hacia el que el autor
muestra abierto entusiasmo; o el regreso a Ciudad del Cabo cuando el
microcosmos familiar se envenena al hacerse más y más patentes las carencias
del padre coincidiendo con su empeño en practicar la abogacía.
Sobrevuelan la novela diversos conflictos de identidad que
cabe resumir en disyuntivas: la identidad afrikaaner frente a la inglesa, dado
que es la primera la que forma parte de las raíces de la familia pese a que
ellos tienden hacia la segunda en su vida cotidiana; el contraste entre el
ambiente rural en el que transcurre la mayor parte de la acción y el urbano del
que proceden y al que acaban regresando; la ambivalencia ante las ramas
familiares paterna y materna, las cuales se demuestran excluyentes. Por su
parte el problema racial sólo se atisba dado que el Coetzee niño tiene escaso contacto
con la población mestiza o nativa. Intuye la situación, que despierta en él
extrañeza y un muy incipiente sentimiento de injusticia pero no se ve
directamente expuesto a ella.
Coetzee emplea un estilo conciso, una prosa precisa, incluso
lacónica, y se vale del empleo de una tercera persona en tiempo presente que
dota a la narración, desarrollada de forma cronológica, de una sensación de
distanciamiento, casi testimonial, que paradójicamente se demuestra muy eficaz.
Destaca su capacidad para captar momentos, situaciones a menudo de apariencia
intrascendente pero reveladoras a la hora de forjar un rico retrato de las
inseguridades, de los conflictos internos y carencias del Coetzee niño: sus
temores, su tendencia a la autocompasión, su ansia de reconocimiento y sus mecanismos
de autodefensa, su vulnerabilidad como miembro de una familia poco asentada,
precaria, en un país complejo de identidades fraccionadas sostenido en un
extraño equilibrio en el que su protagonista parece destinado a no encajar. Al
modo de una premonición, la novela concluye al descubrir el autor, a raíz del
fallecimiento de su tía-abuela, los modestos antecedentes literarios en su
familia.
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